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viernes, 6 de enero de 2012

Las balas del Niño Dios segun el tradicionalista Ricardo Palma




Las balas del Niño Dios
(Al señor general D. Juan Buendía)

He aquí, mi general y amigo, una tradición en la cual dos vivos son los protagonistas: usted y el cura L...
No se ofenda usted porque a guisa de antigualla ha caído bajo el dominio de mi pluma, dada a sacar a luz historias rancias. Trátase de una bella página en la vida de usted, página que ojalá, en el porvenir de nuestra patria, encuentre muchos plagiarios. A Dios gracias, no es usted siquiera ministro o candidato a más sabrosos bocados: está usted arrinconado en la sacristía como efigie de santo después de la procesión. Puedo, pues, dedicarle este relato sin correr peligro de que digan que lo adulo y lisonjeo, yo que nunca cometí el feo pecado de dedicar prosa ni verso a los que están peldaño arriba en la escalera política. A lo sumo dirán que he cogido el plumero para limpiar del santo polvo y telarañas. Si lo dicen que lo digan, que con ello ni nos dan ni nos quitan.
Esto va, pites, de amigo a amigo. Y para dedicatoria suficit.

I
Después del desastre de Ingavi, el general Magariños, al mando de la segunda división del ejército boliviano, se apoderó de Tacna, en diciembre de 1841, sin resistencia del inerme vecindario. Inmediatamente hizo marchar sobre Tarapacá una columna de cien soldados a órdenes del coronel D. José María García y del comandante D. Luis Mostajo.
Llegados los invasores a Chamisa el 1.º de enero, dispuso el coronel García que el teniente D. Hilario Ortiz entrase de incógnito en Tarapacá; y para que en caso de ser descubierto pudiera asumir carácter de parlamentario, lo proveyó de un pliego en el cual se intimaba a la autoridad peruana la rendición de la provincia.
El subprefecto de Taracapá D. Calixto Gutiérrez de La-Fuente sorprendió al espía y lo puso preso, contestando a García por una nota que protestaba contra la invasión; que abandonaba la capital por encontrarse sin elementos para resistir (pues entre todos los vecinos no había podido reunir más armas que tres pistolas, dos sables y cinco escopetas), y que se llevaba prisionero al teniente Ortiz, quien no se había presentado con las formalidades de parlamentario.
El coronel García tomó posesión de Tarapacá el 3 de enero, convirtió la casa del Cabildo en cuartel y dirigió a los tarapaqueños una proclamita notable por la cortedad, pues toda ella se reducía a esta originalísima frase: «Los bolivianos traemos en una mano la paz y en la otra el olivo». Por lo visto su señoría no era hombre fuerte en antítesis ni metáforas, salvo que se nos diga lo que en la Biblia para aclarar los conceptos obscuros: y en esto hay sentido que tiene sabiduría, explicación con la que se queda uno tan en tinieblas como antes.
En seguida dirigió otro oficio a La-Fuente, que a revienta- caballo se había encaminado a Iquique, oficio que con otros comprobantes de este relato histórico encontramos impreso en El Peruano, periódico oficial de Lima correspondiente al 22 de enero de 1842.
Decía así el coronel: «Seguramente está usted creyendo que soy un recluta ignorante de mis deberes, pues me dice en su nota que el oficial Ortiz no fue con las formalidades correspondientes a un parlamentario. Dígame usted, señor mío, ¿qué ejército tiene o qué batalla va a presentarme para exigirme formalidades? Si en contestación a ésta no me manda usted al teniente Ortiz, yo en represalia enviaré a mi república familias enteras de las más notables que tenga la provincia. Y no le digo a usted más».
Poco y al alma. Esto era hablar crudo, como carne en mesa de inglés y clarito como agua de arroyuelo.
Pero en mala madriguera se había metido el coronel boliviano. ¡En Tarapacá! ¡En la cuna de los mariscales Castilla y La-Fuente! ¡Precisamente en el único pueblo del Perú que no se asustó con la vitalicia de Bolívar y que tuvo bríos para protestar contra ella! ¡Digo, si tendrán colmillos los tarapaqueños!
¡Y venirles en 1842 con amenazas un coronelito del codo a la mano!

