Con la finalidad de
conocer la historia de esta Fiesta y en especial cómo se originó compartimos
esta publicación:
Historia de laSolemnidad del Corpus Christi
A fines del siglo XIII surgió en Lieja,
Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón
fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a
varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con
el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la
Misa y la fiesta del Corpus Christi.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por
aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta
Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó
huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon.
Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su
comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses
en Fosses y fue enterrada en Villiers.
Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran
veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una
fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una
visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha
negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.
Juliana comunicó estas apariciones a
Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico
Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en
ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó
favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar
fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración
se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de
nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado
en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.
Mons. Roberto no vivió para ver la
realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta
se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de
la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la
extendió por toda la actual Alemania.
El Papa Urbano IV, por aquél entonces,
tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta
localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de
Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la
Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir
de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada
reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se
conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa-
en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de
sangre.
El Santo Padre movido por el prodigio, y
a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi
a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre
del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y
otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa
y al oficio.
Luego, según algunos biógrafos, el Papa
Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a
Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio
hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de
octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó
que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus
manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción
de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y
así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.
Ninguno de los decretos habla de la
procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas
procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV,
y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.
La fiesta fue aceptada en Cologne en
1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue
introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros
países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima
Trinidad.
En la Iglesia griega la fiesta de Corpus
Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos,
melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.
Finalmente, el Concilio de Trento
declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios
la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este
excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y
reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares
públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan
inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente
presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor
Jesucristo.
La fiesta del Cuerpo de Cristo, se traslada en muchos sitios, como en el Perú, al domingo, para que tenga el realce que se merece. Es una fiesta que se refiere naturalmente a la Eucaristía (que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo).
Celebramos y con alegría el que Jesús nos haya regalado este sacramento de la Eucaristía. Así cumple El la promesa hecha de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Hay que detenerse y darle tiempo a este pensamiento: Dios está presente entre nosotros y yo me lo puedo encontrar realmente; Dios no es un Dios lejano a miles de kilómetros y miles de galaxias. Está aquí en nuestro barrio, a unas pocas cuadras de mi casa, y puedo tener un encuentro con El siempre que yo quiera. Eucaristía, presencia de Dios, alimento de nuestra vida, locura del amor de Jesús, que ha querido ser personalmente el alimento de nuestra existencia, nuestro consolador, nuestro apoyo y nuestro amigo.
Pero es notable la insistencia que da la Iglesia a destacar en esta celebración lo del CUERPO de Cristo, subrayando lo material de Jesucristo, su carne, en realidad su Cuerpo y su Sangre. El mismo Jesús había insistido en este aspecto "material" de su realidad, insistiendo en que hay que "comer su carne" (Jn 6, 53); y al narrar su En-carnación se destaca lo mismo en el Evangelio de San Juan "el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14).
"Esto es mi Cuerpo", "Esta es mi Sangre" (Mt 26, 27-28). Nosotros a veces espi-ritualizamos tanto la figura de Jesús, que perdemos de vista su realidad tangible, y lo tangible de El es su cuerpo. Cuando resucita insiste en lo mismo: "Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc 24, 39).
¡Qué fundamental es que se subraye en esta fiesta la importancia del cuerpo! Es bueno que meditemos en la importancia del Cuerpo de Cristo, y en la importancia del nuestro.
El cuerpo es al fin y al cabo un libro abierto de nuestra vida. En el de Cristo han quedado grabadas las escenas de su vida. En El han quedado para siempre las huellas, las llagas, lo que hizo por entregarse a nosotros. En su Cuerpo se grabaron las espinas, y los azotes, el cansancio. Y además de ser un libro donde se han escrito los hechos de su vida, su Cuerpo es el reflejo de su espíritu: su vitalidad, su bondad, la profundidad de su espíritu, su preocupación por los hombres; todo esto se reflejaba en su forma de mirar, en el tono de su voz, en la expresión de su boca. Esto es en resumen lo que es el Cuerpo de Cristo y lo que queremos celebrar con alegría.
Pero también es bueno que pensemos en nuestro propio cuerpo, el compañero donde se han ido marcando las etapas importantes de nuestra existencia; casi podríamos también decir que nuestro cuerpo es el libro de nuestra vida, nuestra biografía: las cicatrices de una enfermedad, cuántos recuerdos de angustia han quedado como arrugas de nuestro rostro: al mirar el rostro de un padre podríamos leer las preocupaciones por sus hijos, y en sus canas el esfuerzo con que ha enfrentado la vida para sacar adelante a la familia y superar los obstáculos de todos los días. El cuerpo se ha ido quedando marcado con este tatuaje. El cuerpo ha sido el mirador de nuestras alegrías, y el instrumento que ha experimentado los sufrimientos. Toda nuestra vida, lo mejor de nosotros mismos, está señalado en ese compañero, que a veces no apreciamos. Y nuestra alma está unida a nuestro cuerpo y se expresa a través de él: lo que llevamos dentro lo comunicamos por este cuerpo que es parte tan importante de nosotros mismos.
