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PAPA Robert : LEON XIV y ESCUDO Pontificio 2025

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martes, 2 de febrero de 2016

Homilía –Domingo IV del T. O.


HOMILÍA –DOMINGO IV DEL T. O.
«Jesús es rechazado en Nazaret»
(Lc 4, 21-30)

31 Ene 2016

Jesús ha iniciado su actividad pública en la sinagoga de Nazaret, pueblo en el que se ha criado, y lo ha hecho proclamando la buena noticia de la liberación ofrecida por Dios por medio de su persona y de su mensaje. Se ha presentado a sí mismo como el realizador de las promesas de Dios: “El Espíritu de Dios sobre mí, me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos”.

Muchos al oírlo quedaron admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero no llegan verdaderamente a comprender quién es Jesús porque se quedan en lo que saben de él: que es el hijo de José, el carpintero del pueblo. Por eso Jesús les interpela su falta de fe; les hace ver que no lo reconocen ni aceptan como el enviado de Dios porque se cierran en lo que pretenden saber de él y de Dios.

Ocurre entonces que las palabras de Jesús que en un primer momento les habían parecido palabras de gracia, les resultan ahora escandalosas. ¡Cómo van a ver en Jesús al enviado de Dios, si no es más que el “hijo de José”, uno más del pueblo sin ningún poder que legitime su misión salvadora! Al mismo tiempo, se resisten a creer el anuncio que les ha hecho del comienzo de una era nueva que les exige nuevas actitudes.
Conocían a Jesús demasiado para aceptar una novedad tan radical y, por otra parte, se resistían a cambiar sus propias vidas y sus costumbres de siempre. Jesús los exhorta a la conversión. Les recuerda que con su incredulidad y desconfianza están repitiendo el comportamiento de sus antepasados con los profetas Elías y Eliseo, que encontraron mejor acogida entre los paganos que entre sus oyentes del pueblo elegido de Dios. Así, Jesús sufre la suerte de los profetas, que fueron rechazados por los suyos y sólo pudieron actuar entre quienes no exigían milagros para creer, ni pretendían saber cómo debía actuar Dios.

Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio, eliminarlo. Lo empujan fuera de la ciudad e intentan despeñarlo desde el barranco del monte donde se alzaba su pueblo. Lo ven como un blasfemo y debe morir. Pero Jesús, de forma imponente, abriéndose paso entre ellos, se alejaba. La oposición de los nazarenos ha sido un adelanto del rechazo que va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. Llegará el momento en que las autoridades judías lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero aquello vendrá a su debido tiempo. Ahora la libertad soberana con que vence el furor de sus enemigos prefigura su resurrección. Jesús está por encima de la maldad humana. Jesús sigue haciendo el bien, a pesar de la malignidad del mundo.

En el plano eclesial, el texto de hoy le recuerda a la Iglesia que siempre ha habido y habrá necesariamente dentro de ella profetas movidos por el espíritu de Dios que interpelan a la sociedad y conmueven las conductas. Estos hombres y mujeres llaman también la atención de la misma Iglesia para que en sus instituciones humanas y en los hombres que la forman no tienda a acomodarse a ningún orden de cosas injusto, no se doblegue ante los poderosos, no siga otro interés que el de Jesucristo y no deje de defender los justos intereses de los más necesitados si quiere seguir siendo fiel al evangelio.
La libertad del profeta la necesita la Iglesia para denunciar las injusticias y anunciar el evangelio del amor, para invitar al cambio de conducta y pensar el futuro desde la justicia y el amor. Verdaderos ejemplos de inspiración profética los podemos apreciar en las actitudes y gestos que está demostrando el Papa Francisco para promover la renovación la Iglesia y la reforma de sus instituciones.

Mientras Jesús está lleno del Espíritu Santo, los nazarenos están llenos de ira. También esto encuentra aplicación hoy si miramos los graves conflictos que se libran en el terreno de las religiones. La mayor dureza del corazón humano, capaz de llevar a las peores violencias, es la que proviene de las pretensiones religiosas, que se expresan en conductas intolerantes, excluyentes y condenatorias, y sustentan todo tipo de fundamentalismo o sectarismo del signo que sea.

