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domingo, 13 de marzo de 2016

HOMILÍA – V DOMINGO DE CUARESMA 2016



HOMILÍA – V DOMINGO DE CUARESMA  2016
«La mujer adúltera»
(Jn 8, 1-11)

– P. Carlos Cardó, SJ –
Domingo, 13 DE MARZO DE 2016

Esta hermosa página del evangelio de San Juan expone en forma de un relato lo esencial de la misión por la que Cristo ha venido al mundo: él no ha venido a condenar sino a salvar (Jn 3,17). Nos muestra, además, el modo de pensar y actuar de Jesús en contraposición con el modo de pensar y actuar de los que se creen los puros y juzgan y condenan a los demás.


Éstos, los fariseos y doctores de la ley, le traen a una mujer que han sorprendido en adulterio. Según la ley judía (Dt 5,18ss; Lev 18,20; 20,10), el adulterio era un delito que se castigaba con la pena de muerte por lapidación. Pero lo que quieren los fariseos y escribas es juzgar a Jesús. Por eso le preguntan: «Señor, esta mujer ha sido atrapada en adulterio. ¿Qué dices sobre ello?». Si Jesús se opone al castigo, desautoriza la ley de Moisés; si la aprueba, echa por tierra toda su enseñanza sobre la misericordia y contradice la autoridad con que él mismo ha perdonado a los pecadores. Al mismo tiempo, si Jesús afirma que se debe apedrear a la mujer, entra en conflicto con los romanos que prohíben a los judíos aplicar la pena de muerte; y si se opone, aparece en contra de las aspiraciones de los judíos de ejercer con autonomía sus derechos. La pregunta era capciosa por donde se la viera.

Pero Jesús tiene que hacer presente a Aquel que da la ley y es la fuente de toda justicia. Tiene que hacer ver, asimismo, que el amor misericordioso ha de ser la norma de todo comportamiento humano. Por eso guarda silencio y con su gesto de ponerse a escribir con el dedo en el suelo, parece no interesarse en la cuestión planteada.


Al igual que la parábola del Hijo Pródigo que meditamos el domingo pasado, el pasaje de la mujer adúltera tiene una importancia capital en el mensaje cristiano: pone de manifiesto que el Dios que se nos ha revelado en Jesús busca lo perdido de este mundo (Yo he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, Lc 19), es amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34), que en Jesús encuentran el perdón y logran rehacer sus vidas. Por eso, por revelar un Dios así, los fariseos y doctores de la ley acusarán a Jesús de blasfemia: porque se atribuye el poder divino de perdonar, “porque siendo un hombre te haces Dios” (Jn 10, 33; Jn 19,7).

«Esta mujer ha sido atrapada en adulterio. ¿Qué dices sobre ello?», gritan los que se creen justos. La mujer por su parte, con su dignidad por los suelos no puede aducir nada; sólo aguarda la terrible condena. Pero ella no imagina que a su lado está quien personifica la misericordia. Sabe, sí, que su vida está en manos de ese rabí galileo llamado Jesús, de quien se dice que habla con una autoridad que sólo a Dios corresponde. Pero no sabe que él la conoce mejor que quienes la acusan y que ya la ha mirado con profunda compasión y está dispuesto incluso a dar su vida por ella, como el pastor bueno que sale a buscar a la oveja perdida.

De pronto, Jesús se levanta y su voz resuena otorgándole a la mujer el indulto, eximiéndola de su responsabilidad penal, otorgándole la remisión de la pena que podría corresponderle. “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Y los acusadores de la mujer se van retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, porque no hay ninguno que esté sin pecado.


Jesús queda solo con la mujer. “Quedaron frente a frente la mísera y la misericordia”, dirá San Agustín. Y Jesús le pregunta: «¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?». «Ninguno, Señor», responde ella con estupor por lo sucedido. Jesús se le acerca y le dice: «Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar». Un futuro de dignidad, de vida rehecha y transformada se abre para ella.

Con frecuencia solemos ser duros e insensibles, Jesús en cambio no puede dejar de demostrar su misericordia entrañable. El amor está por encima de la intransigencia, resuelve el pecado, vence al castigo. Este es el mensaje que debemos llevarnos y procurar poner en práctica, sobre todo en esta cuaresma de este Año Santo de la Misericordia. No juzguemos, no condenemos, mostrémonos siempre dispuestos a rehabilitar al otro y darles a todos una oportunidad.

“No veo más solución –dice Etty Hillesum en el campo de concentración– sino que cada cual examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205).