Al cabo del tiempo este nuestro cuerpo, a lo mejor encorvado, está manifestando a los demás una vida de trabajo y de fatiga, que la persona ha vivido como un servicio. No es un cuerpo simplemente desgastado, es la expresión de una persona que se ha entregado. Y el rostro, la expresión de nuestra mirada y de nuestro gesto, puede exteriorizar la paz y la tranquilidad que una persona ha ido logrando a base de controlar sus reacciones temperamentales, y es una manifestación de su confianza en Dios. Una mirada puede tener la luminosidad del que todavía tiene ideales, y sabe sonreír profundamente: ¡hay que ver cómo algunos ojos sonríen! Cuantas cosas de nuestra vida se manifiestan en nuestro cuerpo: no sólo cicatrices de operaciones (momentos especiales de dolor y de conversión), sino huellas más sutiles, que expresan aventuras de nuestro caminar con fe y esperanza en una vida, que no se presenta como fácil, pero que siempre está llena de riquezas.
Y para este cuerpo nuestro, santuario de nuestro espíritu, viene el Cuerpo de Cristo para ser alimento, fortaleza, sostén. El Cuerpo de Cristo se nos da realmente aunque bajo las apariencias de pan y de vino, y se nos da porque El personalmente quiere renovar nuestro interior, pero entrando como comida y como bebida.
Al darle gracias al Señor por el milagro de su Cuerpo y de su Sangre, démosle gracias también por nuestro propio cuerpo y por nuestra propia sangre.
Corpus Christi es “Cuerpo de Cristo” en latín. Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía y se celebra en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad.
Festividad: 7 de junio
Solemnidad del Corpus Christi
Festividad del Corpus Christi: si Dios baja, hasta la mesa del altar, es para que nosotros luego descendamos –junto con El y por El- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes.
1. El Cuerpo y la Sangre del Señor, no pueden quedarse en la invisibilidad de las cosas y de los acontecimientos. Sus amigos (y esos amigos somos nosotros) tendremos que dar el “cuerpo” y ofrecer la “sangre” a un evangelio que siendo conocido por muchos no es vivido por tantos como pensamos ni creemos. Tampoco, en toda su perfección, por nosotros mismos.
¿Quién no recuerda aquella famosa historia del Cristo sin brazos?
No podemos olvidarnos de las personas que no tienen rostro porque les ha sido arrebatado su honra o de aquellos otros que no tienen brazos porque los han dejado mutilados sin derecho a réplica ni defensa. El Cristo sin brazos, en esta festividad del Corpus, es un Cristo que, cuando lo comulgamos, se sumerge en nuestras entrañas para que formemos parte se su cuerpo. Es entonces, cuando automáticamente, nos convertimos en nuevos cristos para un viejo mundo que necesita, aunque no se de cuenta, de un alimento que lo aleje de la extenuación física y psíquica a la que está sometido.
¿Somos de verdad el cuerpo del Señor allá donde estamos?
¿Dicen de nosotros, por nuestros modos y maneras, actitudes y palabras, éste se nota que es cuerpo de Jesús?
¿Preferimos el anonimato y el camino fácil, el aplauso de los medios, la falsa discreción antes que dar la cara en aquellas situaciones que requieren nuestro anuncio o denuncia?
2. La Solemnidad del Corpus Christi nos trae a la memoria la comunión con Jesús y la comunión con los hermanos. No podemos contentarnos exclusivamente con unas carantoñas y besos, miradas perdidas o halagos ante un Cristo bonito. No podemos caer en la tentación, en este día del Corpus, de reverenciar al Señor que sale a la calle en histórica custodia o acariciarle con una lluvia de pétalos. A continuación, y después de eso (que está muy bien) hemos de dar el siguiente paso de rescatar y recuperar el cuerpo de su mensaje y de su acción evangelizadora: que todos los hombres, especialmente los más pobres, descubran la presencia de un Dios que ama con locura. Y los pobres, sobre todo en la situación que nos preocupa, son ciudadanos que viven como si Dios no existiera, cristianos que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran, creyentes que formaron parte de la gran familia de la Iglesia y que se han vuelto en su contra, representantes que, en su torpeza e intolerante progresismo, se mofan injustamente a los pies del Santo Sepulcro de Jerusalén de los símbolos de la Pasión de Jesús. Éstos ¿ acaso no son pobres?
Solemnidad del Cuerpo Christi. Es el día de los que formamos esa gran familia de los hijos de Dios. Estamos llamados a manifestar públicamente (la procesión del Corpus es una manifestación de fe, pero manifestación) la gran riqueza que muchos se pierden todos los domingos, el gran memorial que Jesús nos dejó en Jueves Santo, el gran milagro que –todos los días- tiene lugar en miles de altares, la gran fuerza que expulsa toda debilidad, el gran misterio que nos va abriendo puertas para un entrar cara a cara y hablar de tú a tú con el Dios que nos salva.
3. Fiesta del Corpus Christi. Con este pan, hoy sobre todo, nos crecemos, nos hacemos los valientes, para no cejar en nuestro empeño evangelizador. En este día, mirando a Jesús Sacramentado, desaparece el egoísmo (que es la ausencia de Dios) y reaparece la caridad (que es el latir del corazón de Dios a favor del hombre).
Si "no comprometerse" ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso (Juan Pablo II, Christifideles Laici 3).
