Domingo 14 de Abril
Evangelio del Domingo III de Pascua 2013
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-19
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: "Me voy a pescar." Ellos contestan: "Vamos también nosotros contigo." Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: "Muchachos, ¿tenéis pescado?" Ellos contestaron: "No." Él les dice: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis." La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: "Es el Señor." Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: "Traed de los peces que acabáis de coger." Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: "Vamos, almorzad."
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?" Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Jesús le dice: "Apacienta mis corderos." Por segunda vez le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Él le contesta: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Él le dice: "Pastorea mis ovejas." Por tercera vez le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: "Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero." Jesús le dice: "Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras." Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme."

(RV).- El Papa Francisco celebró esta tarde la Santa Misa en San Pablo
Extramuros en su primera visita como Obispo de Roma a esta basílica
papal.
En su homilía, tras agradecer las palabras del el Cardenal
Arcipreste James Harvey, el Santo Padre saludó, a agradeció a todos los
presentes recordando que este complejo surge sobre la tumba de San Pablo, a
quien definió “un humilde y gran Apóstol del Señor”, que lo anunció con la
palabra, dando testimonio de él con el martirio y adorándolo con todo su
corazón.
Y añadió que deseaba reflexionar, a la luz de la Palabra de Dios
que acababan de escuchar, precisamente sobre estos tres verbos, a saber:
anunciar, dar testimonio y adorar.
“Recordémoslo bien todos – dijo
textualmente el Pontífice– no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el
testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en
nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. La
incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen,
entre la palabra y el modo de vivir, minan la credibilidad de la
Iglesia”.
Tras destacar que todo esto sólo es posible si reconocemos a
Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su
camino y nos ha elegido, el Papa dijo: “Anunciar y dar testimonio es posible
únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros
discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del
Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien
quién es, lo conocen”. Mientras el Evangelista subraya que “ninguno de los
discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el
Señor” (Jn 21,12). “Esto – dijo el Papa – es un punto importante para
nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de
vida, de tal manera que lo reconozcamos como ‘el Señor’, y lo
adoremos”.
Francisco invitó a preguntarnos si todos adoramos al Señor.
“¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también
para adorarlo?”. E insistió en “¿qué quiere decir adorar a Dios?”. “Significa –
afirmó – aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su
presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas”. Porque
como explicó el Obispo de Roma, cada uno de nosotros, en la propia vida, de
manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso
de las cosas consideradas más o menos importantes; por lo que “adorar al Señor
quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere
decir afirmar, creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía
verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos
convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, de nuestra
historia”.Hacia el final de su homilía el Papa recordó que esto tiene
una consecuencia en nuestra vida: “despojarnos de tantos ídolos, pequeños o
grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y
tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien
escondidos; pueden ser la ambición, el gusto del éxito, el poner en el centro a
uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser
los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos
otros”. Por esta razón reafirmó que deseaba que resonara una pregunta en el
corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad”: ¿He pensado en
qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor?”. Porque como
explicó el Santo Padre, “adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de
esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra
vida”.
El Papa concluyó diciendo que “el Señor nos llama cada día a seguirlo
con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como
discípulos suyos; nos envía a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos
pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo
cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a
despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él. Que la Santísima Virgen
María y el Apóstol Pablo nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros.
Amén”. Texto completo de la homilía del Santo Padre Francisco del
III Domingo de Pascua en la Basílica de San Pablo
Extramuros:Queridos Hermanos y Hermanas:
Me alegra celebrar
la Eucaristía con ustedes en esta Basílica. Saludo al Arcipreste, el Cardenal
James Harvey, y le agradezco las palabras que me ha dirigido; junto a él, saludo
y doy las gracias a las diversas instituciones que forman parte de esta
Basílica, y a todos ustedes. Estamos sobre la tumba de san Pablo, un humilde y
gran Apóstol del Señor, que lo ha anunciado con la palabra, ha dado testimonio
de él con el martirio y lo ha adorado con todo el corazón. Estos son
precisamente los tres verbos sobre los que quisiera reflexionar a la luz de la
Palabra de Dios que hemos escuchado: anunciar, testimoniar, adorar.
