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PAPA Robert : LEON XIV y ESCUDO Pontificio 2025

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jueves, 19 de diciembre de 2013

Homilia del IV Domingo de Adviento - T.O. "A" - 2013


                                         Confía, ten fe, por tu vida en manos de Dios

Homilia del IV Domingo de Adviento - T.O. "A" - 2013
Domingo 22 diciembre 2013

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor


COMENTARIO AL IV DOMINGO DE ADVIENTO – CICLO A


Homilía del Papa Emérito BENEDICTO XVI

IV Domingo de Adviento,

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo de Adviento el evangelio de san Mateo narra cómo sucedió el nacimiento de Jesús situándose desde el punto de vista de san José. Él era el prometido de María, la cual «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18). El Hijo de Dios, realizando una antigua profecía (cf. Is 7, 14), se hace hombre en el seno de una virgen, y ese misterio manifiesta a la vez el amor, la sabiduría y el poder de Dios a favor de la humanidad herida por el pecado. San José se presenta como hombre «justo» (Mt 1, 19), fiel a la ley de Dios, disponible a cumplir su voluntad. Por eso entra en el misterio de la Encarnación después de que un ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le anuncia: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21). Abandonando el pensamiento de repudiar en secreto a María, la toma consigo, porque ahora sus ojos ven en ella la obra de Dios.

San Ambrosio comenta que «en José se dio la amabilidad y la figura del justo, para hacer más digna su calidad de testigo» (Exp. Ev. sec. Lucam II, 5: ccl 14, 32-33). Él —prosigue san Ambrosio— «no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo, la Madre del Señor, el seno fecundado por el misterio» (ib., II, 6: CCL 14, 33). A pesar de haber experimentado turbación, José actúa «como le había ordenado el ángel del Señor», seguro de hacer lo que debía. También poniendo el nombre de «Jesús» a ese Niño que rige todo el universo, él se inserta en el grupo de los servidores humildes y fieles, parecido a los ángeles y a los profetas, parecido a los mártires y a los apóstoles, como cantan antiguos himnos orientales. San José anuncia los prodigios del Señor, dando testimonio de la virginidad de María, de la acción gratuita de Dios, y custodiando la vida terrena del Mesías. Veneremos, por tanto, al padre legal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 532), porque en él se perfila el hombre nuevo, que mira con fe y valentía al futuro, no sigue su propio proyecto, sino que se confía totalmente a la infinita misericordia de Aquel que realiza las profecías y abre el tiempo de la salvación.

Queridos amigos, a san José, patrono universal de la Iglesia, deseo confiar a todos los pastores, exhortándolos a ofrecer «a los fieles cristianos y al mundo entero la humilde y cotidiana propuesta de las palabras y de los gestos de Cristo» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal). Que nuestra vida se adhiera cada vez más a la Persona de Jesús, precisamente porque «el que es la Palabra asume él mismo un cuerpo; viene de Dios como hombre y atrae a sí toda la existencia humana, la lleva al interior de la palabra de Dios» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 387). Invoquemos con confianza a la Virgen María, la llena de gracia «adornada de Dios», para que, en la Navidad ya inminente, nuestros ojos se abran y vean a Jesús, y el corazón se alegre en este admirable encuentro de amor.

Plaza de San Pedro, Domingo 19 de diciembre de 2010

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

  COMENTARIO AL IV DOMINGO DE ADVIENTO – CICLO A

Posted by P Javier San Martin sj

Bienvenidos a nuestro encuentro dominical. El día de hoy unidos a toda la Iglesia, celebramos el cuarto Domingo de adviento del ciclo A. Palabras llenas de ternura y de misterio son las que hoy encontramos en la lectura del Evangelio de San MATEO 1,18 - 24.

«La Madre de Jesús estaba desposada con José, se le apareció en sueños un ángel, que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor»

Estas palabras tan sencillas encierran todo un misterio profundo para la salvación como profundo para la vida de cada uno de nosotros. Hay palabras importantes que debemos subrayar, darle vueltas y meditar. En primer lugar aparece la palabra “Madre”. Es interesante como todo este proceso de salvación pensado por Dios y realizado por Él, tiene como inicio una “Madre”. Podríamos pensar que para hacer una obra tan importante se necesitaban reuniones y muchas reuniones, consejos de administración, consejos de revisión, de la misma manera como se hacen los proyectos humanos, de la misma manera Dios haría el suyo.