II
En la noche del 2 de enero llegó a Iquique D. Calixto de La-Fuente y conferenció con el sargento mayor D. Juan Buendía sobre lo crítico de la situación.
Buendía, soldado audaz y entusiasta, opinó que era preciso combatir para que los bolivianos no se la llevasen tan de bóbilis-bóbilis; y tres días después, el 5 de enero, púsose en marcha sobre Tarapacá acompañado de veintidós mozos del pueblo, armados con escopetas, fusiles y lanzas.
La empresa era de locos.
En el trayecto hasta la capital de la provincia se les unieron seis paisanos más, uno de los cuales, llamado Mariano Ríos, llevaba por única arma una corneta.
A las once de la noche del 6 de enero el grupo de combatientes organizado por Buendía llegaba sigilosamente a la esquina de la casa del Cabildo, y con toda cautela para no ser sentidos por el enemigo improvisaban en la bocacalle una barricada con los muebles de un vecino.
Pocos minutos después, el corneta Mariano Ríos empezó a tocar ataque y degüello y los expedicionarios rompieron el fuego.
El jefe boliviano, a quien la densidad de la noche no permitía darse cuenta del número y condición de los que atacaban, creyó prudente en cerrarse en Cabildo y que la tropa, parapetada tras de las ventanas, contestase el tiroteo.
Entretanto, al estruendoso resonar de la corneta despertaron los vecinos, y gritando «¡viva el Perú!», corrieron a engrosar las filas del arrogante mayor Buendía.
Una hora después eran poco más de treinta los fusiles y escopetas que hacían fuego sobre los cien soldados del coronel García. A las cuatro de la mañana la victoria pareció inclinarse a favor de los bolivianos, pues los disparos de sus adversarios disminuían y la corneta había cesado de resonar.
El músico acababa de caer muerto y a los asaltantes se les iba agotando el número de cartuchos a bala. Tenían algunos tarros de pólvora, pero ni una libra de plomo para fundir proyectiles.
Media hora más de combate y... después de ella la fuga. ¡Lindo por venir!
El bravo mayor Buendía se encontraba en la misma tremenda situación de Ricardo III cuando dijo: «¡Mi reino por un caballo!»
Para Buendía algunas libras de plomo valían más que un reino, eran la dignidad nacional salvada, eran su nombre de soldado y sus juveniles aspiraciones de gloria.
¡Plomo! ¡Plomo! ¿De dónde conseguirlo? En Tarapacá no había siquiera tubos de cañería.
Buendía comenzaba a desesperar. Tenía en perspectiva la derrota y acaso la insegura condición del prisionero.
De pronto un joven eclesiástico, hijo de Tarapacá, que vagaba entre los combatientes auxiliando a los heridos y moribundos, se acercó y le dijo:
-No hay que desmayar; voy a traer plomo.
Y entrando en su habitación se detuvo ante un retablo que representaba el divino misterio de Belén.
Téngase presente que esto pasaba en la noche del 6 de enero, día de la Adoración de los Reyes Magos.
El devoto clérigo tenía en su casa un precioso nacimiento... y el Niño Jesús era... de plomo.
Vivo está (y aún creemos que con residencia en Lima) el sacerdote que en aras de la patria supo hacer el sacrificio de sus escrúpulos y sentimientos religiosos.
Gracias a él los peruanos tuvieron balas para continuar el combate a la luz del sol.
Aquellas balas hicieron maravillas sobre la tropa enemiga.
Háganse ustedes cargo... ¡Eran balas del Niño Dios!
A las seis de la mañana el coronel García cayó mortalmente herido, y llamando a su segundo le dijo:
-Comandante Mostajo, bátase hasta quemar el último cartucho.
-Muera usted tranquilo, mi coronel, que el honor militar quedará a salvo.
Y a las siete de la mañana, agotadas ya sus municiones, aquellos valientes soldados de Bolivia se rindieron a discreción.
-¡Hurra por los vencidos y por los vencedores!
La victoria premió la audacia del mayor Buendía y el patriótico entusiasmo de los tarapaqueños, que casi sin armas ni organización, se lanzaron contra una aguerrida columna militar.

Tradiciones Peruanas de don Ricardo Palma

domingo, 11 de diciembre de 2011

El Principe del Libano - Breve nota a una tradicion




198 NOTAS BICC, XVIII, 1963
DON RICARDO PALMA Y EL PRINCIPE DEL LÍBANO
(Breve nota a una Tradición).
Homenaje al Prof. José Manuel Rivas Sacconi.