– P. Carlos Cardó, SJ –
Párroco
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA


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Puerta de la Misericordia 

lunes, 7 de marzo de 2016

HOMILÍA del IV DOMINGO DE CUARESMA 2016



HOMILÍA – IV DOMINGO DE CUARESMA
 «El hijo pródigo»
 (Lc 15, 1-32)
– 6 marzo 2016 --

El capítulo 15 del evangelio de Lucas está dedicado a las parábolas de la misericordia, o parábolas de “lo perdido” que es recuperado por la gracia de Dios en Jesucristo. Su mensaje central es que Dios nos ha amado en Cristo de modo incondicional, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno y fuente de misericordia. De esta certeza de la bondad de Dios, ha de brotar nuestra más inquebrantable confianza: En ti, Señor, esperé; no quedaré defraudado.
Son tres las parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Esta última es uno de los textos más bellos del evangelio. Su valor principal reside en la novedad de la figura de Dios que presenta, tan nueva que resulta escandalosa para los fariseos de todos los tiempos. Es la figura de Dios como padre bueno, fiel hasta el final a su ser padre. Por eso, habría que llamarla parábola del Padre misericordioso. Él es el protagonista principal y, en función de él, se nos muestran los comportamientos del hijo pródigo y del hijo mayor.
El hijo menor, que echa a perder la herencia, abraza simbólicamente toda ruptura del hombre con Dios, que trae, como consecuencia, ruina. La pérdida de los bienes conduce al pródigo a la pérdida de su dignidad de hijo: se siente indigno de llamarse hijo y de tener un lugar en la casa paterna. Por eso dice: “Volveré junto a mi Padre y le diré: he pecado, trátame como a uno de tus jornaleros”.
En justicia es lo que cree merecer y acepta esa humillación. Por haberlo perdido todo, tendrá que ganarse la vida trabajando como un peón. Pero se trata de un hijo y nada puede borrar ni anular o cambiar esta relación: siempre será un hijo. Por su parte el padre siempre será un padre, aunque su hijo sea un pródigo. El amor del Padre supera las normas de la justicia. El amor restablece y eleva. Por eso su prontitud para acogerlo, y la fiesta casi exagerada que manda celebrar y que despierta los celos y la envidia del hijo mayor.
Para el padre es evidente que el mal comportamiento del hijo le ha llevado a malgastar el patrimonio, pero quiere salvarlo. Por eso dice: “Había que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado”. Inspirado sin duda en la forma como Dios ama, San Pablo dirá: “El amor es paciente, es benigno..., no se irrita, no se alegra con la injusticia, se complace con la verdad, todo lo espera, todo lo tolera” y no pasa jamás” (1 Cor 13, 4-8).
En un reciente libro-entrevista publicado con el título: El nombre de Dios es misericordia, el Papa Francisco recuerda que etimológicamente misericordia significa abrir el corazón al miserable. Y, hablando del Señor, añade: “misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. Jesús ha dicho que no vino para los justos, sino para los pecadores. No vino para los sanos, que no necesitan médico, sino para los enfermos, Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de Dios. Dios es misericordioso”.
Al igual que el hijo pródigo, el hijo mayor de la parábola tampoco imagina que un padre, por el amor que tiene a su hijo, sea capaz de ir más allá de lo que la justicia establece, es decir, de “darle su merecido”. Por eso, lleno de resentimiento, se niega a participar en la fiesta. Ya no ve al pródigo como hermano y reprocha a su padre la acogida que le ha brindado, mientras que a él, que siempre se ha portado bien, nunca le haya premiado. “Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tus bienes con prostitutas, y le matas el ternero gordo”. 
Este hijo tiene también que cambiar de actitud para con su padre y con su hermano. El banquete que su padre tiene dispuesto para todos los de casa no será del todo feliz, porque no será la fiesta de la familia completa. Tiene que pacificar su corazón, reconocer agradecido lo que su padre significa para él y, reconciliado con él y con su hermano, disponerse a disfrutar de la fiesta del reencuentro.
Todos nos podemos ver también en este hijo mayor. El pensar sólo en mí mismo y no en los demás, el entristecerme porque a otros les vaya bien y, lo que es peor, llenarme de enojo porque otros que son diferentes a mí sean admitidos en la asamblea de la Iglesia, todas esas actitudes excluyentes con que endurezco el corazón, y me llevan a olvidar que Dios es padre de todos, hacen también que me prive de la alegría de fiesta que siente quien se sabe profundamente amado por Dios.
En definitiva, la parábola es un cuadro de la historia del mundo divido por conflictos y discordias. El hijo pródigo, que desea volver a sentir el abrazo del padre y ser perdonado, somos cada uno de nosotros cuando descubrimos que nuestra vida puede cambiar y nos disponemos a andar en la verdad y en el bien.
El hijo mayor somos también nosotros cuando advertimos nuestro deseo de servir de manera desinteresada y fomentar la unión sin egoísmos, ni celos ni juicios contra nadie. Ambos nos recuerdan la necesidad de pedir en este tiempo de Cuaresma un corazón nuevo para ser de veras instrumentos de unión, armonía y paz. Y, sobre todo, pidamos: “Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

