martes, 17 de diciembre de 2013

18.12 Virgen de la O en Lima



Nuestra Señora de la O, una capilla escondida

Enclavada en el convento jesuita de la iglesia de San Pedro, en el centro histórico de Lima, existe una capilla poco conocida, "La capilla de Nuestra señora de la O" de La Congregación Mariana de Nuestra Señora de la Expectación del Parto, conocida como Nuestra Señora de la O (por la "O" admirativa con que comienzan las antífonas latinas del Magnificat los 8 días que preceden a la Natividad). Esta joya oculta, aunque ha sido usada como capilla de la comunidad jesuítica.
De gran riqueza arquitectónica, destaca la cobertura de su larga y angosta nave, totalmente ornamentada con escenas evangélicas policromas, pintadas directamente sobre las tablas del cielo raso. Al igual que el curioso labrado con el nombre de la capilla en los respaldos de todas las bancas. No faltan tampoco los valiosos y hermosos lienzos ni un magnifico altar recubierto en pan de oro.
Si algo se nos viene a la mente al ingresar al recinto son; los conceptos de la solemnidad y el silencio que invitan a contemplar el lugar de una manera reflexiva y sosegada.
En resumen; otro tesoro artístico oculto en esta ciudad que siempre nos guarda algún secreto por descubrir.

Texto y fotos; © Carlos García Granthon


Nuestra Señora de la “O”
La Virgen de la Expectación

«De la advocación genuinamente española de Nuestra Señora de la “O” o de la Expectación del Parto, existen algunas imágenes desparramadas por América, pero, sin exageración, podemos afirmar que ninguna ha alcanzado la celebridad que la venerada en la Iglesia de San Pedro y San Pablo de Lima»
Pablo Luis Fandiño

San Ildefonso y la fiesta de la Expectación del Parto
A fin de celebrar la expectativa de la Santísima Virgen, el anhelo y la alegría con que Ella aguardaba el nacimiento de su divino Hijo, la Iglesia determinó que la última semana antes de Navidad fuese denominada “de la expectación” o “de la esperanza”.
Fue en la España visigoda, el año 656, durante el décimo concilio de Toledo, cuando se instituyó oficialmente la fiesta que más tarde se llamó de la Expectación del Parto. Su celebración se fijó el día 18 de diciembre, siete días antes de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
La verdadera alma y el gran propulsor de esta devoción fue indudablemente San Ildefonso, sobrino y sucesor de San Eugenio en la Cátedra de Toledo. Modelo de amor a la Virgen María, el santo prelado toledano compuso en defensa de la perpetua virginidad de la Madre de Dios el brillante opúsculo De virginitate Sanctae Mariae. Lo cual le valió una inesperada retribución del cielo.
En la noche del 18 de diciembre del año 665, San Ildefonso junto con algunos sacerdotes fueron a la iglesia, para cantar himnos de alabanza a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y dos de sus diáconos. Entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba Nuestra Señora, sentada en la silla del obispo, rodeada por un coro de vírgenes entonando cánticos celestiales. María le hizo una indicación con la cabeza para que se aproximara. Fijando sus dulces ojos en él, le dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole instrucciones para usarla exclusivamente en los días festivos designados en su honor.
Los peregrinos que vistan la catedral de Toledo, pueden aún venerar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.



¡Oh Niño Jesús!

Por mera coincidencia o no, en los ocho días que preceden a la Navidad, las antífonas latinas del Magnificat comenzaban por una “O” admirativa. Así eran recitadas sucesivamente:








“O! Sapientia, 
O! Adonai, 
O! Radix Jesse, 
O! Clavis David, 
O! Oriens, 
O! Rex Gentium, 
O! Emmanuel” 



(“¡Oh! Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo… 
¡Oh! Adonai, Pastor de la casa de Israel… 
¡Oh! Renuevo del tronco de Jesé… 
¡Oh! Llave de David y cetro de la casa de Israel… 
¡Oh! Sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna… 
¡Oh! Rey de las naciones y deseado de los pueblos… 
¡Oh! Emmanuel, Rey y Legislador nuestro…”). 
Y todas ellas terminaban con la invocación “Veni”, ven.