1. En
la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles.
Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de
Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser
azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia,
con parresia, esto que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos
capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos
hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que
forman parte de nuestra vida cuotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza
con el anuncio.
2. Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los
Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en
su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente
con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el
Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la
apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos,
otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Esta es una
palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de
Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no
queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega
de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de
nuestra vida. Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y
testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo
con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y
vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe
tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices;
pero todos son importantes, incluso los que no destacan.
En el gran
designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde
testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe
en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad. Hay santos
del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad»,
como decía un escritor francés, una clase media de la santidad de la que todos
podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre,
como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia
vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su
sangre. Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin
el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer
en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me
viene a la memoria ahora un consejo que San Francisco de Asís daba a sus
hermanos: «Prediquen el Evangelio y, si fuera necesario, también con las
palabras». Predicar con la vida, el testimonio (aplausos). La
incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen,
entre la palabra y el modo de vivir, minan la credibilidad de la
Iglesia.
3. Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a
Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su
camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si
estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban
en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una
cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El
Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle
quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un
punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una
intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el
Señor», lo adoremos.
El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos
habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes,
los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero
inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (Cf. Ap
5,11-14).
Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo,
¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos
dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a
Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo
que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas.
Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces
sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o
menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le
corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer – pero no simplemente
de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor
quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de
nuestra vida, de nuestra historia.
Esto tiene una consecuencia en nuestra
vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los
cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra
seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la
ambición, la carrera, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la
tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos
de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros. Esta
tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que
respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en
mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos,
también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra
de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos llama cada
día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de
elegirnos como discípulos suyos; nos envía a proclamarlo con gozo como el
Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de
nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra
vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él.
Anunciar, testimoniar, adorar. Que la Santísima Virgen María y el Apóstol Pablo
nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros. Así sea.
Un
único rebaño bajo un único Pastor
Saludo al Santo Padre del
Cardenal James Harvey, Arcipreste de la Basílica Papal de San Pablo
Extramuros:
Beatísimo Padre: Pedro y Pablo: “son los Santos Apóstoles
que en la vida terrenal han fecundado con su sangre a la Iglesia: han bebido el
cáliz del Señor y se convirtieron en los amigos de Dios”.
Así se expresa
la Iglesia Universal en la Solemnidad litúrgica de los Santos Pedro y Pablo, y
hoy todos nosotros reunidos en esta espléndida Basílica Papal unimos nuestras
voces en un himno de alabanza a Dios Omnipotente y misericordioso, mientras el
Sucesor de Pedro visita y venera la tumba de San Pablo.
Todos los
componentes de la realidad, que es la Basílica de San Pablo Extramuros, se
alegran al acoger al nuevo Obispo de Roma en este momento solemne.
Quien
le habla, junto a todo el personal que en ella trabaja, le da su bienvenida con
sus más vivos y sentidos deseos. A estos sentimientos se asocian los dos
eminentísimos arciprestes eméritos de la Basílica y el Reverendo Padre Abad, con
la comunidad Monástica Benedictina de la antigua homónima Abadía, con las
Religiosas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús que la atienden. También lo
saludan el Pontificio Oratorio de San Pablo, regido por los Padres Josefinos de
Murialdo, junto a la comunidad de las Hijas de Cristo Rey que aquí tienen una
guardería infantil y una escuela primaria. Están presentes el Pontificio Colegio
Beda y la Capellanía de la Universidad “Roma Tres” con sus profesores y
numerosos estudiantes católicos que no se “dejan robar la esperanza” en este
ambiente particular. En fin, está representado el más reciente miembro de esta
familia paulina, es decir el Hospital Pediátrico Niño Jesús, como signo de la
caridad cristiana hacia los más pequeños.
