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lunes, 16 de junio de 2014

Homilia del Domingo de la Santísima Trinidad - 2014


Domingo de la Santísima Trinidad 

15 JUNIO 2014


Juan 3, 16-18
Como continuando la contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el afán de mantenernos en un clima de alegría de Pascua, la liturgia nos trae este domingo la celebración de la Santísima Trinidad. Es la plenitud de la revelación de Dios. Esta revelación de Dios tiene su comienzo al abrirse las primeras páginas de la Sagrada Escritura; allí ya se nos manifestaba Dios en todo su esplendor creador; y se iba mostrando progresivamente como libertador, como amigo. La revelación continuaba y llegó a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es el cariño de Dios que quiere decirles a sus hijos cómo es El, para que lo conozcamos y lo amemos más. La Biblia es el libro en que Dios nos cuenta cómo es. Y en la revelación de su Misterio Trinitario llega a descubrir lo más íntimo de su ser.  Son todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento los que contienen esta afirmación (cf. Mt 28, 19, entre otros).

Y nosotros, somos buscadores inquietos de la verdad, y para lograr asir las verdades con nuestra mente nos valemos de conceptos y de palabras; y la Verdad más elevada se nos oculta misteriosamente detrás de las palabras con que el Señor nos la revela. La misma ciencia de la teología, en su intento por llegar a entender esta realidad (¡qué pretensión!), no llega tampoco muy lejos y queda fatigada por conceptos abstractos en la búsqueda.

La Teología llega a fórmulas útiles, pero insuficientes y oscuras. Decimos que Dios es una esencia única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Y decimos que el Padre engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como El. Y hay un Padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no es posterior a ellos.

Qué pobres nos resultan nuestras palabras. Parecen instrumentos rígidos, esquemáticos y sin color, cuando con ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras son tan torpes. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos acercamos a la Sublime Revelación, son como señales que nos piden que sobrepasemos lo inteligible, para que nos acerquemos desnudos de conceptos al Abismo de Dios. Y entonces le damos al corazón el puesto de la inteligencia para que nos adentre en el conocimiento de Dios; hacemos que el corazón con su capacidad intuitiva dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.

Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas palabras tan torpes nos han acercado al centro de la realidad y detrás de ellas aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y Belleza, y Verdad. Y ahí nos embarcamos en el riesgo de la fe, que se deja llevar, que se aventura en sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de un infante.

Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento humano no queda prisionero en su aventura del conocer por el horizonte pequeño de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. Dios mismo nos abre la gran ventana de su intimidad. La Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como indigentes, con palabras que resultan completamente torpes, para conducirnos al Misterio de lo Sublime, pero que nos sirven de punto de partida para dar un salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras, sin razones, sin lógica, cuando la Realidad más plena se nos presenta y Dios nos dice cómo es El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad, y gozar con aquello que no alcanzamos ni a sospechar.




domingo, 3 de junio de 2012

03.06 Homilia Domingo de Santisima Trinidad en VII Jornada Mundial de la Familia en Milan por Papa Benedicto VII - 2012

DOMINGO, 3 DE JUNIO 2012


Homilia Solemnidad de la Santisima Trinidad
Por Su Santidad Benedicto VII

Celebración Eucaristica en el VII Encuentro Mundial de las Familias - Milan 2012
10:00 "Milano Parco Nord – Aeroporto di Bresso":
Venerados hermanos, Ilustres autoridades,
Queridos hermanos y hermanas

Es un gran momento de alegría y comunión el que vivimos esta mañana, con la celebración del sacrificio eucarístico. Una gran asamblea, reunida con el Sucesor de Pedro, formada por fieles de muchas naciones. Es una imagen expresiva de la Iglesia, una y universal, fundada por Cristo y fruto de aquella misión que, como hemos escuchado en el evangelio, Jesús confió a sus apóstoles: Ir y hacer discípulos a todos los pueblos, «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19).

Saludo con afecto y reconocimiento al Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán, y al Cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, artífices principales de este VII Encuentro Mundial de las Familias, así como a sus colaboradores, a los obispos auxiliares de Milán y a los demás obispos.

Saludo con alegría a todas las autoridades presentes. Mi abrazo cordial va dirigido sobre todo a vosotras, queridas familias. Gracias por vuestra participación.

En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos ha recordado que en el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo, que nos une a Cristo como hermanos y como hijos nos relaciona con el Padre, de tal manera que podemos gritar: «¡Abba, Padre!» (cf. Rm 8, 15.17). En aquel momento se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial; hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios, «sacrarium Trinitatis», según la define san Ambrosio, pueblo que, como dice el Concilio Vaticano II, aparece «unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Const. Lumen gentium, 4).

La solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, que celebramos hoy, nos invita a contemplar ese misterio, pero nos impulsa también al compromiso de vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad.

Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores. En una palabra, se nos ha confiado la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por «irradiación», con la fuerza del amor vivido.

La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: "Creced, multiplicaos"» (Gn 1, 27-28).

Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de Dios.

*
Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación.

Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en las debilidades. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor. El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento.

Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro «sí», también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret.

Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exh. ap. Familiaris consortio, 49).

Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1,27-28; 2,15). En esta indicación podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador.

Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad más justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.

Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2,2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa.

Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.

Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a él y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea "todo para todos" (1 Co 15,28)» (Enc. Deus caritas est, 18). Amén.

PP Benedistus VII

  [00752-04.01] [Texto original: Italiano]

  http://www.radiomaria.es/ y RV

sábado, 2 de junio de 2012

Homilia al Domingo de la Santisima Trinidad 2012

Yo estoy con vosotros todos los días... 

FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
Escrito por el Padre Javier San Martin SJ
Comentarios a la Liturgia de los Domingos




Las citas con Dios son citas de amor

San Mateo 28, 16 al 20.

Domingo 3 de JUNIO 2012



Fiesta de la Santísima Trinidad:
* Estimados amigos, bienvenidos a nuestra cita dominical,
* Que la paz del Señor sea con todos Uds.

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Hoy la Iglesia celebra la FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, fecha central del calendario litúrgico, que nos invita contemplar el profundo misterio de un Dios en tres personas distintas.



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San Mateo en el capítulo 15 dice que "Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado".

Iban para tener un encuentro con el maestro después de la Resurrección. Un encuentro de amigos, y todo encuentro de amistad, como todo encuentro sobrenatural, tiene un lugar y un tiempo determinados. Recordemos a los pastorcitos de Fátima a quienes la Virgen les pidió que acudieran a un lugar preciso y en una fecha determinada. Lo mismo a Santa Bernardita Soubirous en Lourdes, al Indio Juan Diego en México. El lugar y la fecha es importante para la revelación de Dios ¿Por qué?

Porque estos encuentros son como una cita de amor entre personas que se aman. Citas en las que tanto el lugar como la hora se determinan bien. Y una de las citas de amistad más importantes de la historia, es la que se realizaba aquel día, cuando el Señor Jesús confió a sus discípulos, ahora sus amigos, la misión que atravesaría la historia de la humanidad hasta el final de los tiempos. "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra, les dijo. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y sepan que yo estoy con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Los discípulos, al escuchar estas palabras, intuyeron su gran trascendencia y vislumbraron a través de Jesús, el misterio de Dios. Y el lugar y la hora de aquella cita quedaron inolvidables.

Las citas con Dios son como en las citas de amor, en las que el dónde y el cuando resultan muy importantes. Son voluntades libres las que acuden al encuentro, movidas por la fascinación del otro. Aquí nada es obligado ni forzado. Sin embargo, es interesante notar que quien determina el lugar y el cuando es Jesús. De igual modo que la Virgen determinó el lugar y el cuando de los encuentros con Santa Bernardita, en Lourdes, y con los pastorcitos en Fátima. Es por eso que ahora, aplicando este circunstancia a nuestra vida personal surge una pregunta: ¿sé yo a donde quiere el Señor que vaya, y cuando, para encontrarme con El?

Cuántas veces podemos pensar que los encuentros con Dios se realizan en los lugares y momentos que nosotros determinamos. Yo quiero que el Señor se haga presente en tal ocasión, en tal lugar, en tal circunstancia, para hacer tal y tal cosa. ¡Qué hermoso sería!, pero no es así. No somos nosotros quienes manejamos a Dios, sino que es la sabiduría de Dios la que indica el camino que debemos seguir y cuándo debemos realizar las cosas. Si hoy nos unimos al grupo de los discípulos que van a la cita en Galilea, podremos comprender mejor la manera cómo Dios se quiere hacer presente en nuestras vidas. ¿Estas dispuesto a unirte al grupo de los discípulos para ir con ellos a la cita con El Señor Jesús? Esto significa dejar ocupaciones y compromisos diarios, supone desarraigarse de lo que tengo entre manos y, especialmente, supone tener la fascinación de la persona a quien voy a encontrar, a quien amo, a quien considero indispensable en mi vida.

