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PAPA Robert : LEON XIV y ESCUDO Pontificio 2025

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lunes, 8 de marzo de 2010

Tercer Domingo de Cuaresma 2010

Jesús nos cuida y espera nuestros frutos
Conviértanse. El Reino de Dios está aquí
P. José R. Martínez Galdeano, S.J.
Habrán caído en la cuenta, hermanos, de que la Iglesia nos propone hoy un tema muy de la Cuaresma: la conversión YA, sin esperar más.
Jesús comenta dos tristes noticias dando por buena la opinión popular de que han sido un castigo de Dios a los pecados de aquellas personas. Es lo que sucedió con Sodoma y Gomorra, con Saúl, con la desaparición de los reinos de Israel y de Judá. No se convirtieron como, en cambio, hicieron los ninivitas. “Y si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera”– concluye Jesús.
Todavía añade Lucas una parábola que abunda en la misma enseñanza. A todos se ha dado y se da todavía tiempo para dar fruto. Todavía el Señor te sigue cultivando, te sigue llamando. ¡Cuidado!, que si no te conviertes de una vez, acabará cortándote.
Convertirse es transformarse. Tratándose de personas convertirse se refiere normalmente a transformarse una persona en lo religioso y moral. Pero podemos precisar algo más. Como sabemos, toda persona bautizada ha recibido el don de la presencia en su alma del Espíritu Santo. Sin embargo esta alma continúa con el virus, digamos, de la concupiscencia. El Espíritu Santo estimula hacia el bien, la concupiscencia hacia el mal. Luego, a lo largo de la vida, los actos del hombre, buenos o malos, van aumentando las fuerzas para el bien y las del mal, conformando, es decir modificando en su forma de ser al espíritu humano y desarrollándolo en dimensiones muy varias. De ellas unas son buenas y otras malas. Cuando uno peca se hace pecador o, si se quiere, más pecador, se aleja de Dios y además se hace a sí mismo menos capaz de hacer el bien y de evitar el mal. Lo contrario sucede cuando se obra el bien; la persona mejora y aumenta su capacidad de obrar bien y de resistir al mal.
Por conversión se entiende lo más frecuentemente el cambio de quien vivía normalmente en pecado grave, privado de la gracia santificante, otorgada por el bautismo, o incluso carecía de fe, y pasa a la situación de vivir en gracia o creer. Es un cambio de actitud radical respecto de Dios y respecto del pecado. Es el caso de las que podemos también llamar grandes conversiones.
Pero, como reconoce el mismo San Pablo, aun en aquellos que ya se convirtieron de esa forma e incluso en los que no necesitaron de tal conversión para llegar a la fe, “el pecado habita en mí… advierto otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado, que está en mis miembros” (Ro 7,17.23); existe la concupiscencia y todos sienten y sentimos frenos internos a la caridad con Dios y con el prójimo. Por eso todos necesitamos de conversión.
El sacramento de la penitencia (llamado también del perdón, de la misericordia o más normalmente confesión) es un gran instrumento de conversión. Jesús viene a compararlo con la misión del médico. “No es el médico para los sanos sino para los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores a penitencia” (Lc 5,32). El sacramento de la penitencia no sólo perdona los pecados, sino que sana el alma, le inyecta fuerza contra los vicios cuyos pecados se acusaron y a favor de la virtudes, débiles para evitarlos.
Sin embargo, como toda gracia, requiere el complemento de la cooperación humana. No basta que un carro tenga combustible, es necesario un chófer que lo ponga en marcha y maneje. No basta la gracia que hace posible a la voluntad poder obrar bien, es necesaria la decisión de la misma voluntad, su acto de querer obrar bien. Es lo que en la confesión se llama el propósito.El propósito mira más al futuro que al pasado. No importa tanto en alta mar de dónde partió la nave, sino a dónde va. El propósito no es tomar conciencia de que el pecado pasado fue pecado; tal conciencia es necesaria ya para y antes de que el pecado se cometa. El propósito de la enmienda es un acto de la voluntad que mira hacia el futuro: es la decisión actual de poner en el futuro los medios necesarios para evitar el pecado que se confesó.
Ocurre que a veces se usa de la confesión no como un acto de conversión, sino como una acción piadosa. Una acción piadosa se puede repetir sin más: se puede rezar el rosario una vez a la semana (los sábados) o todos los días o rezar varios rosarios al día. Las personas que se confiesan con regularidad y sobre todo con frecuencia tienen el peligro de la rutina, de hacerlo sin propósito o con un propósito muy flojo. Si sus faltas no se corrigen, siendo a veces hasta pecados graves, posiblemente es que no hay propósito. A veces se puede dudar aun de la validez de tales confesiones por falta de tal propósito. No hay conciencia de que hay que cambiar.
El cristiano debe estar en lucha perpetua; contra el pecado y contra sí mismo, porque el pecado “esta en mí”, lo lleva dentro (v. Mt 15,19). Eso es lo que significa la continua llamada a la vigilancia y a la lucha, como nos amonesta la Escritura (v. 2Pe 5,8; Mt 11,12; Lc 12,51). San Pablo emplea otra metáfora menos belicosa, la del deporte (v. 1Co 9,24). Estamos siempre en carrera. Hay que estar esforzándose siempre, sin pararse nunca; como la luz, que, si se apaga, de sí misma no tiene capacidad de volver a alumbrar. La primera pregunta al hacerse el examen de conciencia podría ser: ¿He estado en carrera? ¿Me he esforzado? ¿Mi tónica ha sido la del esfuerzo?
Es bueno tener un cierto ritmo en la práctica del sacramento de la penitencia. Pero no se confiesen nunca meramente porque “ha pasado un mes, o quince días o…”. Confiésense porque han caído en tal pecado o defecto o van procediendo con una actitud pecaminosa; en definitiva porque no están sanos sino enfermos.
Porque un cristiano de verdad siempre está activo, siempre está en carrera, siempre está en lucha, siempre se da cuenta de algo que le está llevando a la inacción perezosa o a la cobardía; o le está impidiendo o empieza a impedirle el bien o el bien mejor o el bien perfecto o le quita la alegría en el bien o le disminuye la fe. Conviértanse –dice el Señor– porque está cerca el Reino de los cielos”.