Sobre la fe de los dos
Apóstoles y Mártires, Pedro y Pablo, llamados “las columnas de la Iglesia”,
tiene su origen la Iglesia de Roma, la cual desde el inicio, ha querido
recordarlos juntos, casi como para recomponer en la unidad, su testimonio.
Viviendo y celebrando el Año de la fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, cómo
no recordar que, en el año 1967, el Papa Pablo VI, quiso convocar uno semejante,
precisamente en el decimonoveno centenario de su supremo testimonio. Por tanto,
por su intercesión y su ejemplo, somos muy conscientes de que la renovación de
la Iglesia pasa, sobre todo, a través de la imagen ofrecida por la vida
cotidiana de los creyentes de ser testigos coherentes de Cristo.
Padre
Santo, su visita de hoy y sus palabras nos guiarán a redescubrir la alegría de
creer, a reencontrar aún fuerza y entusiasmo para comunicar la fe, y estar cada
vez más iluminados por la gracia del Espíritu Santo. Esto hará que nos sintamos
hijos perdonados y amados por Dios Padre, amigos de Cristo en la verdad,
enamorados del mensaje siempre nuevo, siempre actual del Evangelio, sinceramente
acogedores hacia todos los hombres, para ser todos la gran Familia de Dios, o
sea, un único rebaño bajo un único Pastor.
Santidad, mientras inicia su
ministerio apostólico, tenga la seguridad de poder contar con nuestro afectuoso
y filial apoyo y con nuestras más fervientes plegarias, en particular, ante la
Tumba del Apóstol Pablo, titular de esta Basílica suya.(María
Fernanda Bernasconi – RV).

Papa: No tenían miedo de nadie para anunciarlo porque su fuerza es la experiencia muy fuerte y personal de Cristo muerto y resucitado
Luego rezo el Regina Coeli
(RV).- ¿De dónde sacaban los apóstoles su fuerza para predicar? En su reflexión
previa a la oración mariana dominical del Regina Coeli, con gran multitud de
peregrinos en la plaza de San Pedro, en Roma, Papa Francisco se detuvo
brevemente sobre la página del libro de Los Hechos de los Apóstoles, en la que
se afirma que los Apóstoles llenaron la ciudad con la noticia de que Jesús había
verdaderamente resucitado. A pesar de que los sumos sacerdotes y jefes de la
ciudad trataron de frenar en su nacimiento la comunidad de los creyentes en
Cristo, prohibiéndoles predicar en su nombre y azotándolos por esto, ellos
dijeron que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” y salían contentos
de haber sufrido por el nombre de Jesús.
El Obispo de Roma explicó que
los Apóstoles no tenían miedo de nada ni de nadie para anunciar a Jesús, porque
su fuerza es la experiencia muy fuerte y personal de Cristo muerto y
resucitado:“Es claro que solamente la presencia del Señor Resucitado y la acción
del Espíritu Santo con ellos pueden explicar este hecho. Su fe se basaba en una
experiencia tan fuerte y personal de Jesús muerto y resucitado, que no tenían
miedo de nada y de ninguno, es más, veían las persecuciones como un motivo de
honor, que les permitía seguir las huellas de Jesús y de parecerse a Él,
testimoniándolo con la vida".
Esto dijo Francisco, vale para la Iglesia
de todos los tiempos, también para nosotros: "cuando una persona conoce
verdaderamente Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la
fuerza de la Resurrección, y no puede no comunicar esta experiencia. Y si
encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión:
responde con el amor y la fuerza de la vida", para terminar invitando a pedir a
la Virgen que la Iglesia en todo el mundo anuncie con franqueza y coraje la
Resurrección del Señor y dé un válido testimonio con signos de amor fraterno.
Pidió en particular para que los cristianos que sufren persecución sientan la
presencia viva y confortante de Jesús Resucitado.