Para nosotros hoy, el mensaje de este evangelio mantiene plena vigencia. Todos nos podemos ver retratados en la sinagoga de Nazaret. Como los nazarenos, también nosotros en un primer momento acogemos con entusiasmo el mensaje del evangelio. Pero cuando comprendemos que la propuesta de Jesús nos exige cambios importantes en nuestro modo de vivir aparecen nuestras resistencias.

Por otra parte, tampoco a nosotros nos agrada que alguien nos haga ver nuestras incoherencias y deje al descubierto nuestra incredulidad... El pasaje evangélico de hoy nos invita, pues, a no repetir el error de los paisanos de Jesús: en vez de echarlo fuera, salgamos nosotros fuera de los estrechos límites en que nos encerramos y vayamos con él. Sigamos sus itinerarios imprevisibles y demos los pasos que nos proponga dar, aunque inicialmente no entren en nuestros cálculos.

P. Carlos Cardó, SJ

Párroco de la Iglesia Ntra Sra de Fatima - Miraflores

lunes, 18 de enero de 2016

HOMILÍA –DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO «Las bodas de Caná»




HOMILÍA –DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO
«Las bodas de Caná» (Jn 2, 1-12) – P. Carlos Cardó, SJ –
Domingo 17 Ene 2016

Jesús aparece como el portador de la alegría y el gozo que un día se nos dará en plenitud en el banquete del reino de Dios. La alegría es el don del Espíritu de Jesús y signo de su presencia. “Les he dicho estas cosas, dice a propósito de su mensaje, para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa”. Esta alegría festiva, componente esencial de la vida cristiana, aparece en el pasaje de las bodas de Caná: allí Jesús aporta en abundancia el vino nuevo a una fiesta de bodas que languidece por falta de vino.
El simbolismo del banquete de bodas recorre la Escritura. Dios se une con la humanidad, representada en el pueblo de Israel, por medio de una alianza semejante a la unión matrimonial. El amor del Señor por nosotros se expresa como una relación de interés, cuidado y mutua pertenencia; con sentimientos de ternura, compañía y unión que da vida.
La Biblia canta el amor de Dios y nos ofrece en el poema del Cantar de los Cantares sobre el amor entre un hombre y una mujer la más bella metáfora de la recíproca búsqueda de amor entre Dios y la humanidad. Para San Pablo, el amor matrimonial se convierte en un “gran misterio” (Ef 5,32), que remite a la unión de Cristo y su esposa la Iglesia. Y en el evangelio de San Juan y la Apocalipsis, Jesús es el Cordero inmolado que se une con su esposa la humanidad y sella su alianza con su sangre.
Se puede decir que lo que interesa al evangelista, más que el milagro en sí de la conversión del agua en vino, es la esplendidez y gratuidad del don, que resuelve nuestra incapacidad para alcanzar la alegría perfecta con los medios con que contamos. Los judíos procuraban inútilmente alcanzarla mediante el cumplimiento de la ley y de las prácticas religiosas, representadas en las seis vasijas de agua destinadas a sus ritos de purificación. Les faltaba el vino que alegra el corazón, les faltaba experimentar el amor de Dios y responder a él con la generosidad del amor, que va más allá de la ley.
Lo mismo ocurre con nosotros: nuestra vida no manifiesta muchas veces la alegría que debería tener, nuestra fiesta puede echarse a perder por la falta de vino, por el amor que nos falta. Como los judíos, Dios no ocupa el centro de nuestro interés, nos buscamos sustitutivos de su amor. Si “hacemos lo él nos diga”, Él llenará nuestras vasijas de agua con el vino nuevo, de la alegría y de la fiesta, que está reservado para el final de la vida, pero que podemos disfrutar ahora.
En Caná, según el evangelio, Jesús dio comienzo a sus signos. Las acciones que realizó son signos de lo que Él es. Así, la curación del ciego manifiesta que Jesús es luz; la multiplicación de los panes, que Jesús es alimento, y la resurrección de Lázaro, que Jesús es vida. El signo de Caná manifiesta su gloria –“Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en el” –. Ahora bien, su gloria es su amor fiel. Él es el amor de Dios entre nosotros, es el Esposo, a cuya boda estamos invitados. Por eso podemos decir que el signo de Caná nos hace ver que es en la vida ordinaria –en que las personas se casan y celebran sus fiestas– donde podemos gustar, ya desde ahora, “lo que el Señor tiene reservado para los que le aman”.
Pero no se puede entender cabalmente el signo de las bodas de Cana sin su referencia a la cruz del Señor. El texto lo hace de manera implícita introduciendo el tema de la “hora” de Jesús, que para Juan es siempre la hora de la pasión, en la que Jesús nos amó “hasta el extremo” (13,1).
Muchas otras interpretaciones pueden hacerse de Caná. El agua convertida en vino es el bautismo, que libera del pecado y hacer nacer de nuevo. La Iglesia aparece también representada en los discípulos y la madre de Jesús; la Iglesia que es la esposa a la que Cristo cuida. Se puede ver una alusión a la Eucaristía, sacramento de la alianza que Jesús sella con su sangre, dada a nosotros como bebida. Y, por supuesto, se puede ver la presencia y significado de María en la obra de salvación.
El papel de María es importante en el relato. Jesús la llama Mujer –calificativo insólito–, no la llama “madre”. Lo mismo hará en la cruz: Mujer, ahí tienes a tu Hijo (19,25-26). Entonces, cuando esté de pie junto a la cruz, recibirá de su Hijo el encargo de ser la madre de todos nosotros, representados en la figura del discípulo a quién Él tanto quería.
Desde ese lugar privilegiado que le ha sido asignado, María vela por los creyentes como auténticos hijos suyos, es madre y figura de la Iglesia. Recordemos también que el término “mujer” tiene un hondo significado en el Antiguo Testamento: designa a Israel, la mujer que ama a su esposo, la hija de Sión que escucha la palabra de Dios y ansía su cumplimiento. Todo eso es María, la Mujer.
¿Qué nos va a mí y a ti? No es un reproche de Jesús a su madre. Literariamente es un hebraísmo. Es una pregunta que no necesita respuesta, sino que mueve a reflexionar y a reafirmar el vínculo que los une. Sobre todo, mueve a la fe, de la que María dará ejemplo de inmediato, a través de su solicitud maternal. Y ella, la Mujer, la gran creyente, es la que comunica la alegre noticia de lo que la fe produce: Hagan lo que él les diga.
María nos pone con su Hijo, ese es su papel en el plan de salvación de Dios. Si escuchamos su invitación a hacer lo que Jesús nos diga, el agua de nuestra humanidad, vacía y sin alegría, se cambiará en el vino de la fiesta de Dios con nosotros.