No es que Cristo esté oculto en el mundo. Es más bien al contrario: muchos cristianos permanecen tan ocultos en la política y en la familia, en la empresa, en la cultura, en los organismos donde se toman ciertas decisiones etc., que, es entonces, cuando Cristo enmudece, se paraliza y se hace invisible, no por El, sino por aquellos que somos su cuerpo y nos resistimos a movernos y presentarnos en su nombre.
La custodia labrada en oro o de plata, volverá al museo sumida en un letargo que durará todo un año. Los cristianos, por el contrario, como “custodias de carne y hueso”, lejos de dormir, seguiremos llevando a Cristo y pregonándolo a los cuatro vientos todos y cada uno de los días del año. Aunque que no nos echen pétalos.
Al celebrarlo en jueves, recordamos el jueves santo, día de la institución de la eucaristía. Ambos días tienen un objetivo similar, pero no son un simple duplicado. El Corpus Christi nos proporciona una segunda oportunidad para ponderar el misterio de la eucaristía y considerar sus varios aspectos. Nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el "sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.
El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.
Historia de la fiesta
Desde los albores del siglo XII, la fe y la devoción eucarística se inclinaron notablemente hacia la doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Esto se debió, en parte, a una reacción contra las herejías que prevalecían entonces; como la de Berengario, que minimizaba e incluso llegaba a negar tal doctrina. La práctica eucarística de aquel tiempo se caracterizaba por un fuerte deseo por parte de los fieles de ver la hostia y el cáliz en la misa. Esto iba acompañado por una sensación de temor reverencial ante la presencia real y una profunda conciencia de indignidad personal. Ver la hostia, venerar las sagradas especies, constituía una forma de comunión espiritual. La comunión sacramental, que es la mejor forma de participación en la misa, se hizo poco frecuente.
Ese era el clima religioso, un clima de lo más favorable para introducir una nueva fiesta en honor de la eucaristía, considerada especialmente bajo el aspecto de presencia real. La iniciativa no llegó "de arriba", de la jerarquía, sino "de abajo", de un movimiento del Espíritu en la Iglesia. Una monja desconocida, de vida estrictamente claustral, sería la primera en promover la institución de una nueva fiesta eucarística. Era Juliana de Mont Cornillon, de la diócesis de Lieja, en lo que hoy es Bélgica.
En 1208, Juliana tuvo su primera visión. Observó la luna llena, en la cual veía una mancha oscura. Recibió entonces la revelación, por parte de Cristo, de que aquella mancha significaba la ausencia en el calendario de una fiesta especial en honor a la eucaristía. Recibió, además, el encargo de promover esa fiesta. Pasaron varios años antes de que la vidente pudiera encontrar a alguien dispuesto a escuchar su propuesta favorablemente.
En 1240, Roberto, obispo de Lieja, promulgó un decreto estableciendo la fiesta en su diócesis, para que se celebrara el segundo domingo después de pentecostés.
En 1251 el legado papal cardenal Hugues de Saint-Cher inauguró la fiesta en Lieja. En adelante se celebraría el jueves después de la octava de pentecostés.
En 1264, el papa Urbano IV extendió la celebración a toda la Iglesia. Sin embargo, el decreto papal permaneció durante cincuenta años como letra muerta. Sólo cuando el papa Clemente V confirmó el decreto de su predecesor y Juan XXII lo publicó en 1317, la nueva fiesta encontró un lugar seguro en el calendario. No tardó en llegar a ser una de las fiestas más populares en el año litúrgico de la Iglesia.
Al principio no se hacía procesión. La primera noticia que se tiene de esta práctica se remonta al año 1279, en Colonia. Pronto siguieron su ejemplo otras iglesias. La hostia consagrada se llevaba procesionalmente por las calles y los campos, tributando así público homenaje a Cristo presente en el sacramento. Para exhibir la hostia se usaban entonces los relicarios. Más tarde comenzó a elaborarse lo que hoy conocemos con el nombre de custodias.
La procesión
Según el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, "el pueblo cristiano da testimonio de fe y piedad religiosa ante el Santísimo Sacramento con las procesiones en que se lleva la eucaristía por las calles con solemnidad y con cantos" (101).
Desde luego, la procesión es opcional. El tráfico y abarrotamiento de nuestras ciudades y otros muchos núcleos urbanos importantes presentan algunas dificultades. Para asegurar una procesión más ordenada y digna, los pastores pueden transferirla al domingo siguiente y a una hora más tranquila por la tarde. Donde la procesión no es viable, se pueden considerar otros modos para tributar honor públicamente en este día a la presencia eucarística de Cristo. Una prolongada exposición del Santísimo en la iglesia podría, en tal caso, sustituir a la procesión.
Pero donde no hay inconvenientes para que se lleve a cabo con dignidad y reverencia, conviene hacerla. Es la procesión un hermoso acto público de homenaje a Cristo presente en la eucaristía y de acción de gracias a Dios por tan inmenso don. Constituye, además, una viva manifestación de la iglesia local.