P. Carlos Cardó, SJ
Párroco

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA – Miraflores


martes, 1 de marzo de 2016

Homilia del III Domingo de Cuaresma 2016


HOMILÍA – III DOMINGO DE CUARESMA 
«La higuera seca» (Lc 13, 1-9) – P. Carlos Cardó, SJ – 28 Feb 2016

Higuera seca

Jesús aprovecha dos acontecimientos vividos por su pueblo para dar al creyente un criterio de lectura de los males que ocurren en el mundo y del modo como Dios actúa.

Poncio Pilato
El primero es un mal producido por la libertad y la maldad humana, en ese caso, por Poncio Pilato. Se sabe históricamente que Pilato, el gobernador romano de la Judea en tiempos de Jesús, fue un funcionario cruel y despiadado, que sometió a mano de hierro a los judíos. El incidente de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios, es una muestra de su crueldad.

Torre de Siloè - Jerusalèn
El segundo acontecimiento es un accidente que pone de manifiesto la manera violenta e inevitable en que actúan a veces las leyes de la naturaleza. Fue la muerte trágica de dieciocho desgraciados que murieron aplastados al caerse la torre de Siloé en Jerusalén.
Ambos acontecimientos, como todos los males del mundo, interrogan al creyente: ¿por qué se producen tales cosas? Ante el mal, producto de la libertad humana o  desencadenado a consecuencia de las leyes naturales, uno palpa la fragilidad del ser, el riesgo de la existencia, la confrontación de una vida realizada o una vida echada a perder. Los males, en definitiva, abren los ojos del creyente a la acción de Dios que tiene poder para salvarnos, pero cuenta con nuestra libre respuesta de colaboración a su obra: la conversión a Él.
Es comprensible que ante los males del mundo el hombre se pregunte acerca de la bondad de Dios y de su creación. Pero no siempre tiene que ser así. La fe cristiana no propone explicaciones consoladoras del mal, sino que impulsa la búsqueda de medios para superarlo y cambiar el mundo en dirección del reino de Dios. Este fue el camino que escogió Jesucristo. Él nos enseñó a hacer presente en toda situación dolorosa la fuerza del amor de Dios que supera todo sufrimiento. Y porque en Jesús se nos manifestó Dios como amor solidario con el sufrimiento humano, ante la realidad muchas veces dolorosa de nuestro mundo, no renunciamos a nuestra confianza en el Dios creador bueno.
Jesús, además, rechaza toda interpretación maniquea y simplista, que divide a los hombres en buenos y malos. No es justo polarizar el mal y constatar el pecado en otros, para justificarnos o descargar nuestra responsabilidad. Jesús nos propone, en cambio, una actitud de honestidad que tiene incalculables consecuencias prácticas: la actitud de quien reconoce que el mal actúa dentro de nosotros mismos y por eso ante Dios todos somos pecadores. Antes de echar culpas a los demás, examinemos nuestra conciencia. Esto es fundamental para poder convertirnos a Dios, para obtener su perdón liberador y mantenernos en la vida verdadera, que siempre desea para cada uno de nosotros.

La segunda parte del evangelio de hoy nos trae la parábola de Jesús sobre la higuera que no daba frutos. Sirve para profundizar en el tema de la primera parte, porque nos advierte que no debemos desaprovechar el tiempo propicio de salvación que Dios nos da, sino que debemos emplearlo en cumplir con seriedad nuestra responsabilidad por los demás. En este tiempo se producen los frutos que llevaremos cuando nos presentemos ante su presencia.

El mensaje de la parábola es claro. En el Antiguo Testamento, la viña simbolizaba al pueblo de Israel. En ella, el árbol de la higuera, ubérrimo en frutos dulces, representaba la Ley de Dios, que debía crecer y fructificar en la viña. Estos simbolismos valen también para nosotros: nuestro mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros representa una higuera, destinada a dar fruto. Dios, el viñador, trabaja pacientemente con nosotros y espera, porque está lleno de compasión y misericordia.
El Dios del perdón, el viñador, le concede un plazo a la higuera para que dé fruto en el futuro. Cristo intercede por nosotros para que tengamos una oportunidad y nos convirtamos a Él. “No es que se retrase en cumplir su promesa como algunos creen –dice san Pedro en su 2ª carta– sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,9). Así, cuando el creyente reconozca todo el esmero que le dispensa su señor también él querrá ser útil para los demás y para el mundo.

