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viernes, 27 de diciembre de 2013

Homilia del Domingo de la Sagrada Familia 2013



Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,13-15.19-23):

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»
José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.
Palabra del Señor


Sagrada Familia
Mateo 2, 13-15, 19-23
Autor:  SS. Benedicto XVI
 Fiesta de la Sagrada Familia
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Siguiendo los evangelios de san Mateo y san Lucas, fijamos hoy nuestra mirada en Jesús, María y José, y adoramos el misterio de un Dios que quiso nacer de una mujer, la Virgen santísima, y entrar en este mundo por el camino común a todos los hombres. Al hacerlo así, santificó la realidad de la familia, colmándola de la gracia divina y revelando plenamente su vocación y misión.

A la familia dedicó gran atención el concilio Vaticano II. Los cónyuges —afirma— "son testigos, el uno para el otro y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo" (Lumen gentium, 35). Así la familia cristiana participa de la vocación profética de la Iglesia:  con su estilo de vida "proclama en voz alta tanto los valores del reino de Dios ya presentes como la esperanza en la vida eterna" (ib.).

Como repitió incansablemente mi venerado predecesor Juan Pablo II, el bien de la persona y de la sociedad está íntimamente vinculado a la "buena salud" de la familia (cf. Gaudium et spes, 47). Por eso, la Iglesia está comprometida en defender y promover "la dignidad natural y el eximio valor" —son palabras del Concilio— del matrimonio y de la familia (ib.). Con esta finalidad se está llevando a cabo, precisamente hoy, una importante iniciativa en Madrid, a cuyos participantes me dirigiré ahora en lengua española.

Saludo a los participantes en el encuentro de las familias que se está llevando a cabo en este domingo en Madrid, así como a los señores cardenales, obispos y sacerdotes que los acompañan. Al contemplar el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José, invito a las familias cristianas a experimentar la presencia amorosa del Señor en sus vidas. Asimismo, les aliento a que, inspirándose en el amor de Cristo por los hombres, den testimonio ante el mundo de la belleza del amor humano, del matrimonio y la familia. Esta, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural. Por eso, los padres tienen el derecho y la obligación fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana.

Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios. Me dirijo de modo especial a los niños, para que quieran y recen por sus padres y hermanos; a los jóvenes, para que estimulados por el amor de sus padres, sigan con generosidad su propia vocación matrimonial, sacerdotal o religiosa; a los ancianos y enfermos, para que encuentren la ayuda y comprensión necesarias. Y vosotros, queridos esposos, contad siempre con la gracia de Dios, para que vuestro amor sea cada vez más fecundo y fiel. En las manos de María, "que con su "sí" abrió la puerta de nuestro mundo a Dios" (Spe salvi, 49), pongo los frutos de esta celebración. Muchas gracias y ¡felices fiestas!

Nos dirigimos ahora a la Virgen santísima, pidiendo por el bien de la familia y por todas las familias del mundo.

Plaza de san Pedro , Domingo 30 de diciembre de 2007  - Ángelus

Fuente: vatican.va


¡QUÉ FAMILIA!

Mateo 2, 13 al 15; 19 al 23
Estimados amigos,

Bienvenidos a nuestra cita dominical para celebrar juntos el día del Señor. Hoy la Iglesia  con gran alegría, celebra la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús María y José. Esta es una fiesta de gozo, pero al mismo tiempo de dolor porque nos hace comprender el riesgo y la responsabilidad que supone la presencia de Jesús en medio de nosotros. No han pasado sino pocos días del nacimiento de Jesús, y ya empiezan las dificultades y problemas . San Mateo en le capítulo 2, las describe diciendo:
“El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:

Levántate, huye a Egipto, porque Herodes quiere matar al Niño.

José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche y se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes.

Cuando murió Herodes el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel. Ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.

José se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel»
Aquí estoy, diría José, me levanté inmediatamente porque comprendí que esa era mi misión. Sentía la fuerza del Espíritu Santo que me movía a levantarme. Sí, no cabe duda, es él, el espíritu Santo. No comprendo muchas cosas de las que están pasando en estos días, pero se que detrás de ellas esta Él. Se que en medio de la turbación, hay una verdad, hay un Dios que ha planificado todo esto, y por eso voy allí, al lejano Egipto. Y es allí en donde pude comprender todo, y en lugar del miedo y la desconfianza fue brotando en mi corazón un solo deseo: Agradar a Dios.

Las otras cosas que habían contado tanto en mí, fueron pasando a un segundo plano. Ahora fue brotando en mí el deseo de no contar más que con Dios, sentía cada vez con más fuerza en mi corazón que solo una cosa cuenta de verdad, y esa es Dios. Y, al mismo tiempo, empecé a sentirme yo mismo absolutamente pobre, nada delante de Dios que lo es todo. Estos sentimientos cuantas veces los compartí con María. Veíamos cómo Dios no busca grandes personalidades sino almas pequeñas, como las nuestras, y esto es lo que nos daba una gran paz a pesar del peligro en que vivíamos. 
Cuando murió Herodes, se me apareció de nuevo el ángel y me dijo que regresara a Israel de donde habíamos partido hacía ya tiempo. Ahora, ya mi vida había cambiado, Los temores habían ido desapareciendo porque al contemplar a Jesús que iba creciendo me iba fortaleciendo en mi sentimiento de que algo más que lo humano estaba ocurriendo con nosotros, Día a día ocurría un hecho especial, iban desapareciendo los deseos humanos, y en su lugar iba apareciendo cada vez con más fuerza el deseo de amar a Jesús, pero amarlo con verdadera locura, Y así fui comprobando que todos los otros deseos aspiraciones, sueños iban pasando a un segundo lugar. El deseo de amar, de amar mucho, al niño nuestro, Jesús, era lo único que tenía fuerza en nosotros. Sus ojos nos hablaban de algo sobrenatural. Cuando regresamos a Israel, estaba reinando Arquelao, el Hijo de Herodes que había buscado al niño para matarlo, y por eso me retiré a Galilea y nos establecimos en el pueblito de Nazaret. Allí pasaron nuestros días, y más de una vez meditamos el pasaje de los profetas que anunciaban que al Mesías lo llamaría el Nazareno. Y al ver a nuestro hijo fuimos comprendiendo que El seria algo más de lo que nosotros, su madre y yo, podíamos pensar. 
Pero ahora viene lo más importante:
Y bien amigos, así terminamos nuestro breve comentario a la Fiesta de la Sagrada Familia.
Pero ahora te toca a ti. Te invito a que tomes tú mismo el texto del evangelio, en San Mateo capitulo 2, versos del 13 al 15 y del 19 al 23.
Recibe un cordial abrazo y mi bendición para ti y tu familia, y nos estamos escuchando la próxima semana. 

Homilía del Padre Javier San Martín, jesuita.