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sábado, 20 de febrero de 2016

Homilía del II Domingo de Cuaresma 2016


HOMILÍA – II DOMINGO DE CUARESMA
 «La Transfiguración»
 (Lc 9, 28-36)  
– 21 Feb 2016

La hora de la pasión se acercaba y en ese momento, tan crucial para Jesús y sus discípulos, el Padre va a decir su palabra y revelar quién es realmente Jesús. Tanto Jesús como los suyos, para poder enfrentar el drama de la pasión, necesitan la luz que es el mismo Dios, y que de Él proviene; luz que proclamamos hoy en el Salmo responsorial: 
“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 27,1).

¿Qué ocurrió en la transfiguración? Los discípulos, de forma inesperada, vieron que se les revelaba una indescriptible dimensión oculta de Jesús. Su persona apareció brillante, resplandeciente, fulgurante. Y no encontraron palabras para expresar lo que allí experimentaron, sólo atinaron a decir que, “mientras Jesús oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de un blanco resplandeciente. El encuentro con Dios lo transfigura y hace que se manifieste al exterior la más honda verdad de su persona: Jesús es el Hijo amado del Padre. El encuentro con Dios desborda la persona y se manifiesta de forma luminosa.
Aquella experiencia sirvió, pues, para resaltar la verdadera identidad de Jesús: fue una revelación de su gloria, del resplandor de su ser divino. Al mismo tiempo, los apóstoles ven que la Ley, representada en la figura de Moisés allí presente, quedaba superada en la nueva alianza de Dios con los hombres, que el Hijo de Dios venía a establecer, y que todo lo anunciado por los profetas, allí representados por Elías, hallaba su cumplimiento pleno en Jesús.
Esta manifestación de la gloria divina en la persona de Jesús es muy diferente a las manifestaciones de Dios (teofanías) del Antiguo Testamento, que acontecían también en el monte, en la nube, en la luz… En ellas, Dios aparecía bajo la forma o con signos humanos, aquí, en cambio, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece a la luz de Dios. Ya no es Dios que desciende, sino la humanidad que asciende y participa de la gloria de Dios.
Al mismo tiempo, la transfiguración sirvió para fortalecer la fe de los seguidores de Jesús, representados en los tres discípulos más cercanos a Jesús; son los mismos tres que “tomará consigo” en el momento dramático de su agonía en el huerto de los olivos (Mc 14,32-43). Ellos, los que serán testigos de aquella angustia mortal que le hará sudar gotas de sangre, son ahora también testigos de una vivencia deslumbrante: la vivencia de su gloria de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14).
Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que aquel Jesús que vieron clavado en una cruz era el mismo Jesús que habían visto en el monte revestido de luz y reconocido por el mismo Dios como su Hijo elegido. La gloria que entonces vieron en su rostro transfigurado, será la gloria que, brillando con todo su esplendor, convertirá la cruz en el trono del Resucitado, desde el cual como Señor ensalzado juzga al mundo.
Hubo un momento en que Jesús comprendió con toda claridad que su obra salvadora no podía desarrollarse por métodos espectaculares sino por el camino de la cruz. Jesús libremente, en obediencia al Padre, identificó su misión redentora con la del Siervo de Dios, manso y humilde de corazón, que ama tanto a sus hermanos hasta sufrir con ellos y por ellos, y dar su vida por su salvación.
Los discípulos entendieron esto después de la Pascua cuando, junto con reconocer que el Crucificado era el Señor glorioso de la transfiguración, comprendieron también que lo extraordinario de su tarea –que el discípulo está llamado a continuar– consiste en la aceptación de lo ordinario, de la realidad muchas veces dura y dolorosa, que es donde se libra la lucha entre la fe y la increencia, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.
Pedro siente la tentación de quedarse en lo extraordinario, en el monte de la transfiguración, y no seguir adelante en el camino que lleva a Jerusalén, al monte del calvario. Quiere prolongar la visión y prolongar el gozo, por eso su propuesta ingenua y egoísta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres chozas…Pero, comenta Lucas, Pedro no sabía lo que decía.
En efecto, lo decisivo para Jesús y para el discípulo no se limita a lo que acontece en el monte, sino que debe prolongarse a lo que sucede después en la vida de cada día, que es donde uno ha de demostrar su fidelidad al camino trazado y al cumplimiento de la voluntad divina. No podemos esperar que nuestra vocación cristiana se acredite por medio de gestos extraordinarios y vistosos; su grandeza reside en el testimonio continuo que damos de una vida entregada, a través de la cual acogemos y correspondemos a la gracia que el Señor nos da aquí y ahora en nuestra vida normal. Así lo hizo Jesús y así lo fueron entendiendo sus primeros testigos.
El tiempo de Cuaresma que estamos viviendo es tiempo propicio para subir con el Señor al monte, lugar de encuentro con Dios. Subir al monte con el Señor es darle un espacio real a Dios en nuestra vida. Como los grandes creyentes de todos los tiempos, desde Abraham y Moisés, el encuentro con Dios transformará nuestra vida. Contemplar a Cristo nos hace, como dice san Pablo, reflejar como en un espejo la gloria del Señor y a transformarnos en esa imagen cada vez más gloriosa (2 Cor 3,7-16); nuestra vida se transfigura, podemos decir.
Jesús, que en ningún momento dejaba de estar en unión con Dios su Padre, se reservaba tiempos especiales para tratar con Él. Su ejemplo nos mueve a preguntarnos si sabemos nosotros también reservarnos tiempos y espacios para entrar en lo profundo de nosotros mismos, conocer el sentido de nuestra vida y dejarnos encontrar por Dios. Contemplar a Jesús orando en el monte con sus apóstoles nos hace revisar en esta Cuaresma qué lugar le asignamos a Dios en nuestra vida, qué importancia le damos a la oración en el conjunto de nuestras actividades.


P. Carlos Cardó, SJ
Párroco
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA


Foto: Basílica de la Transfiguración- Monte Tabor

Monte Tabor