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PAPA Robert : LEON XIV y ESCUDO Pontificio 2025

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lunes, 21 de diciembre de 2015

Homilía del IV Domingo de Adviento 2015 - C


HOMILÍA – IV DOMINGO DE ADVIENTO
«La Visitación de María a Isabel» 
(Lc 1,39-45)

P. Carlos Cardó, SJ – Domingo 20 Dic 2015
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

El Evangelio nos habla de la visita de María a su pariente Isabel. San Lucas, que escribe a cristianos no judíos, provenientes del paganismo, quiere con este pasaje darles a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la  salvación. Para ello, hace que los personajes del relato tengan un carácter de símbolo de la relación que tiene el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento.
Por medio de María, la mujer obediente a la Palabra, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. María viene a Isabel llevando en su seno al Eterno, al esperado de las naciones. Isabel y  María se saludan, promesa y cumplimiento se besan.
Con la venida de Cristo, Salvador definitivo de la humanidad, Dios y la humanidad se encuentran. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad.
Desde otra perspectiva, se ven en el pasaje de la visitación las dos actitudes más características de María, que la hacen ser figura y madre de la Iglesia: su actitud de servicio y su actitud de fe. Dice el texto de Lucas que María “va de prisa”, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios.
María se pone en camino con prontitud; no va a comprobar las palabras del ángel, ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel. Va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida. María lleva a casa de Isabel la presencia salvífica de Jesús: “Isabel quedó llena del Espíritu Santo” y “el niño que llevaba en su seno saltó de gozo”.
“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, es el saludo de Isabel a María.  “Bendita entre las mujeres” era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, de las que hablan los libros de Jueces, c. 4, y de Judit, c.13, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos. María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3).
En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído!”. Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: “¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento¡”. “Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.
Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina” (Teilhard de Chardin). Lucas recalca aquí que María es dichosa por fiarse plenamente de Dios, actitud básica de la fe verdadera. Se valora el testimonio de una mujer creyente, “modelo”, “referente” para hombres y mujeres. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la lleva a cumplimiento. Por eso, la llena de gracia, Madre del Salvador, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.
Desde la anunciación, María vive inmersa en el misterio de Dios. En la Encarnación María inicia un camino de fe y, a partir de ahí, toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”. Abrahán, nuestro padre en la fe, creyó y esperó contra toda esperanza. María, nuestra madre, creyó y esperó contra toda apariencia. Creyó a la palabra que el ángel le había revelado: “concebirás y darás a luz…, será grande, será Hijo del Altísimo... heredará el trono de David su Padre”.
Esperó contra la apariencia: incluso al ver que el Hijo del Altísimo habría de nacer en un establo “porque no hubo para ellos lugar en la posada”. Cuando llegue la hora del parto, cuando tenga en sus brazos al fruto bendito de su vientre, todavía María continuará en el camino de fe, inmersa en el misterio de la voluntad del Padre.
La vida de María será siempre un Adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. “Conservaba todas estas cosas en su corazón”. María vive su adviento, llevando la esperanza a casa de Isabel. Nos enseña a ser “esperanza para el mundo”, a llevar la esperanza de Jesús allí donde se ha perdido incluso la capacidad de esperar.

P. Carlos Cardó, SJ
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
•SÁBADO, 19 DE DICIEMBRE DE 2015


Fuente: Parroquia de Fátima – Miraflores - Lima

martes, 1 de diciembre de 2015

Homilía del Primer domingo de Adviento - 2015



Homilía
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO 2015

YA SE ACERCA SU LIBERACIÓN
LC 21, 25-28.34-36

Hoy comienza el ADVIENTO, tiempo de preparación para la venida del Señor. Así como la cuaresma prepara la pascua de resurrección, el adviento prepara a vivir la encarnación del Hijo de Dios que se hace hombre para salvarnos. La liturgia de este tiempo nos habla de tres venidas (advientos) de Dios: en la primera, ocurrida en el pasado, el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; en la segunda, intermedia y actual, Jesucristo viene a nosotros por su palabra y por la eucaristía, y nos hace entrar en comunión con él; en la última, futura, vendrá con poder y majestad a establecer su reino, a hacer nuevas todas las cosas y llevar a plenitud su obra en el mundo. En las lecturas y oraciones de las liturgias de adviento, esas tres venidas de Dios se irán entrelazando.