http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com/2010/03/homilia-domingo-3-de-cuaresma-c.html

domingo, 28 de febrero de 2010

Segundo Domingo de Cuaresma 2,010

Que bien se esta aqui

Lecturas: Gn15,5-12.17-18; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28-36
El Padre José Ramón Martínez Galdeano, S.J.
comparte su homilía del segundo Domingo de Cuaresma: "Cristo habita en mí”.
Recordemos que en Cuaresma la Iglesia nos llama a todos a mejorar a fondo la calidad de nuestra vida cristiana. Este esfuerzo no ha de limitarse a la conducta moral. Debe llegar a las fuentes mismas de la vida cristiana. Sabemos que esta fuente es Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Todo sarmiento que no está unido a mí no dará fruto”.
Como verdad no hay que dudar de que todos lo sabemos muy bien. Incluso podemos afirmar que la Iglesia lo vive así y de alguna manera también nosotros. A lo largo del año litúrgico el plato fuerte de reflexión cristiana es el texto del evangelio y la figura y palabras de Jesús y la vida de piedad tiene como culmen la Eucaristía, sacrificio, sacramento, presencia y alimento del mismo Jesús resucitado.
Lo dicho es verdad; pero no hay que olvidar lo que recordamos el domingo pasado: que el Demonio está siempre husmeando para aprovechar cualquier descuido nuestro y engañarnos por el mal camino. Diríamos que los virus del error y de la mentira flotan en el aire espiritual que respiramos, tan materialista, y circulan siempre por las venas y arterias de la Iglesia con peligro de causar graves enfermedades. Entre nosotros hay todavía engañados que, para decirlo con brevedad, creen que la Iglesia como fin fundamental no tiene el de promover la fe en Jesucristo, sino el de hacer una sociedad más justa y acabar con la pobreza del mundo. Y digo “todavía” porque la Iglesia lleva años explicando las cosas.
Claro que la acción de la Iglesia y la vida según el Evangelio traen como consecuencia resultados favorables para vida social, mejora de las costumbres, sentido del deber, honradez y predisposición para ayudar al prójimo y colaborar comunitariamente. Pero no la fundó para ello Jesucristo. La misión que Jesús le confió fue la de dar a conocer a todos los hombres que Él, el Hijo de Dios, se había hecho hombre, había muerto por sus pecados, había resucitado, les había conseguido y traído su perdón, y les quería comunicar las riquezas de su vida, haciéndolos verdaderos hijos de Dios, en este mundo y durante toda la eternidad.
Peste de la cultura de hoy es la de ideologización. Es una enfermedad muy dañina. Basta lograr una idea de por dónde van las cosas políticas y sociales, explicarse cómo va y por dónde va a ir el mundo y así prever el futuro como quien se adapta a las olas o al clima con más o menos ropa. Cristianismo reducido a código moral o mera explicación del universo. Ni una cosa ni otra.
El Cristianismo, el Reino de Dios es Cristo mismo. Se trata de una relación personal con Cristo, de alcanzar a Cristo.
Hoy se nos presenta el hecho y misterio de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Escogió a los especialmente predilectos, se les manifiesta en la oración, les abre el futuro de la Pasión y el futuro de la gloria. Los teólogos piensan que Jesús se manifestó en el Tabor para fortalecer su fe y prepararles para superar la prueba de la Pasión. De hecho San Pedro y San Juan hablan de este gran momento: “Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn 1,3). “Les hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad” (2Pe 1,16).
Todo el Antiguo Testamento (Moisés y Elías) habla de Cristo y se realiza y apunta a Cristo. Es el hijo de la mujer que aplastará la cabeza de Satán, el descendiente de Abraham con infinidad de hermanos, el nuevo Moisés y el nuevo David, el mayor de los profetas, todo apunta a Cristo, todo culmina en Cristo, todo se realiza en Cristo. Toda la revelación y la historia hay que interpretarlas desde esta perspectiva.
La Iglesia solo tiene como sentido y fin darnos a Cristo. Los sacramentos valen algo porque nos comunican la gracia de Cristo, el perdón de Cristo, la fuerza de Cristo, la vida de Cristo, a Cristo mismo.
En la carta a los Filipenses un poco antes de lo que hemos escuchado en la segunda lectura podemos leer: “Pero lo que eran para mi grandes ventajas –se refiere a su origen judío y a su prestigio por el fervor con que seguía la ley de Moisés, antes de su conversión– lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, para conocerle a él, el poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a él en su muerte tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto, pero continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo hermanos no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que está por detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (3,7-16).
Acentuemos, pues, durante esta cuaresma el deseo de encontrarnos con Cristo mismo. Él mismo está en la Eucaristía, presidiendo y ofreciendo el sacrificio por nuestros pecados. Él nos habla en la Escritura y en la palabra de la Iglesia. El mismo espera nuestro saludo y visita en el Santísimo Sacramento. El nos perdona en el sacramento de la penitencia, nos da su Espíritu, nos inspira y ayuda con su gracia para perdonar, para hacer una obra buena, una limosna, una oración.
Pidamos especialmente para que esa unidad con Cristo sea en nuestra vida algo normal. “Cristo vive en mí”, como podía decir San Pablo.


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