– P. Carlos Cardó, SJ –

Párroco Iglesia Nuestra Señora de Fátima – Miraflores - Lima


Imagen:
Paolo Veronese, "Las bodas de Caná",1563
Óleo sobre lienzo (666 x 990 cm)
Louvre, París.


sábado, 21 de noviembre de 2015

22.11 - Homilía: Solemnidad "CRISTO REY" - 2015





HOMILIA «Fiesta de Cristo Rey»
(Jn 18, 33-37) – P. Carlos Cardó, SJ – Domingo 22 Nov 2015

Celebramos la fiesta de Cristo Rey. Pedimos que venga su reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

El evangelio de Juan nos presenta un momento del juicio de Jesús ante Pilato. Frente a él, Jesús demuestra aquella autoridad que causaba admiración a sus contemporáneos y que sólo de Dios le ponía venir. No responde directamente a las cuestiones que el gobernador romano le presenta, sino que expone el sentido de su realeza: la suya no es la realeza de los emperadores romanos, de contenido simplemente político; ni la que esperaban los judíos, centrada en la soberanía de Israel sobre sus enemigos. Jesús no es rey como los reyes de este mundo.

“Mi reino no es de este mundo”, dice. Pero con ello no afirma que su influencia se limita únicamente al mundo interior de las personas, sino que su reinado funciona y tiene unos intereses diametralmente distintos a la forma de ser rey que piensa Pilato. Jesús reina en el mundo transformándolo radicalmente en la verdad y la justicia, y se realiza también en las personas, cambiando los corazones.

Ya desde el comienzo de su historia, Israel reconoció a Yahvé como el único rey y señor (cf Sal 93). Toda la esperanza de Israel se fue centrando con el correr de los siglos en una acción de Dios, que cumpliría el anhelado ideal de un sociedad justa y en paz. En los momentos más dramáticos de su historia, durante el exilio en Babilonia, por ejemplo, los profetas alentaron al pueblo con la esperanza del reinado de Dios que pondría fin a toda necesidad y tribulación.  (Zac 14,6-11.16s: Aquel día brotarán aguas vivas de Jerusalén… Y el Señor reinará sobre toda la tierra. Toda esta tierra se convertirá en llanura… Jerusalén se mantendrá en alto… Habitarán en ella sin volver a ser amenazados de exterminio; vivirán seguros en Jerusalén”, cf. Sof 3,14s).