Sin embargo, ¡qué curioso!, Él, inicia el misterio de la salvación del hombre escogiendo una madre. Sin esta palabra y sin esta persona, Dios se sentiría, podríamos decir, incómodo para poder llevar ésta gran proyecto que se inició en Navidad. Es por eso entonces que en el proyecto nuestro de la salvación personal, ¿quién es la persona que debe estar presente siempre?, ¿de dónde debe partir todo nuestro proyecto de vida?. Pues, precisamente, de una madre. Por eso, no cabe duda que sentimos una gran alegría el día de hoy al ver a María, la Madre, como la primera del misterio de salvación.

Pero junto con ella aparecen otros personajes que son también importantes de subrayar y darnos cuenta. En primer lugar “el Ángel”. Dice que se le apreció en sueños un ángel que le dijo:

«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer»

Aparece lo inesperado, aquello que no estaba en nuestra mente ni en aquello que nosotros planificábamos. El ángel es ese símbolo de aquello que sucede en el momento menos pensado y de la forma menos esperada. Y lo más curioso que la aparición del ángel, es decir de lo inesperado en el proyecto de salvación, que es el mismo proyecto de la vida personal de cada uno de nosotros, pide algo que podríamos llamar “ilógico”. Algo que podríamos pensar que no se puede realizar porque no estaba dentro de los planes, y más aún, resulta ilógico, el seguir ese consejo de lo inesperado que es el amor.

Esto que ocurrió en el primer momento de la salvación, evidentemente que ocurre en cada uno de nosotros cuando se nos aparece este “ángel de la vida nuestra”, y nos pide que realicemos algo que nosotros decimos, pero, ¡cómo vamos a hacer esto! sería una locura. Ah, pero precisamente, allí en la locura esta el camino que Dios va trazando para salvar a la humanidad y para salvarnos a nosotros mismos.

Y al mismo tiempo el ángel le dice:

«dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús»

Ahí aparece, algo concreto, determinado. No es una idea abstracta sino algo realmente que nos lleva a la auténtica salvación. Podemos, entonces, ver estos momentos importantes y esta presencia importante del Señor Jesús.

Pero ahora viene lo más importante:

Realmente que te agradezco mucho por tu presencia, pero ahora viene lo importante para ti, y es el que tú tomes en tus manos este texto, lo medites y que sea el mismo Señor el que te hable a ti. No te olvides, en San Mateo, capítulo primero, versículos 18 al 24.

Recibe, pues, mi abrazo y mi bendición, de una manera especial en estas navidades, para ti y toda tu familia, y nos despedimos hasta la próxima semana.

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/
JOSE... TU LE PONDRAS POR NOMBRE
JESUS





LA CANCIÓN DEL CARPINTERO - Feliz Navidad - Daniel Poli - Villancicos .
Tema de Daniel Poli

viernes, 13 de diciembre de 2013

Homilia al III Domingo de Adviento - Ciclo A - 2013



Prepara el camino
Evangelio del  III Domingo de Adviento - T.O. A
D 15 de Diciembre 2013
Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: « ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»