Es importante enfatizar la íntima conexión que existe entre la misa y la procesión. El mencionado ritual, en el número 103, afirma: "Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en procesión". No se trata de una mera rúbrica, sino de manifestar que la procesión es una prolongación de la misa y, por consiguiente, no debe considerarse separada. Viene a ser una acción de gracias más amplia. Toda devoción eucarística debe partir de la misa y conducir de nuevo a ella. Nos lo recuerda la instrucción de mayo de 1967 Adoración del misterio eucarístico, n 3 E: "La celebración de la eucaristía en el sacrificio de la misa es verdaderamente el origen y el fin de la adoración que se tributa a la eucaristía fuera de la misa".
La hostia que se lleva en procesión es el pan vivo y dador de vida. Con razón recibe culto público, y su finalidad principal es ser recibida como alimento espiritual para unirnos con Cristo y asociarnos a su sacrificio. La hostia llevada en triunfo con luces e incienso está destinada a ser consumida por uno de los fieles, tal vez por un niño...
Durante la procesión se pueden hacer estaciones o paradas donde se da labendición eucarística. "Los cantos y oraciones que se tengan se ordenen a que todos manifiesten su fe en Cristo y se entreguen solamente al Señor" (104). "Al final se da la bendición con el santísimo Sacramento en la iglesia en que acaba la procesión, o en otro lugar oportuno; y se reserva el santísimo Sacramento" (108).
VINCENT RYAN
PASCUA. FIESTAS DEL SEÑOR
Ediciones Paulinas. Madrid 1985, pág. 106-117
Constitución sobre liturgia, n 47, citando a San Agustín
Fuente: www.encuentra.com
Libro: “Lima, Ciudad Eucarística” es una recopilación fotográfica de las principales iglesias parroquiales, capillas y capillas de Adoración al Santísimo que se han construido y remodelado en la Arquidiócesis de Lima
en la última década.
En los últimos diez años se han construido cerca de 60 capillas de Adoración al Santísimo Sacramento, bajo el impulso del Arzobispo de Lima, lo que convierte a la capital del Perú, en una ciudad que adora al Santísimo Sacramento, una “Ciudad Eucarística”.
P. Francisco Varo Profesor de Teología - Universidad de Navarra
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Las horas que precedieron a la Pasión y Muerte de Jesús quedaron grabadas con singular fuerza en la memoria y el corazón de quienes estuvieron con él. Por eso, en los escritos del Nuevo Testamento se conservan bastantes detalles acerca de lo que Jesús hizo y dijo en su última cena. Según Joachim Jeremias es uno de los episodios mejor atestiguados de su vida. En esa ocasión estaba Jesús sólo con los doce Apóstoles (Mt 26,20; Mc 14,17 y 20; Lc 22,14). No le acompañaban ni María, su madre, ni las santas mujeres.
Según el relato de San Juan, al comienzo, en un gesto cargado de significado, Jesús lava los pies a sus discípulos dando así ejemplo humilde de servicio (Jn 13,1-20). A continuación tiene lugar uno de los episodios más dramáticos de esa reunión: Jesús anuncia que uno de ellos lo va a traicionar, y ellos se quedan mirando unos a otros con estupor ante lo que Jesús está diciendo y Jesús de un modo delicado señala a Judas (Mt 26,20-25; Mc 14,17-21; Lc 22,21-23 y Jn 13,21-22).
En la propia celebración de la cena, el hecho más sorprendente fue la institución de la Eucaristía. De lo sucedido en ese momento se conservan cuatro relatos ―los tres de los sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,14-20) y el de San Pablo (1 Co 11,23-26)―, muy parecidos entre sí. Se trata en todos los casos de narraciones de apenas unos pocos versículos, en las que se recuerdan los gestos y las palabras de Jesús que dieron lugar al Sacramento y que constituyen el núcleo del nuevo rito: «Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: —Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19 y par.).
Son palabras que expresan la radical novedad de lo que estaba sucediendo en esa cena de Jesús con sus Apóstoles con respecto a las cenas ordinarias. Jesús en su Última Cena no entregó pan a los que con él estaban en torno a la mesa, sino una realidad distinta bajo las apariencias de pan: «Esto es mi cuerpo». Y trasmitió a los Apóstoles que estaban allí el poder necesario para hacer lo que Él hizo en aquella ocasión: «Haced esto en memoria mía».
Al final de la cena también sucede algo de singular relevancia: «Del mismo modo el cáliz después de haber cenado, diciendo: —Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20 y par.).
Los Apóstoles comprendieron que si antes habían asistido a la entrega de su cuerpo bajo las apariencias del pan, ahora les daba a beber su sangre en un cáliz. De este modo, la tradición cristiana percibió en este recuerdo de la entrega por separado de su cuerpo y su sangre un signo eficaz del sacrificio que pocas horas después habría de consumarse en la cruz.
Además, durante todo ese tiempo, Jesús iba hablando con afecto dejando en el corazón de los Apóstoles sus últimas palabras. En el evangelio de San Juan se conserva la memoria de esa larga y entrañable sobremesa. En esos momentos se sitúa el mandamiento nuevo, cuyo cumplimiento será la señal distintiva del cristiano: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,34-35).
Bibliografía: Joachim Jeremias, La última cena: palabras de Jesús (Cristiandad, Madrid, 22003); Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret (B.A.C., Madrid, 2005) 179-185....