Ir a la cita con Jesús supone sentir una atracción por El. Es por eso, que hoy surge una pregunta que no puedo eludir: ¿quiero ir yo a la cita con Jesús? ¿Se dónde se realizará dicha cita? ¿Qué sentimientos me produce el pensar que debo ir para encontrarme con El? ¿Ilusión, desgano, aburrimiento, entusiasmo? La respuesta sincera a estas preguntas pondrá de manifiesto la verdad de mi vida espiritual, de mi relación profunda con el maestro de Nazaret. Si ni siquiera se que hay una cita, si ni siquiera siento el deseo de saber dónde y cuándo puedo encontrar al Señor, entonces, no cabe duda, que estoy muy lejos de la fascinación por el maestro que vivieron los primeros discípulos. Tal vez, ni siquiera me interesa tener un encuentro con Jesús. Los pastorcitos en Fátima o Bernardita en Lourdes, sentían una obligación de amor para con la virgen, y no se les pasaba por la mente el faltar a ni una las citas. Las citas de amor, son inamovibles y se esperan con ilusión.
Es por eso, que hoy me pregunto, ¿voy a asistir a la cita contigo? ¿se dónde es? Se que tú, Señor, vas a estar en el lugar y en el tiempo que tu me dirás al corazón. No quiero que tu vengas a mi vida, a mi problemática, sino que quiero estar atenta para ir a donde tú quieras y cuando quieras. Quiero tener un corazón dispuesto para asistir a una cita con Dios, a hacer lo que tú me digas. Gracias Señor porque hoy nos has llamado a Galilea para enviarnos a predicar. Haz que no seamos ni flojos ni perezosos, que no vayamos a llegar tarde a la cita de amor contigo. Gracias Señor por invitarnos, por pensar en nosotros, por pronunciar nuestro nombre.


Y ahora viene lo más importante

Bien amigos, así terminamos esta breve reflexión dominical. Pero ahora viene lo más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús.
Toma pues, este bello texto en tus manos y escucha a través de él, lo que el Señor te esta diciendo: San Mateo, Capítulo 28, versos 16 al 20.
Cecilia Mutual, y el Padre Javier San Martín SJ agradecemos muy sinceramente tu presencia, y nos despedimos hasta el próximo domingo.

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/.

sábado, 18 de junio de 2011

Homilia de la Santisima Trinidad

No necesitamos REMEDIOS, necesitamos que REME DIOS


DIOS ES AMOR
Escrito por: Padre Javier San Martín sj
COMENTARIO A LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, ciclo A
San Juan 3, 16 al 18.
19 de junio, 2011


¡Hola amigos! Qué alegría estar nuevamente juntos para celebrar el día del Señor.
Hoy celebramos la fiesta de La Santísima Trinidad, un solo Dios en tres Personas distintas. Un misterio que la tradición popular celebra con alegres cantos, aceptando la limitación de la inteligencia humana para comprenderlo.




Ya San Pablo exhortaba a los fieles a saludarse “en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo”.
Pero, ¿qué es la Santísima Trinidad? ¿es como una presidencia conjunta y eterna que controla a los hombres para darle a cada uno su merecido?


Veamos lo que San Juan en el capítulo 3, nos dice:
“[16] ¡Así amó Dios al mundo! Que le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. “
Este hermoso versículo nos revela que Dios ama al mundo, ama sus cosas y personas, ama su historia y sus circunstancias, con un amor tan infinito que le dio lo más íntimo de sí mismo que es su hijo Jesucristo para su salvación.
Entrar en tu corazón de Dios es ver un misterio, algo insondable, que supera nuestra capacidad de comprensión. Pero aunque no comprendo tu identidad de Dios en tres personas, si logro intuir que lo único que existe en este misterio es el amor y que la única motivación de todas tus acciones es el amor. Esto lo intuyo porque yo también me siento hecha para amar. Y esta intuición me produce una gran tranquilidad y una gran ilusión por amar, a pesar de todas las cosas negativas que uno pueda ver alrededor. Si tú, Padre, decidiste enviar a tu Hijo al mundo a pesar de ver en nosotros tantas cosas negativas, desprecios, olvidos, a mi no me queda otra cosa sino amar y darme. Amar a pesar de todo es lo que más me entusiasma de ti, Señor.