Palabra del Señor
* 


Comentario al Tercer Domingo de Adviento – Ciclo A
¿CÓMO SABEMOS QUE EL MESÍAS HA LLEGADO?
Bienvenidos a nuestro encuentro dominical. Hoy es el domingo tercero de adviento del ciclo A. Y en esta misa, encontramos preguntas fundamentales al leer: Mateo 11,2-11.
Si, yo envío mi mensajero delante de ti. El mensajero, quizás el personaje más importante que tenemos en nuestro mundo, aquel que es enviado por Dios para aquellos que Dios ama. El mensajero es el que va caminando en la vida sintiendo el corazón muy ligado al Dios que lo ama.  A este Dios que lo ha escogido entre muchos para llevar ese mensaje de salvación. El Mensajero, que hermoso que el día de hoy podemos ver tantos mensajeros en el mundo, que se asemejan a ese primero, aquel Juan el Bautista, que se sintió llamado por Dios y enviado por Él para ser el mensajero ante aquella generación de su época, y para decirle que se prepararan para poder aceptar la venida del salvador.
¿Y el mensajero quién es? Es aquel que va delante de Dios, es aquel que va haciendo y poniendo las huellas que más adelante el mismo Señor Jesús las pisará. El mensajero es el que va abriendo las puertas, para que después venga el Señor. Por eso el mensajero tiene la gran iniciativa de llevar el mensaje a donde él siente que debe llevar de acuerdo a las exigencias de su mundo.
El mensajero, por tanto, no es aquel que empieza a ver que hay cosas malas a las cuales no se debe acercar. Él debe abrir las puertas de lo que considera bueno, pero también de aquello que considera malo, aquello que él considera que el mundo lo desprecia, aquello que incluso la misma religión dice, “esto no”. Allí tiene que hacer el mensajero su labor, él debe abrir las puertas de lo malo para que también allí entre el Señor.
Qué hermoso es entonces ser el mensajero porque va preparando el camino, va haciendo el camino. Hay cuantos caminos que no conducen a ningún sitio, y hay tantos hombres y mujeres en este mundo, hay tantas instituciones que no conocen el camino hacia Dios. Es por eso que el mensajero es el que va preparando ese camino que pueda comunicar a la institución, a la persona, a aquel hombre que sufre y llora, con Dios el Salvador. Y por lo tanto tiene que ser un especialista en hacer caminos, no solamente en él mismo presentarse como el salvador sino el hacer el camino para que el Salvador llegue.
Lamentablemente vemos en nuestra época, estimados amigos, que hay cuanta personas que en lugar de hacer camino se presentan ellos mismos como salvadores, y dicen, aquí me tienes, yo soy el que te voy a dar la mano, yo soy el que te voy a salvar. Ese no es el mensajero de Dios. El mensajero solamente es aquel que va preparando ese lugar en el cual se va a dar un encuentro especial entre la institución, entre la persona, entre nuestro mundo, y Dios el Salvador. Pero si no hay alguien que prepare ese encuentro, jamás el hombre encontrará a Dios.
Por eso nos preguntamos el día de hoy, ¿cuantos mensajeros tenemos como aquel mensajero, como Juan el Bautista que empezó a predicar allí en el desierto, conviértanse? aquel hombre que dejó todo, que se vistió de una manera muy desarreglada, de una manera que la gente decía, pero cómo este se viste así. Y cuando el Señor Jesús habló de él dijo: fíjense, este no se viste como los grandes hombres de nuestro tiempo. Es que los mensajeros no se presentan ellos mismos para deslumbrar a los demás, con su personalidad, con lo que es él, sino al contrario, quieren deslumbrar a los otros con la presencia de lo que traen en el corazón. Y por eso cuántas veces hemos visto los restos de aquellos grandes hombres que han pasado por nuestro mundo, y nos preguntamos como él se podía vestir así, como él podía trabajar de esta manera, es que precisamente sentía que había algo importante en la vida, que era Dios y a Él lo vinieron a anunciar.
Y este es pues el mensaje, mis queridos amigos, que el día de hoy nos deja el evangelio que quisiera dejar hoy en tus manos, Mateo 11, 2-11
Te agradezco muy sinceramente por tu presencia en este día, y nos estamos escuchando nuevamente el próximo domingo.
Escrito por: Padre Javier San Martin sj – 11.12.2010
*


BENEDICTO XVI
III Domingo de Adviento,
Queridos hermanos y hermanas:
En este tercer domingo de Adviento, la liturgia propone un pasaje de la carta de Santiago, que comienza con esta exhortación: «Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor» (St5, 7). Me parece muy importante, en nuestros días, subrayar el valor de la constancia y de la paciencia, virtudes que pertenecían al bagaje normal de nuestros padres, pero que hoy son menos populares en un mundo que, más bien, exalta el cambio y la capacidad de adaptarse a situaciones siempre nuevas y distintas. Sin quitar nada a estos aspectos, que también son cualidades del ser humano, el Adviento nos llama a potenciar la tenacidad interior y la resistencia del alma que nos permiten no desesperar en la espera de un bien que tarda en venir, sino esperarlo, es más, preparar su venida con confianza activa.
«Mirad al labrador —escribe san Santiago—; espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la venida del Señor está cerca» (St 5, 7-8). La comparación con el campesino es muy expresiva: quien ha sembrado en el campo, tiene ante sí algunos meses de espera paciente y constante, pero sabe que mientras tanto la semilla cumple su ciclo, gracias a las lluvias de otoño y de primavera. El agricultor no es fatalista, sino modelo de una mentalidad que une de modo equilibrado la fe y la razón, porque, por una parte, conoce las leyes de la naturaleza y hace bien su trabajo y, por otra, confía en la Providencia, puesto que algunas cosas fundamentales no están en sus manos, sino en manos de Dios. La paciencia y la constancia son precisamente síntesis entre el empeño humano y la confianza en Dios.
«Fortaleced vuestros corazones», dice la Escritura. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos fortalecer nuestros corazones, que ya de por sí son frágiles y que resultan todavía más inestables a causa de la cultura en la que estamos sumergidos? La ayuda no nos falta: es la Palabra de Dios. De hecho, mientras todo pasa y cambia, la Palabra del Señor no pasa. Si las vicisitudes de la vida hacen que nos sintamos perdidos y parece que se derrumba toda certeza, contamos con una brújula para encontrar la orientación, tenemos un ancla para no ir a la deriva. Y aquí se nos ofrece el modelo de los profetas, es decir, de esas personas a las que Dios ha llamado para que hablen en su nombre. El profeta encuentra su alegría y su fuerza en la Palabra del Señor y, mientras los hombres buscan a menudo la felicidad por caminos que resultan equivocados, él anuncia la verdadera esperanza, la que no falla porque tiene su fundamento en la fidelidad
de Dios. Todo cristiano, en virtud del Bautismo, ha recibido la dignidad profética; y cada uno debe redescubrirla y alimentarla, escuchando asiduamente la Palabra divina. Que nos lo obtenga la Virgen María, a quien el Evangelio llama bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de las palabras del Señor (cf.Lc 1, 45).
Plaza de San Pedro - 12 de diciembre de 2010
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