Tomado de: http://www.opusdei.es/art.php?p=15366
Respuesta del profesor de Teología Francisco Varo a la pregunta "¿Qué ocurrió realmente en la Última Cena?". Episodio de la serie "50 preguntas sobre Jesús". http://www.arguments.es
1 Procesión Eucarística en San Petersburgo después de 93 años
Lunes, 27 jun (RV).- Ayer, después de 93 años se celebró en San Petersburgo la procesión del Corpus Christi 2011 que discurrió por la gran Avenida Nevski. La procesión eucarística salió de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría precedida por una cruz de madera a la que seguían una serie de estandartes en los que se podían observar imágenes de la Inmaculada Concepción, de Nuestra Señora de Lourdes, los Santos Pedro y Pablo, la de otros mártires, etc. De estos estandartes colgaban unas cintas llevadas por niños. Seguían religiosos dominicos y numerosos sacerdotes.
El Santísimo Sacramento bajo palio, acompañado por el sonido de campanas, lo llevó Mons. Paolo Pezzi, Arzobispo católico de Moscú –cuya diócesis incluye San Petersburgo–. Detrás del Cuerpo de Cristo cientos de fieles acompañaron al Señor sacramentado cantando, entre otros himnos eucarísticos, el “Adoro te devote”. La custodia con la Hostia Santa se detuvo tres veces sobre un altar portátil. Una de ellas lo hizo ante un edificio construido por católicos. Según los organizadores de esta histórica procesión, que desde hacía 93 años no se había podido celebrar, los responsables de la Iglesia ortodoxa rusa han visto con satisfacción esta manifestación de amor hacia Dios Eucaristía.
La última procesión del Corpus en San Petersburgo fue el año 1918, poco antes del asentamiento definitivo y cruento de la revolución rusa.
El Señor entra en la que fuera ciudad de verano de los zares, con la misma humildad, con la misma sonrisa, con el mismo gesto de paz con que entró un día en Jerusalén. Rusia ya ha vivido y sufrido un gran calvario; y espera con ansias la Resurrección.
Celebracion de Corpus Christi 2011 en San Petersburgo Rusia
En la Avenida Nevsky en San Peterbursgo, procesiono Solemnemente el Corpus Christi
1918: 40.000 católicos tomaron la calle en oración El padre Alejandro, un español misionero en San Petersburgo, cuenta en el blog de la asociación "Amigos de Rusia" ( http://amigosderusiasannicolas.blogspot.com ), que apoya a sus parroquias desde España, lo que significó la procesión de 1918, un gran fogonazo de alegría católica justo meses antes de apagarse en un baño de sangre y persecución.
A principios del siglo XX, antes de la Revolucion, en San Petersburgo (entonces Petrogrado) aproximadamente un 7% de la población era católica. Era la ciudad más cosmopolita de Rusia, llena de comerciantes, y a ella llegaban militares y emigrantes de las regiones católicas del Imperio, de zonas bálticas, ucranianas, bielorrusas, polacas... Con la Ley de Libertad Religosa de Nicolas II en 1907 los católicos dejaron de ser una religión "de segunda" frente a la Iglesia Ortodoxa y ganaron confianza en si mismos.
En 1917 ya realizaron una procesión multitudinaria por Corpus Christi, pero sin llegar a sacar al Santísimo a la calle. Pero el 30 de mayo de 1918 la procesión con el Santísimo fue impresionante, reuniendo a unas 40.000 personas, quizá la mitad de los católicos de la zona.
La organizó el veterano prelado Budkevich, hoy en proceso de beatificacion: los bolcheviques lo fusilaron 5 años después. Participaron el arzobispo Ropp, el siervo de Dios Obispo Jan Cieplak y el beato exarca de rito católico bizantino Fedorov. Nadie podía imaginar que 20 años después, en San Petersburgo solo quedaría una iglesia católica con unas pocas decenas de feligreses y muy vigilados por la KGB.
Un testimonio de la época El sacerdote Francisk Rutkovskiy describió la procesión de 1918 varios años después, en su biografía sobre el obispo Cepliak:
«Antes de que el mal comenzase a imponerse, los católicos de Petersburgo vivieron todavía un momento solemne y alegre para la Iglesia. El 30 de Mayo de 1918 por primera vez en la historia de esta ciudad, la procesión del Corpus Christi recorrió sus calles. Cristo, bajo la especie del pan, en el esplendor de su majestad, como Vencedor, daba su bendicion al mundo. La procesión comenzaba en la Iglesia de Santa Catalina e iba por las Avenidas Nevskiy y Lineyniy hasta la iglesia del cementerio Viborgskiy.
Salió el clero de ambos ritos [latino y bizantino], los profesores de la Academia de Teología con el rector a la cabeza, muy despacio desfilaban las diversas órdenes vestidas con sus habitos, seguía la corriente de la multitud de la gente, desfilaban las hermandades, las diversas asociaciones civiles, las agrupaciones sociales, se oia el rumor de los estandartes, por doquier se derramaban las flores.
Desfilaban en mayor número los polacos, y con ellos los bielorrusos, los lituanos, los letones, los rusos católicos: allí estaba todo el Petersburgo católico, y el cielo inundado por la luz del sol fue golpeado por el majestuoso himno “Para Ti la gloria”. Cantaban acompañados de la orquesta de la parroquia de Santa Catalina. Y, junto con la procesión y los cantos, todo era traspasado por la profunda corriente de un hondo y aquietado silencio, como un soplo ondulado y crístico de paz y amor.