La Trinidad, se traduce entonces con la palabra amor, amor a pesar de todo. El mismo San Juan nos dice:
“[17] Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él”.
Y esta afirmación nos revela otra característica fundamental de la Trinidad, la de levantar, alzar, poner en pie. Mientras que el mal busca hundir, postrar a la persona, el Dios Trinitario alza a los caídos.
Sí, estas palabras me hacen ver con claridad cual es la acción de Dios sobre el mundo y sobre mi vida. Se que de ti no puedo recibir jamás una palabra de condena ni postración sino siempre de ánimo, de alzarnos de la duda, de la desilusión. Cuando siento el impulso a seguir caminando, a ponerme en pie, a seguir amando, aun a los que me hacen daño, se que eres tú, Santísima Trinidad, quien me esta motivando. Pero cuando me siento desanimada, con temor, angustia, miedo a enfrentarme a las dificultades, se que es el espíritu del mal quien esta actuando en mi. En esta fiesta quiero abrir de par en par las puertas de mi corazón al Dios que levanta, que da ánimos, que impulsa al amor. Para que a pesar de las complicaciones y confusiones de la vida, nunca me olvide que hay un Dios que no me condena sino que me salva, que me levanta, y ese eres tú Santísima Trinidad.



¿Pero cuál es la condición para que Dios, nos levante? San Juan mismo nos responde con mucha claridad:
“[18] Para quien cree en Él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios.”
Esto nos enseña que la actitud central del hombre a Dios es la fe. Si creemos que Jesucristo es superior a todas las acciones negativas de nuestra vida, si estamos convencidos de su capacidad de amor hacia nosotros a pesar de todas nuestras debilidades, alcanzaremos la salvación. Y la única manera de perder esa salvación es precisamente en no creer que Dios es así. Si uno duda del amor infinito de Dios para salvarnos, ya se ha condenado así mismo.
Señor, muchas veces dudo que tu puedas perdonar cuántas cosas, circunstancias, personas porque a mí me resulta realmente imposible perdonar, y siempre las condeno. No son pocas las veces, Señor, que yo quisiera que esa persona desaparezca por las cosas malas que ha hecho, cuantas veces juzgamos negativamente a las personas. Por eso, creer que tu siempre estas dispuesto a salvarnos resulta difícil pero al mismo tiempo maravilloso. Porque me hace comprender que esa es la manera más hermosa de vivir: respondiendo a las ofensas con amor. Creer en ti es estar convencido de esta gran verdad: tú buscas siempre nuestro bien. Esta fe me anima, me hace vivir con optimismo. Me hace comprender que detrás de mí hay siempre una mirada positiva, una mirada de Padre dispuesto a darme su Hijo amado. Te pido Señor que nunca pierda la fe en la Trinidad.



Pero lo más importante es
Toma ahora el texto del evangelio en tus manos, San Juan, Capítulo 3, versículos del 16 al 18.
Cecilia Mutual, y Javier San Martín, agradecemos muy sinceramente tu compañía,
¡ y te esperamos nuevamente el próximo domingo!.
http://faculty.shc.edu/jsanmartin/2011/06/

lunes, 8 de junio de 2009

Santisima Trinidad y Pentecostes 2009

SANTISIMA TRINIDAD

Uno para todos ... y todos para Uno



PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO.

7-06-2009


Hoy no me equivoco con la fiesta de hoy como ayer, os aseguro que hoy se celebra en la Iglesia la Santísima Trinidad, ¿cómo se me va a olvidar si es el día de las elecciones europeas? (No tiene nada que ver pero así enlazo el tema). Hoy hay que ir a votar para el parlamento europeo, las gentes acudiremos en masa (¡je!) a depositar un voto en una urna. Entre las decenas de partidos que se presentan, algunos rarísimos, ganará alguno o dirán que han ganado casi todos, y mandaremos nuestros representantes al parlamento europeo. Luego habrá que buscar consensos, apoyos y demás negociaciones para que dentro de unos años volvamos a repetir todo el juego. La democracia es el menos malo de los sistemas políticos, pero cuando hay que estar votando continuamente te llegan a cansar, siempre los mismos políticos, con las mismas manías, las mismas mentiras y los mismos olvidos.«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» Dios no es democrático, lo siento. Dios es. No existe eso que muchos dicen “para mi Dios es …” Dios no es para ti una cosa y para el otro, otra. Dios es como es para todos, y en la vida no nos dedicamos a cambiar de Dios cada cuatro años, sino que nuestra tarea es conocerle y amarle y Jesucristo nos revela quién es Dios Padre y nos manda el don del Espíritu Santo para unirnos a Él. No podemos cambiar a Dios (entonces no sería Dios), ni podemos dejar de ser hijos, ya que Dios es Padre. No podemos hacer -como tristemente hacen algunos-, el cambiarnos de Iglesia porque las normas de una o de otra se adapten mejor a nuestra situación actual o sean más comprensivas con nuestro pecado. Eso no es buscar la verdad, es buscarse a sí mismo. Nunca podrán darse pasos en al ecumenismo por consenso, sino con una búsqueda sincera y auténtica de la verdad.“Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre”. En la fiesta de hoy reconocemos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Reconocemos la verdad de Dios tal como nos ha sido revelada. La agradecemos y nos adherimos a ella. Jesucristo es el Señor, nosotros somos hijos en el Hijo y procuramos vivir unidos, cada día más, a Dios nuestro Padre y caminar iluminados por el Espíritu Santo. La verdad de la Santísima Trinidad no ha llegado a nosotros por elucubración o consenso, no hemos votado al Dios que tiene que ser, se nos ha dado a conocer el Dios que es. Por eso hoy no podemos más que contemplar y dar gracias.La hija de Dios Padre, la madre de Dios Hijo, la esposa del Espíritu Santo, nuestra Madre la Virgen, nos ayude hoy a ser muy contemplativos y a unirnos al misterio que Dios nos ha revelado porque nos quiere. AM