Traducción y
audio palabras del Papa antes del Regina Coeli (Audio) 
Queridos hermanos y
hermanas
Quisiera detenerme brevemente en la página de los Hechos
de los Apóstoles que se lee en la Liturgia de este Tercer Domingo de Pascua.
Este texto narra que la primera predicación de los Apóstoles en Jerusalén llenó
la ciudad de la noticia que Jesús era verdaderamente resucitado, según las
Escrituras, y era el Mesías anunciado por los Profetas. Los sumos sacerdotes y
los jefes de la ciudad buscaron frenar el nacimiento de la comunidad de los
creyentes en Cristo e hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles de no
enseñar más en su nombre. Pero Pedro y los otros once respondieron: «Hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha
resucitado a Jesús… lo exaltó con su poder haciéndolo Jefe y Salvador… Nosotros
somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado
a los que obedecen» (Hech 5,29-32). Entonces hicieron azotar a los Apóstoles y
les ordenaron nuevamente de no hablar más en nombre de Jesús. Y ellos se fueron
«dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús
(v. 41).
¿Dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para
dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y el coraje del
anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los
Apóstoles eran personas simples, no eran escribas, doctores de la ley, ni
pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo han podido, con sus límites y
obstaculizados por las autoridades, llenar Jerusalén con sus enseñanzas? (Cfr.
Hech 5, 28) Es claro que solamente la presencia del Señor Resucitado y la acción
del Espíritu Santo con ellos pueden explicar este hecho. Su fe se basaba en una
experiencia tan fuerte y personal de Jesús muerto y resucitado, que no tenían
miedo de nada y de ninguno, es más, veían las persecuciones como un motivo de
honor, que les permitía seguir las huellas de Jesús y de parecerse a Él,
testimoniándolo con la vida.
Esta historia de la primera
comunidad cristiana nos dice una cosa muy importante, que es válida para la
Iglesia de todos los tiempos, también para nosotros: cuando una persona conoce
verdaderamente Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la
fuerza de la Resurrección, y no puede no comunicar esta experiencia. Y si
encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión:
responde con el amor y la fuerza de la vida.
Rezando juntos
el Regina Coeli, pidamos la ayuda de María Santísima para que la Iglesia en todo
el mundo anuncie con sinceridad y coraje la Resurrección del Señor y dé
testimonio válido con signos de amor fraterno. Recemos en modo particular para
que los cristianos que sufren persecución sientan la presencia viva y
confortante del Señor Resucitado.
Palabras del Papa tras
el rezo mariano del Regina Coeli
Al término de la oración mariana
del Regina Coeli, el Santo Padre recordó que ayer, “en Venecia, fue beatificado
Don Luca Passi, sacerdote italiano de Bérgamo, fundador enn el siglo XIX de la
Obra laical de Santa Dorotea y del Instituto de las Hermanas Maestras de Santa
Dorotea. ¡Demos gracias a Dios!”
“Hoy en Italia –ha afirmó el Pontífice-
se celebra la Jornada de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, con el
tema: "Las nuevas generaciones, más allá de la crisis." Este ateneo nació de la
mente y el corazón del Padre Agostino Gemelli y con un gran apoyo popular, ha
preparado a miles y miles de jóvenes a ser ciudadanos competentes y
responsables, constructores del bien común. Invito a sostener siempre este
Ateneo para que continúe proporcionando una excelente educación a las nuevas
generaciones, que les permita afrontar los retos de la época
actual”.
Francisco al final saludó con afecto a todos los peregrinos
presentes, provenientes de muchos países! A la familias, y a los grupos
parroquiales, a los movimientos, a los jóvenes.
En particular, el Papa
saludó a los peregrinos de la diócesis de Siena-Colle di Val d'Elsa-Montalcino,
con el arzobispo Mons Buoncristiani. Un pensamiento especial también lo tuvo
Francisco para los niños y niñas que se preparan para la Confirmación.
Buen
domingo a todos!
Fuente radio vaticano

PASCUA DE RESURRECCION
2013