Y tan grande era la majestad de esta marcha que todos los concurrentes [se refiere a la población básicamente rusa y ortodoxa] cayeron de rodillas, se quitaron los sombreros y con admiración contemplaron la escena incomprensible y jamás vista que tenian ante si: la unión de los ritos y de las nacionalidades bajo un solo pastor y un solo orden. Ni uno solo de los participantes se atrevía a resollar, al contemplar a tantos como caminaban en estas filas, ni uno solo de ellos, movido por el odio, se tapó la mirada ante el resplandor que emanaba de esta luminosa muchedumbre.
Presidía la muchedumbre el nuevo ordinario de la diócesis de Moguilev, el metropolita Ropp. El obispo Cepliak caminaba cerca del baldaquino, silencioso y recogido en oración. Se cumplían sus sueños, veía los ejercitos de Cristo, extendidos mas alla de las murallas de los templos... La procesion terminó. La solemne Santa Misa se celebró bajo el cielo abierto."
Después llegó la Revolución. En 1920 había unos 900 sacerdotes católicos en la Unión Soviética (que incluía regiones católicas de Ucrania y Bielorrusia) y unos 2 millones de fieles. Apenas 10 años después, 600 sacerdotes católicos habían sido eliminados. Entre 1937 y 1938 fueron ejecutados otros 140 sacerdotes católicos. El estudio sistemático de la persecución a los católicos aún está por realizar.
Esta semana, después de 93 años, la custodia con el Santísimo volvió a recorrer la Avenida Nievskiy.
Por la Consagración de Rusia al inmaculado Corazón de Maria. Rezad mucho mis hermanos, rezad el rosario, nuestra Señora asi lo quiere.
Foto 1:La iglesia católica de Santa Catalina de Alejandría fue construida por diseño de Vallin de La Mothe y Rinaldi en los años 60-80 del siglo XVIII. Fue consagrada en honor de la santa patrona de Catalina la Grande. La iglesia se sitúa en la avenida principal de San Petersburgo - Nevski. Las misas se dan en ruso, latín, francés, polaco y español
El Papa dice que la Eucaristía sirve de “antídoto” contra la cultura individualista
27 de junio, 2011. (Romereports.com) Benedicto XVI propuso durante el Ángelus la “lógica de la comunión” para contrarrestar una “cultura cada vez más individualista”. Y dijo que la Eucaristía es la fuente de esta comunión. Benedicto XVI “La Eucaristía es prácticamente un “antídoto” que actúa en las inteligencias y corazones de los creyentes y que continuamente siembra en ellos la lógica de la comunión, del servicio, del compartir. En definitiva, la lógica del Evangelio”.
Benedicto XVI dedicó el ángelus a la Eucaristía, porque se celebraba en muchos países del mundo el día del Corpus Christi. El Papa destacó que la Eucaristía acerca a las personas a Dios y al resto del mundo.
Benedicto XVI “El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, transforma a quienes la reciben con fe, en miembros del cuerpo de Cristo. De esta manera, la Iglesia es realmente sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos”.
Benedicto XVI recordó varias beatificaciones que se celebraban aquel día. Entre ellas la del sacerdote italiano Clemente Visara que “fue un heroico misionero en Myanmar".
Antes de finalizar, dio las gracias a los 30.000 peregrinos que a pesar de la calurosa mañana romana, habían acudido a la plaza para acompañarle.
El presidente Alan García participó en Misa del Corpus Christi -2011 El cardenal Juan Luis Cipriani pidió a los peruanos desterrar la violencia de sus corazones y no abrir nuevas heridas
(Andina) 26.06.2011. El presidente de la República, Alan García, asistió esta mañana a la Misa del Corpus Christi, que ofreció el cardenal Juan Luis Cipriani, en el atrio de la Basílica Catedral de Lima. El oficio religioso se inició al promediar las 10 de la mañana y contó con la presencia de miles de fieles católicos. El jefe de Estado llegó a dicho lugar minutos antes de la hora señalada y se retiró cerca de las 11:50 a.m., luego de presenciar la Procesión Eucarística del Santísimo Sacramento alrededor de la Plaza Mayor, ocurrida luego de terminar la liturgia.
Arzobispo de Lima PIDIÓ DESTERRAR LA VIOLENCIA Por su parte, el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, pidió a los peruanos desterrar la violencia de sus corazones y no abrir nuevas heridas de tipo material o moral, ni envenenar a la gente con ideologías de pequeños grupos. El cardenal dijo que no hay excusas para la violencia porque esta “nunca es el camino hacia nada” y, que si bien vivimos tiempos difíciles, los peruanos tienen urgencias muy grandes en el campo de la educación y la familia. “Cristo nos enseña que el amor es más fuerte que el odio, el bien es más fuerte que el mal, la paz puede más que la violencia, la vida es mayor que la muerte”, subrayó Cipriani durante la misa de Solemnidad del Corpus Christi.