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PENTECOSTES


31-05-2009


El otro día nos contaron un chiste que de tonto te hace gracia. Dice así: Tal vez el Señor nos pregunte un día a nosotros: ¿Cómo es posible que después de taitantos años de vida todavía no seas santo? Y tal vez le respondamos: “Verá señoría, lo fui dejando, lo fui dejando…” La obra de nuestra santificación, lo único realmente importante en nuestra vida, no podemos aplazarla más. Hoy es Pentecostés, hoy el Espíritu Santo vendrá a nuestras vidas como cada día, nos hará que vivamos por Cristo y en Cristo, pero tal vez lo dejemos pasar una vez más.“Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.” A veces pensamos que ser santo significa hacer muchas cosas, prepararnos muy bien para recibir al Espíritu Santo. Y sin embargo el Espíritu de Dios viene cuando menos lo esperas, cuando estás con las puertas cerradas por miedo a los judíos, cuando te pesa tu pecado o tus debilidades, cuando piensas que ya no puedes más o te sientes más lejos de Dios. Entonces, de pronto, dices con los labios y con el corazón: “Jesús es el Señor” o musitas un padrenuestro. Eso no es labor tuya, no es que hayas alcanzado un grado de perfección, sino que el Espíritu Santo está trabajando en ti. Simplemente con no ponerle obstáculos el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Podemos sentirnos indignos, débiles o pequeños, perfecto, ese es el primer paso para dejar actuar al Espíritu Santo.Entonces verás al que es “don en sus dones espléndido” y recibirás sus siete dones la sabiduría, el entendimiento, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios; y gozarás de sus frutos la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia y la castidad. Ya sé que a veces nos sienta un poco mal que todo esto no sea fruto de nuestro esfuerzo, nuestro logro personal, nuestra batalla ganada: ¡Ya he llegado a ser casto, fiel, bueno,…! No, no es logro nuestro, es un don y como don hay que pedirlo y acogerlo. Dejar trabajar al Espíritu Santo en nuestra vida implica lo que decía Juan Pablo II :”Abrir de par en par las puertas a Cristo” No importa lo que se encuentre dentro, lo desordenada que haya estado nuestra vida, el Espíritu Santo pondrá las cosas en su sitio y pondrá valentía donde estaba la cobardía, fortaleza en la debilidad, fe en la duda, esperanza en nuestros miedos, alegría en nuestra tristeza. Es Él el que realiza la obra de nuestra santificación, pero no lo hará sin nosotros, si no le dejamos, si no confiamos.En estos días en que leemos noticias tan tristes de eclesiásticos infieles o depravados tenemos que pedir sin cesar el don del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo entero. Él lo hace todo nuevo, regenera las heridas y robustece a los vacilantes. Es el momento en que todos nos pongamos delante del Sagrario y lloremos por los pecados de escándalo, por los que no lloran sus faltas, por los que desconfían de Dios aunque Dios ha confiado en ellos y les ha dado el poder de atar y desatar en esta tierra los pecados. Es momento de ponernos con más docilidad delante de Dios y dejarle trabajar, no ponerle trabas ni obstáculos.Hoy se confirmarán tres chavales del centro de reclusión de menores que asisto. su pasado ha podido ser complicado, pero su presente, su hoy, es dejar que el Espíritu Santo cambie sus vidas. Vamos a decidirnos tu y yo también a que nos guíe el Espíritu Santo, aunque hayamos torcido el sendero tantas veces. Hoy también es una fiesta de la esposa del Espíritu Santo, de nuestra madre la Virgen, vamos a dejar que ella nos visite y nos conceda el pedir con humildad que el Espíritu Santo guíe realmente nuestra vidas y guíe a su Iglesia. AM

Dos fechas muy importantes, que merecen ser registradas,

vale verdad?