Y al final de la era del antiguo testamento, durante la dominación griega, los libros de Daniel, Sabiduría y Macabeos concibieron el reinado de Dios como ruptura con la historia antigua de desgracias y el inicio de una nueva era con entrega de la soberanía al Israel redimido (Dan 2,44s; 7,13s). A partir de entonces, la idea del reino de Dios se llenó de contenidos nacionalistas y políticos (liberación del poder extranjero, juicio contra pecadores, venganza contra los paganos) y surgieron movimientos armados contra el poder extranjero enemigo de Dios.

La venida del reino de Dios fue el tema principal de la predicación de Jesús. La presentó como como una realidad futura, que hay que pedir (Lc 11,2 par) y como algo que ya estaba actuando en el presente, en su persona y en su obra (Lc 11,20/Mt 12,28: Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes; cf. Lc 20,23s; Mt 11,5s; Mc 2,19; Lc 10,18; Mc 3,27). Nadie había proclamado esto.

Las acciones milagrosas que Jesús realiza en favor de los enfermos y de los más necesitados son signos de la llegada del reino, que restaura la creación. No hay un derrumbamiento catastrófico de este mundo, sino una restauración radical de las relaciones de los hombres con el mundo, con el prójimo y con Dios (Mt 6,25-34 par; 5,45), un nuevo orden en santidad y justicia, algo por tanto que la acción humana por sí sola no puede lograr. Hay que “recibirlo como un niño”, reconocerlo como el don y la gracia por excelencia (Mc 10,15 par; Lc 15,11-32; Mt 20,1-15).

Pero hay algo en la predicación y en la actitud de Jesús que es fundamental para entender el reino de Dios. El reino de Dios se abre paso como el amor y solicitud incondicional de Dios por los descarriados. Los judíos sabían bien que Dios perdona (Neh 9,17 – Ex 34,6s; Is 55,7; Sal 103) y que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta (Ez 18,23; 33,11-16), pero se había impuesto la idea de la venganza, y se creía en el castigo divino (cf. Is cap. 24, por ejemplo).

Jesús ignora la venganza contra los pecadores y los gentiles, rechaza la división justos-pecadores porque todos son pecadores y pueden ser objeto de la misericordia de Dios (Lc 13,1-5; cf. 10,13 par; 11,29-32 par). La salvación es ofrecida a todos (Mt 8,11 par; Mt 5,43s par), la bondad de Dios irrumpe (Mc 10,18 par; Mt 7,9-11 par) y se extiende a todos, especialmente a los pobres (Lc 6,20s; 15; Mt 20,1-15).

Jesús hizo presente esa bondad de Dios mediante su propia vida en favor de los demás (Lc 6,20 par; Mt 11,5 par; 25,31-45). La solicitud perdonadora de Dios para con los perdidos, se pone de manifiesto –para escándalo de muchos– en el gesto de Jesús de sentarse a la mesa con ellos como anticipo de la alegría del reino (Mc 2,15.17; Mt 11,19; Lc 7,36-50; 15,1s; 19,1-10). Esa bondad de Dios escandaliza a los piadosos, que hacían depender el perdón y salvación de acciones humanas previas (conversión, Ley) y se creían aparte de los pecadores.

En la fiesta de Cristo Rey sentimos la invitación a acoger el don del amor que Dios nos ofrece para reinar en nuestros corazones. Sentimos también el envío que Él nos hace a construir en esta tierra, que Dios nos ha confiado, un hogar para todos.

Sabemos que la transformación de la sociedad como fruto de nuestros esfuerzos no equivale a la  salvación plena que Cristo nos promete, pero reconocemos -con el Vaticano II- que “todo lo que contribuye a ordenar mejor la sociedad humana, interesa muchísimo al reino de Dios. El reino ya está presente en esta tierra, pero cuando el Señor vendrá, entonces será consumado”.



Face: Parroquia de Fátima - Miraflores

Preparémonos porque:
UN NIÑO VA A NACER