GUSTATE E VEDETE COME È BUONO IL SIGNORE, BEATO L'UOMO CHE TROVA IL SUO RIFUGIO IN LUI. TEMETE IL SIGNORE, SUOI SANTI, NULLA MANCA A COLORO CHE LO TEMONO.
Benedirò il Signore in ogni tempo, sulla mia bocca la sua lode. Io mi glorio nel Signore, ascoltino gli umili e si rallegrino.
RIT.
Celebrate con me il Signore, esaltiamo insieme il suo nome. Ho cercato il Signore e m'ha risposto, mi ha liberato.
RIT.
Guardate a Lui e sarete raggianti, non saranno confusi i vostri volti. Il Signore ascolta il povero, egli lo libera da ogni angoscia.
Tantum Ergo is the last two stanzas from the Eucharistic Hymn (Pange Lingua) composed by St. Thomas Aquinas (1225-1274) and is used at Benediction of the Blessed Sacrament. The response and the prayer at the end is a later addition used at Benediction. A partial indulgence is granted to the faithful who recite it and a plenary indulgence is granted to those who recite it on Holy Thursday or Corpus Christi.
Tantum ergo Sacramentum Veneremur cernui: Et antiquum documentum Novo cedat ritui: Praestet fides supplementum
Genitori, Genitoque Laus et iubilatio, Salus, honor, virtus quoque Sit et benedictio: Procedenti ab utroque Compar sit laudatio. Sensuum defectui. Amen.
Down in adoration falling, Lo! the sacred Host we hail, Lo! oe'r ancient forms departing Newer rites of grace prevail; Faith for all defects supplying, Where the feeble senses fail.
To the everlasting Father, And the Son Who Reigns on high With the Holy Spirit proceeding Forth from each eternally, Be salvation, honor blessing, Might and endless Majesty. Amen.
Subido por ZrinjskiPetar
Dies Sanctissimi Corporis et Sanguinis Domini est festa dies Ecclesiae Catholicae. In hac die fideles praesentiam realem Iesus Christi in hostia consecrata celebrant. Inter hanc festam hymni Pange Lingua, Lauda Sion et Tantum ergo canuntur.
One of the five beautiful hymns St. Thomas Aquinas (1225-1274) composed in honor of Jesus in the Blessed Sacrament at Pope Urban IV's (1261-1264) request when the Pope first established the Feast of Corpus Christi in 1264. The hymn is found in the Roman Missal as a prayer of thanksgiving after Mass. A partial indulgence is granted to the faithful who devoutly recite this hymn.
Adoro te devote, latens Deitas, Quae sub his figuris vere latitas; Tibi se cor meum totum subiicit, Quia te contemplans, totum deficit.
Visus, tactus, gustus in te fallitur, Sed auditu solo tuto creditur; Credo quidquid dixit Dei Filius, Nil hoc verbo veritatis verius.
In Cruce latebat sola Deitas. At hic latet simul et humanitas: Ambo tamen credens, atque confitens, Peto quod petivit latro paenitens.
Plagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor: Fac me tibi semper magis credere, In te spem habere, te diligere.
O memoriale mortis Domini, Panis vivus vitam praestans homini: Praesta meae menti de te vivere, Et te illi semper dulce sapere.
Pie pellicane Iesu Domine, Me immundum munda tuo Sanguine: Cuius una stilla salvum facere Totum mundum quit ab omni scelere.
Iesu, quem velatum nunc aspicio, Oro, fiat illud, quod tam sitio, Ut te revelata cernens facie, Visu sim beatus tuae gloriae. Amen.
Hidden God, devoutly I adore Thee, Truly present underneath these veils: All my heart subdues itself before Thee, Since it all before Thee faints and fails.
Not to sight, or taste, or touch be credit, Hearing only do we trust secure; I believe, for God the Son has said it Word of Truth that ever shall endure.
On the Cross was veiled Thy Godhead's splendor, Here Thy Manhood lieth hidden too; Unto both alike my faith I render, And, as sued the contrite thief, I sue.
Though I look not on Thy wounds with Thomas, Thee, my Lord, and Thee, my God, I call: Make me more and more believe Thy promise, Hope in Thee, and love Thee over all.
O Memorial of My Savior dying, Living Bread, that givest life to man; May my soul, its life from Thee supplying, Taste Thy sweetness, as on earth it can.
Deign, O Jesus, Pelican of heaven, Me, a sinner, in Thy Blood to lave, To a single drop of which is given All the world from all its sin to save.
Contemplating, Lord, Thy hidden presence, Grant me what I thirst for and implore, In the revelation of Thy essence To behold Thy glory evermore. Amen.
Adoro Te Devote
ADORO TE DEVOTE EN ESPAÑOL
Yo te adoro, Señor, con reverencia, oculto en esa cándida apariencia: A Ti mi corazón está rendido, y contemplando en Ti, desfallecido.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
La vista, el tacto, el gusto se equivoca, más el oído asenso fiel provoca. Con gran firmeza creo cuanto dijo la verdad infalible de Dios Hijo.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
En la cruz la Deidad estaba oculta, aquí aún la Humanidad amor sepulta. Una y Otra creyendo y proclamando, pido lo que el ladrón pidió penando.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
Como Tomás, las llagas no percibo; mas ¡oh Dios! te confieso eterno y vivo. Haz que siempre en Ti crea firme y constante, que espere en Ti y te sea fino amante.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
¡Oh, excelso memorial de tu tormento, Pan vivo que a los hombres das aliento! Concédeme que mi alma de Ti viva, y tu dulce sabor siempre perciba.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
Con tu sangre, pelícano sagrado, lávame de las manchas del pecado; pues una sola gota es suficiente para lavar al mundo delincuente.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
Oh, Jesús, a Quién velado ahora miro, hágase lo que tanto yo suspiro: que amándote yo aquí constantemente, sea dichoso contigo eternamente.