 



Ya llega, ya viene. . .
Armar ya nuestros nacimientos en gran tamaño
El arbol no es importante, es complementario

jueves, 5 de diciembre de 2013

Homilia del II Domingo de Adviento - T.O. A - 2013



II Domingo de Adviento - Ciclo A
Domingo 08 Diciembre 2013



Homilias con el Papa Emerito Benedicto XVI

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,1-12):

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»

Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

Palabra del Señor



Palabras del Papa Emerito BENEDICTO XVI


Plaza de San Pedro - II Domingo de Adviento

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este segundo domingo de Adviento (Mt 3, 1-12) nos presenta la figura de san Juan Bautista, el cual, según una célebre profecía de Isaías (cf. 40, 3), se retiró al desierto de Judea y, con su predicación, llamó al pueblo a convertirse para estar preparado para la inminente venida del Mesías. San Gregorio Magno comenta que el Bautista «predica la recta fe y las obras buenas... para que la fuerza de la gracia penetre, la luz de la verdad resplandezca, los caminos hacia Dios se enderecen y nazcan en el corazón pensamientos honestos tras la escucha de la Palabra que guía hacia el bien» (Hom. in Evangelia, XX, 3: CCL 141, 155). El precursor de Jesús, situado entre la Antigua y la Nueva Alianza, es como una estrella que precede la salida del Sol, de Cristo, es decir, de Aquel sobre el cual —según otra profecía de Isaías— «reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2).

En el tiempo de Adviento, también nosotros estamos llamados a escuchar la voz de Dios, que resuena en el desierto del mundo a través de las Sagradas Escrituras, especialmente cuando se predican con la fuerza del Espíritu Santo. De hecho, la fe se fortalece cuanto más se deja iluminar por la Palabra divina, por «todo cuanto —como nos recuerda el apóstol san Pablo— fue escrito en el pasado... para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4). El modelo de la escucha es la Virgen María: «Contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo» (Verbum Domini, 28).

Queridos amigos, «nuestra salvación se basa en una venida», escribió Romano Guardini (La santa notte. Dall'Avvento all'Epifania, Brescia 1994, p. 13). «El Salvador vino por la libertad de Dios... Así la decisión de la fe consiste... en acoger a Aquel que se acerca» (ib., p. 14). «El Redentor —añade— viene a cada hombre: en sus alegrías y penas, en sus conocimientos claros, en sus dudas y tentaciones, en todo lo que constituye su naturaleza y su vida» (ib., p. 15).

A la Virgen María, en cuyo seno habitó el Hijo del Altísimo, celebramos en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, pedimos que nos sostenga en este camino espiritual, para acoger con fe y con amor la venida del Salvador.

 © Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana
Vaticano 5 de diciembre de 2010




SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

Palabras del Papa Emerito BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy nuestra cita adquiere una luz especial, en el contexto de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. En la liturgia de esta fiesta, se proclama el evangelio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), que contiene precisamente el diálogo entre el ángel Gabriel y la Virgen. «¡Alégrate, llena de gracia!, el Señor está contigo», dice el mensajero de Dios, y de este modo revela la identidad más profunda de María, el «nombre», por así decir, con el que Dios mismo la conoce: «llena de gracia». Esta expresión, que nos resulta tan familiar desde la infancia, pues la pronunciamos cada vez que rezamos el Avemaría, nos explica el misterio que hoy celebramos. De hecho, María, desde el momento en que fue concebida por sus padres, fue objeto de una singular predilección por parte de Dios, quien en su designio eterno la escogió para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por consiguiente, preservada del pecado original. Por eso, el ángel se dirige a ella con este nombre, que implícitamente significa: «colmada desde siempre del amor de Dios», de su gracia.

El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien. Por desgracia, cada día nosotros experimentamos el mal, que se manifiesta de muchas maneras en las relaciones y en los acontecimientos, pero que tiene su raíz en el corazón del hombre, un corazón herido, enfermo e incapaz de curarse por sí solo. La Sagrada Escritura nos revela que en el origen de todo mal se encuentra la desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte ha dominado porque la libertad humana ha cedido a la tentación del Maligno. Pero Dios no desfallece en su designio de amor y de vida: a través de un largo y paciente camino de reconciliación ha preparado la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre de su Hijo, que para ofrecerse a sí mismo en expiación «nació de mujer» (cf. Ga 4, 4). Esta mujer, la Virgen María, se benefició anticipadamente de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción fue preservada del contagio de la culpa. Por eso, con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, él os salvará.

Queridos amigos, hoy por la tarde renovaré el tradicional homenaje a la Virgen Inmaculada, ante el monumento a ella dedicado en la plaza de España. Con este acto de devoción me hago intérprete del amor de los fieles de Roma y de todo el mundo a la Madre que Cristo nos ha dado. Encomiendo a su intercesión las necesidades más urgentes de la Iglesia y del mundo. Que ella nos ayude sobre todo a tener fe en Dios, a creer en su Palabra, a rechazar siempre el mal y a escoger el bien.

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana
Vaticano 8 de diciembre de 2010


 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Homilia del I Domingo de Adviento - Ciclo A - 2013



Homilia del I Domingo de Adviento - Ciclo A
Escrito por el Papa Emerito Benedicto XVI

Evangelio del Domingo 01 de Diciembre 2013
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24,37-44):

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor




Homilia escrito por el Papa Emerito Benedicto XVI  

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, primer domingo de Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, conmemora el acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Precisamente de esta doble perspectiva vive el tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a «juzgar a vivos y muertos», como decimos en el Credo. Sobre este sugestivo tema de la «espera» quiero detenerme ahora brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por decirlo así, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.

La espera, el esperar, es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; en la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del resultado de un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la aceptación de un perdón... Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se lo reconoce por sus esperas: nuestra «estatura» moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: ¿yo qué espero? En este momento de mi vida, ¿a qué tiende mi corazón? Y esta misma pregunta se puede formular a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones?, ¿qué tienen en común? En el tiempo anterior al nacimiento de Jesús, era muy fuerte en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que finalmente liberaría al pueblo de toda esclavitud moral y política e instauraría el reino de Dios. Pero nadie habría imaginado nunca que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría pensado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que él pudo encontrar en ella una madre digna. Por lo demás, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura «llena de gracia», totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de ella, Mujer del Adviento, a vivir los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que sólo la venida de Dios puede colmar.

Benedicto XVI
Vaticano 28 Noviembre del 2010 el Primer Domingo de Adviento
Libreria Vaticana




Enciende ya tu primera vela de Adviento 2013

Oracion:
La tierra, Señor, se alegra en estos días, y tu Iglesia
desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se acerca
como luz esplendoroso, para iluminar a los que
yacemos en las tinieblas de la ignorancia, del dolor
y del pecado; para hablarnos al corazón y despertarnos
a la Vida verdadera. ¡Ojalá sepamos aprovechar
este momento!

Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha preparado
esta corona con ramos del bosque y la ha
adornado con luces.

Ahora, pues, que vamos a empezar el tiempo de preparación
para la venida de tu Hijo, te pedimos, Señor,
que, mientras se acrecienta cada día el esplendor
de esta corona, con nuevas luces, a nosotros nos
ilumines con el esplendor de aquel que, por ser la luz
del mundo, iluminará todas las oscuridades. Él que
vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.


A continuación encendemos la primera vela http://www.idrvalencia.org/documents/10153/37445/Cuaderno+ADV_NAV13.pdf">http://www.idrvalencia.org/documents/10153/37445/Cuaderno+ADV_NAV13.pdf