Estas ardientes súplicas para que venga cuanto antes el Salvador del mundo, fueron seleccionadas por la Santa Iglesia de los más notables trechos de la Sagrada Escritura, en los cuales los santos patriarcas y profetas manifiestan sus deseos para que nazca cuanto antes el divino Redentor.

De aquí nació la popular invocación a Nuestra Señora de la “O”.

La ilustre congregación limeña
De España la devoción se extendió al vecino Portugal, y de la península ibérica se trasladó naturalmente a América, donde echó raíces en los más diversos lugares. Pero fue en el Perú donde la devoción a Nuestra Señora de la “O” se afincó particularmente, debido al empeño y a la perseverancia de los padres jesuitas. En 1598, treinta años después de que los primeros hijos de San Ignacio de Loyola pisaran nuestro suelo, el P. Juan Sebastián de la Parra concibió la idea de congregar a un selecto grupo de caballeros con fines piadosos, en la iglesia de San Pedro y San Pablo, recientemente erigida en la capital peruana, conocida como la Ciudad de los Reyes.


Una docena de varones dieron comienzo a esta asociación de seglares, que bajo el título de Nuestra Señora de la Expectación, tuvo un singular florecimiento. Ello motivó a su inspirador a solicitar del P. Claudio Aquaviva, quinto General de la Compañía de Jesús, la patente de erección y agregación a la Congregación de la Anunciata de Roma, que le fue concedida el año 1600. Cinco años después sus congregantes pasaban de 200 y en 1620 llegaban casi a mil. “Registrando los libros de actas y de inscripciones —comenta el P. Vargas Ugarte— se corrige que la flor de los caballeros de Lima entró a formar parte de ella”. Tanto así que, a lo largo del periodo virreinal, quince virreyes del Perú se honraron con el título de congregantes marianos de esta advocación, la cual gozó invariablemente de gran renombre.
La Congregación se reunía originalmente en una segunda iglesia, adyacente a la principal, y conocida por el nombre de Penitenciaria. Pero bajo la dirección del P. Juan de Córdova, los congregantes decidieron construir a sus expensas una iglesia propia contigua al claustro del convento, la que hoy designamos como Capilla de la “O”.
El terremoto de 1687 causó algunos estragos que hubo que reparar, lo cual motivó al P. Martín de Jáuregui, en su calidad de Provincial, a confirmar en un documento el dominio que la Congregación Mariana de Nuestra Señora de la “O” tenía sobre la capilla de la Virgen, la sacristía y el depósito adjuntos.
Con algunas pequeñas alteraciones, esta joya virreinal escondida ha perdurado afortunadamente hasta nuestros días. Su exquisita riqueza arquitectónica causa admiración en cuantos la contemplan: el elegante altar mayor recubierto en pan de oro, la primorosa imagen barroca de la Virgen de la “O”, su larga y angosta nave adornada con artísticos lienzos. Además de su singular artesonado, con escenas bíblicas pintadas sobre las mismas tablas del cielo raso.
Se labró un retablo lateral en la iglesia principal, ahora llamada de San Pedro, con el fin de promocionar el culto a la Virgen titular. La imagen, obra del escultor José de Garragorri, es una talla policromada de gran tamaño, que nos representa a la María Inmaculada con los brazos abiertos a la altura de la cintura, expresando su inmensa alegría y rodeada por una enorme letra “O” dorada en pan de oro. A sus lados están sus padres, San Joaquín y Santa Ana. El altar se ubica en la nave derecha o de la Epístola, y se estrenó el 14 de setiembre de 1800.

Frag de http://www.fatima.pe/articulo-769-nuestra-senora-de-la-o