Tú eres, Señor, el Pan de Vida.
Esta pieza en su sencillez, es una pequeña perla preciosa de la Música Sagrada de nuestro tiempo. Su melodía tiene el sello del Artista consumado, pero sobre todo, del Artista de fe profunda. Es del Mtro Hermilio Hernández López, músico mexicano formado en la mística del Músico al servicio de la Iglesia. Cualquier Servicio Religioso Eucarístico tiene cabida para este canto, pero me parece que el Jueves Santo, en la Misa de Institución de la Eucaristía,y en el dia del Corpus Christi tiene su momento ideal.
Alfombras del Corpus Christi 2011 cautivaron a visitantes en Cajamarca
La Plaza de Armas de Cajamarca amaneció adornada con alfombras de piso multicolores, las cuales fueron confeccionadas durante toda la noche. 40 alfombras adornan perímetro de la Plaza de Armas
La confección de alfombras de piso es la principal atracción de la festividad más importante de la Iglesia Católica en Cajamarca: el Corpus Christi, cuyo significado es el cuerpo de Cristo. Para la celebración de esta festividad católica, la Municipalidad Provincial de Cajamarca declaró el jueves 23 de junio como feriado no laborable, con la finalidad de tener una participación masiva de los cajamarquinos. Los integrantes de instituciones educativas, entidades privadas y estatales se concentraron ayer en la Plaza de Armas de Cajamarca y desde las ocho de la noche empezaron a confeccionar las alfombras de piso durante toda la noche. Para la creación de las alfombras, los participantes usaron aserrín, anilinas de diferentes colores, flores de todo tipo y también yeso demostrando destreza y creatividad. El propósito era que el día central del Corpus Christi se presenten los mejores diseños religiosos. Este año se confeccionaron 40 alfombras con diferentes motivos, las cuales adornaron el perímetro de la Plaza de Armas de Cajamarca. Estas no duran más de dos horas ya que la procesión del Santísimo Sacramento se realiza al mediodía y los fieles pisan las alfombras en su recorrido. En la celebración del Corpus Christi, la población no solo participa en las actividades religiosas, sino también en actividades recreativas, como la feria comercial instalada en el Qhapac Ñan, donde se pueden encontrar juegos mecánicos y una serie de concursos.
INTRODUCCIÓN 1. La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.
EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER «EUCARÍSTICA» 53. Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.(102) Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él. A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42). Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio. 54. Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: « ¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida” ». 55. En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor. Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino. « Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística? 56. María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión. ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz. 57. « Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En el « memorial » del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente. 58. En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ». Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!
CONCLUSIÓN 59. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine! ». Hace pocos años he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Encíclica sobre la Eucaristía, en el Jueves Santo de mi vigésimo quinto año de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido de gratitud. Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han « concentrado » y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa « contemporaneidad ». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35). Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía.« Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro homine! ». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos –« visus, tactus, gustus in te fallitur », se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: « Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna » (Jn 6, 68). 60. En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. Como he escrito en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, no se trata de « inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste ».(103) La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucaristía. Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia? 61. El Misterio eucarístico –sacrificio, presencia, banquete –no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada. La vía que la Iglesia recorre en estos primeros años del tercer milenio es también la de un renovado compromiso ecuménico. Los últimos decenios del segundo milenio, culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa dirección, llamando a todos los bautizados a corresponder a la oración de Jesús « ut unum sint » (Jn 17, 11). Es un camino largo, plagado de obstáculos que superan la capacidad humana; pero tenemos la Eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó el profeta Elías: « Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti » (1 Re 19, 7). El tesoro eucarístico que el Señor ha puesto a nuestra disposición nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con todos los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. Sin embargo, para no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica. Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este « tesoro ». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque « en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación ».(104) 62. Sigamos, queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos « contagia » y, por así decir, nos « enciende ».Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del « cielo nuevo » y de la « tierra nueva » que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: « Veni, Domine Iesu! » (Ap 22, 20). En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites. Hagamos nuestros los sentimientos de santo Tomás de Aquino, teólogo eximio y, al mismo tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico, y dejemos que nuestro ánimo se abra también en esperanza a la contemplación de la meta, a la cual aspira el corazón, sediento como está de alegría y de paz: « Bone pastor, panis vere,Iesu, nostri miserere... ». “Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, piedad de nosotros: nútrenos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos. Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, a la alegría de tus santos”. Roma, junto a San Pedro, 17 de abril, Jueves Santo, del año 2003, vigésimo quinto de mi Pontificado y Año del Rosario. IOANNES PAULUS II
Fuente: Capitulo V y Conclusión de la Encíclica ECCLESIA DE EUCHARISTIA