El evangelio de hoy corresponde a la primera parte del llamado discurso apocalíptico de Jesús –según san Lucas- sobre el destino final de la historia. Jesús emplea imágenes semejantes a las de los últimos escritos del Antiguo Testamento, los llamados apocalípticos –concretamente el libro de Daniel–, que describían mediante símbolos la victoria final de Dios sobre las fuerzas del mal. Apocalipsis no significa desastre sino revelación de algo desconocido. Jesús, empleando un lenguaje semejante, no revela cosas extrañas y ocultas, sino que desvela el sentido profundo de la realidad presente; sus palabras quitan de nuestros ojos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen, y nos hace ver en profundidad lo que Dios nos tiene preparado para después del final de este mundo. El lenguaje apocalíptico es vivo, emplea trazos fuertes, imágenes impactantes y chocantes. Pero comparadas con lo que vemos diariamente en la prensa y en los medios de comunicación –crisis, calamidades, tragedias– las descripciones bíblicas resultan en verdad discretas y mesuradas: señales en el cielo…, angustia de la gente…, los hombres se llenan de miedo al ver esas conmociones del universo…”.

Jesús nos hace ser conscientes de que el mundo en que vivimos no es definitivo. Pero al mismo tiempo nos hace ver que no vamos hacia el “acabose” sino hacia “el fin”, es decir, hacia la disolución del mundo viejo, que dará paso al nacimiento del mundo nuevo. Más aún, Jesús nos muestra la relación que hay entre la meta final y la historia que vivimos. En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida de cada uno, se desarrolla el misterio del reino de Dios que crece hasta lograr su plenitud. Nos quedamos muchas veces en la cuestión de “cuándo” va ser el fin del mundo y cuáles serán las señales para reconocerlo. Jesús no satisface esa curiosidad. Él más bien nos enseña que el mundo tiene su origen y su fin en Dios, y nos invita a vivir el presente orientados hacia Dios.

Desde esta perspectiva, Jesús confiere esperanza al tema del fin del mundo y, en general, a todos los momentos de dificultad y de crisis que puede vivir el cristiano. Nos dice: Levántense, alcen la cabeza; ya se acerca el tiempo de su liberación. Con ello quiere infundirnos la seguridad propia de la esperanza. Para el cristiano, el final de los tiempos corresponde a la dichosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; no al día de la ira y de la venganza. Aguardar al Señor infunde aliento, consuelo y ánimo para vivir el presente con fidelidad al evangelio.

No hay nada, por tanto, más ajeno al pensamiento cristiano que el ansia y alarmismo sobre el fin del mundo. Muchas sectas suelen desarrollar sus campañas proselitistas empleando de manera inexacta y tendenciosa textos sobre el fin del mundo, con los que impresionan a la gente sencilla y la presionan para que pasen a formar parte de “los que se van a salvar”. Manipulan el sentimiento de temor a la muerte, que suele ser el vehículo de expresión de muchas frustraciones, inseguridades y carencias de la gente. Jesús, en cambio, liberándonos del miedo a la muerte, aleja de nosotros también el miedo al fin del mundo y nos hace vivir en la confianza y libertad de los hijos e hijas de Dios, cuyo amor, llevado en Jesús hasta el extremo, vence a la muerte.

Esto supuesto, no podemos dejar de decir, en fidelidad al mismo evangelio, que así como no debemos tener miedo al futuro, así tampoco podemos ser ingenuos y triunfalistas. Reconocer que este mundo en la forma que hoy tiene habrá de acabar, pues lo que ha tenido un inicio tendrá un fin, implica reconocer también que podrá acabar mal si los hombres no aceptamos el sentido y finalidad que debe tener. Por eso, para que nuestro encuentro final con el Señor sea liberación plena, realización colmada de nuestras expectativas y anhelos, la condición es vivir ya aquí y ahora en actitud de vigilancia y atención. El texto de hoy nos lo dice de manera práctica: no se puede vivir torpemente, entregados a frivolidades y excesos; hay que “procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y preocupaciones de la vida”, concretamente, por el ansia del dinero.

Así, a quienes se preguntan ansiosos cuándo va a ser el fin del mundo, el evangelio les dice cómo deben esperarlo; a quienes piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo: sirve para encaminar nuestra historia actual, personal y social, hacia la verdadera esperanza que no defrauda.

Homilía del Padre Carlos Cardo Franco sj
Domingo 29 de Noviembre 2015
Primer Domingo de Adviento

Parroquia Nuestra Señora de Fatima - Miraflores