En 1960 di noticias de un curioso manuscrito hallado en los fondos
del Archivo Histórico del Ministerio de Hacienda del Perú. Se trataba
de un memorial inédito firmado por don Elias Chei (sic) Chedid
Kasen, titulado "Príncipe del Monte Líbano", el cual con fecha I9 de
septiembre de 1751 solicitaba autorización del Cabildo de Arequipa
(Perú) para pedir limosna públicamente con el objeto de recabar
fondos destinados a pagar rescate por su familia cautiva de los turcos *.
En aquella ocasión me referí al manuscrito como pieza simplemente
curiosa.
Sin embargo, hace poco tiempo mi distinguido amigo el Profesor
Enrique Carrión Ordóñez, de la Universidad Católica de Lima,
amablemente me comunica que tal descubrimiento se relaciona íntimamente
con la obra de don Ricardo Palma, una de cuyas Tradiciones,
la denominada El príncipe del Líbano (1765), ha recogido las aventuras
limeñas de este pretenso noble árabe cristiano, añadiéndole
noticias, quizá verosímiles, sobre el mencionado personaje.
En efecto: el ilustre tradicionista al hablar de Elias Aben Sedid
(como él mismo lo llama) lo describe como "un turco de casi seis
pies de alto, robusto y gallardo mozo...". Dice, además, que "sus
papeles parecían tan en regla, que a nadie se le ocurrió desconocerle
el principado...". Agrega que el Sultán de Turquía pedía "cien mil
pesos ensayados" por el rescate, dinero que fue casi totalmente reunido
en pocos meses. Por último, entre otras noticias, consigna las siguientes:
Elias Aben Sedid, durante su estadía en Lima, fue huésped del
Convento de San Francisco donde hubo de ser atendido conforme
a su rango. Metido en escabrosa aventura de faldas, el Virrey Amat
lo expulsó del Perú, siendo embarcado rumbo a España. Entre otra
de las causas de la desgracia de este personaje, se menciona una carta
del superior de los jesuitas de Moquegua, en la cual carta se ponía
en seria duda la verdadera identidad del supuesto noble 2.
Esto, pues, me invita a formular algunas nuevas consideraciones
sobre dicho manuscrito en relación con la tradición mencionada.

1 Vid. R. GUEVARA BAZÁN, El Islam y el Perú virreinal, en Publicaciones
del Archivo Histórico del Ministerio de Hacienda y Comercio (Lima), núm. 2
(1960), págs. 18-19.
2 RICARDO PALMA, Tradiciones peruanas completas, Madrid, Ed. Aguilar, 1953,
págs. 635-636.
---------------------------------------------------
BICC, XVIII, 1963 NOTAS 199
Ante todo es necesario referirnos a la cronología.
El memorial que he publicado tiene fecha en Arequipa, a I9 de
septiembre de 1751. La recomendación que dirige el Cabildo de
Arequipa, haciendo hincapié en las calidades de Elias Chei Chedid
Kasen, habla de la "larga peregrinación" de éste. Palma señala la
estadía del príncipe en Lima en 1765, durante el virreinato de Amat
y afirma que, con anterioridad a ese año, había visitado "el Cuzco
y las principales ciudades del sur...".
Es decir, entre la visita a Arequipa y la estadía en Lima, hay un
espacio de catorce años. Durante este lapso pueden datarse los viajes
a Arequipa, Cuzco y "otras ciudades del sur".
Obsérvese, por otro lado, que ya desde 1751 el manuscrito habla
de una l a r g a p e r e g r i n a c i ó n .
En suma: el fondo histórico de la tradición de Palma es confirmado
por nuestro documento, cuyo estudio eurístico no deja lugar a dudas
en cuanto a su antigüedad y autenticidad.
Quizá noticias más pormenorizadas sobre el peregrino personaje
podrían hallarse en los legajos de Papeles Varios de la Biblioteca
Nacional de Lima, fuente la más rica para estudiar hechos y acontecimientos
que inspiraron al autor de las Tradiciones. Del mismo modo,
el Archivo del Convento de San Francisco de Lima en sus viejos
plúteos quizá guarde la huella de este árabe legendario que pasó por
la Ciudad de los Reyes.

RAFAEL GUEVARA BAZÁN.
Instituto Peruano de Altos Estudios Islámicos, Lima.

THESAURUS. Tomo XVIII. Núm. 1 (1963). Rafael GUEVARA BAZÁN. Don Ricardo Palma y ...

Tradiciones Peruanas - El Principe del Líbano de Ricardo Palma




El príncipe del Líbano
Tradiciones peruanas de Ricardo Palma

Por los años de 1765 apareciose en Lima, después de haber visitado el Cuzco y las principales ciudades del Sur, un caballero muy cargado de títulos, cruces, condecoraciones y cintajos. Llamábase D., Elías Aben-Sedid, príncipe del Líbano. Era un turco de casi seis pies de altura, robusto y gallardo mozo, y que, a pesar de su nacionalidad, no profesaba la ley de Mahoma, sino la de Cristo. Sus papeles parecían tan en regla que a nadie se le ocurrió desconocerle el principado, sin embargo de que el motivo que lo traía por estas Américas era para despertar sospechas.
Contaba su alteza que el Gran Turco lo había despojado de sus Estados y tomádolo prisioneros a sus hermanos, por cuya libertad el sultán de la Gran Puerta, que dicen que es una puerta más alta que la torre de Santo Domingo, le pedía un rescate de cien mil pesos ensayados.
La crédula gente de mi tierra se dejó embaucar y en pocos meses reunió el farsante la cuarta parte de la suma; y acaso habría alcanzado a redondearla si el diablo, en forma de una limeña, no hubiera metido la patita.
Nuestro príncipe era huésped de los padres franciscanos, que creyeron de su deber tratarlo a cuerpo de príncipe, rodeándolo de comodidades y prodigándole todo linaje de consideraciones y agasajos.
Como su alteza no vestía hábito monacal, sino traje de currutaco, frecuentaba la sociedad aristocrática; y tanto que, acordándose de que era musulmán, se le despertó el apetito por las muchachas, enamorándose a la vez como lo que era, es decir, como un turco, de dos huríes limeñas y empeñando a ambas palabra de hacerlas princesas. Yo no sé si las chicas aflojarían prenda; pero a la larga llegó a descubrirse el doble enredo, y una de las burladas, que sus motivos tendría para poner en duda la autenticidad del título, se apoderó mañosamente de Antoñuelo, que era un griego criado de D. Elías, su compañero de peregrinación y cómplice de trapacería.
Encerrolo la dama en el corral de su casa y le amenazó con darle por mano de cuatro negros más azotes que los que dieron los judíos al Redentor. Antoñuelo vio que la cosa iba de veras y declaró picardía y media.
Antes que tal ocurriese, ya el virrey traía clavado entre ceja y ceja al príncipe; pues el superior de los jesuitas de Moquegua había escrito a su excelencia, comunicándole que él abrigaba cierto recelillo de que aquel señorón era un pillastre forrado de caballero.
Una noche Miquita Villegas recibió la visita de una dama tapada que puso en sus manos, para que la entregara al virrey, la confesión firmada por Antoñuelo. Cuando Amat fue después de las nueve a cenar, como acostumbraba, con su querida, ésta le dijo:
-¿Y qué hay de nuevo, Manuel?
-Nada, hija mía. Te repetiré lo que dice el refrán limeño:
«El ojo del puente, el baratillo y el pan como se estaban están».
La Perricholi sonrió y contestó a su amante:
-Pues entonces, yo que no tengo la obligación de saber lo que pasa en Lima, pues no ejerzo cargo por su majestad, sé más que su virrey... y cosa grave... gravísima ¡plusquam gravissima!
-¡Demonio! Habla, paloma, habla.
-¿Qué apostamos a que no recuerdas que a fin del mes es mi santo?
-Sí, mujer, sí... ¡Para que yo lo olvide! Como que ya he apalabrado, en cien onzas, unas arracadas de brillantes con perlas de Panamá, tamañas como garbanzos. Pero ¿qué tiene que ver tu santo con la noticia?
-Mucho, señor mío; porque yo no doy noticias gordas sin promesa de alboroque. Toma y lee.
Amat se ajustó las antiparras y leyó y volvió a leer, para sí, la declaración del griego. Luego se puso de pie y empezó a pasearse declamando estos versos de una comedia antigua:

«¿Esas tenemos, Mencía?
¡Tan estupendo desliz,
bien me daba en la nariz
olor a barraganía!»

En seguida dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo, dio un beso a la Perricholi y... no sé más. Al otro día, a las diez de la mañana, Amat, acompañado de su secretario Martiarena, atravesaba la portería de San Francisco y entraba sin ceremonia en la celda del padre guardián, mientras Martiarena se dirigía a otro claustro en busca del príncipe del Líbano.
-¡Valiente pillo tenía su reverencia en casa, padre guardián! -exclamó el virrey al estrechar la mano de su amigo el superior de los franciscanos, y lo puso al corriente de lo que ocurría.
Su excelencia permaneció dos horas encerrado con el embaucador, y sólo Dios sabe las revelaciones que éste le haría.
A las cuatro de la tarde, en una calesa con las cortinillas corridas y con la respectiva escolta, fue conducido al Callao el falso príncipe del Líbano y embarcado para España bajo partida de registro.


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