“No quiero la muerte del pecador sino que se convierta de su conducta y viva”, dice Dios por el profeta Ezequiel (Ez 33,11). Su misericordia toca el corazón del creyente, lo sana, lo regenera. En Jesús, Dios busca lo que está perdido. A todos ofrece una nueva oportunidad. Y porque son sus hijos e hijas queridos, está dispuesto a salvarlos llevando su amor hasta el extremo. Habiendo amado a los suyos…, los amó hasta el extremo.
La parábola de la higuera nos demuestra la diferencia que hay entre el comportamiento de Dios y el los hombres. Para éstos, los hombres del viejo Israel y los de hoy, la lógica es ésta: no sirve, córtala. Para Dios, la lógica es: no da frutos, la cuidaré con mayor esmero. Dios no tala la higuera, es decir, la persona. La respeta, le da una oportunidad para que cambie, porque la ama.

Un texto hermoso del libro de la Sabiduría describe esta actitud de Dios que ama la vida por él creada: Te compadeces de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas todo cuanto existe y no desprecias nada de lo que hiciste; porque si algo odiaras, no lo habrías creado. ¿Y cómo podría existir algo que tú no lo quisieras? ¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado? Pero tú eres indulgente con todas tus criaturas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sab 11,23-26)
Con su predicación con su vida y con su muerte, Jesús no hizo otra cosa que mostrarnos este rostro de Dios, amigo de la vida, e invitarnos a comprender que el camino de nuestra salvación consiste en imitar la generosidad de Dios en nuestro amor y servicio a los demás. En ese amor paciente y bondadoso, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y lo soporta todo (1 Cor 13, 4.7) consiste “el camino más excelente”.

P. Carlos Cardó, SJ
Pàrroco Virgen de Fatima – Miraflores

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Seamos una higuera fértil. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Homilía del II Domingo de Cuaresma 2016


HOMILÍA – II DOMINGO DE CUARESMA
 «La Transfiguración»
 (Lc 9, 28-36)  
– 21 Feb 2016

La hora de la pasión se acercaba y en ese momento, tan crucial para Jesús y sus discípulos, el Padre va a decir su palabra y revelar quién es realmente Jesús. Tanto Jesús como los suyos, para poder enfrentar el drama de la pasión, necesitan la luz que es el mismo Dios, y que de Él proviene; luz que proclamamos hoy en el Salmo responsorial: 
“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 27,1).

¿Qué ocurrió en la transfiguración? Los discípulos, de forma inesperada, vieron que se les revelaba una indescriptible dimensión oculta de Jesús. Su persona apareció brillante, resplandeciente, fulgurante. Y no encontraron palabras para expresar lo que allí experimentaron, sólo atinaron a decir que, “mientras Jesús oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de un blanco resplandeciente. El encuentro con Dios lo transfigura y hace que se manifieste al exterior la más honda verdad de su persona: Jesús es el Hijo amado del Padre. El encuentro con Dios desborda la persona y se manifiesta de forma luminosa.
Aquella experiencia sirvió, pues, para resaltar la verdadera identidad de Jesús: fue una revelación de su gloria, del resplandor de su ser divino. Al mismo tiempo, los apóstoles ven que la Ley, representada en la figura de Moisés allí presente, quedaba superada en la nueva alianza de Dios con los hombres, que el Hijo de Dios venía a establecer, y que todo lo anunciado por los profetas, allí representados por Elías, hallaba su cumplimiento pleno en Jesús.
Esta manifestación de la gloria divina en la persona de Jesús es muy diferente a las manifestaciones de Dios (teofanías) del Antiguo Testamento, que acontecían también en el monte, en la nube, en la luz… En ellas, Dios aparecía bajo la forma o con signos humanos, aquí, en cambio, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece a la luz de Dios. Ya no es Dios que desciende, sino la humanidad que asciende y participa de la gloria de Dios.
Al mismo tiempo, la transfiguración sirvió para fortalecer la fe de los seguidores de Jesús, representados en los tres discípulos más cercanos a Jesús; son los mismos tres que “tomará consigo” en el momento dramático de su agonía en el huerto de los olivos (Mc 14,32-43). Ellos, los que serán testigos de aquella angustia mortal que le hará sudar gotas de sangre, son ahora también testigos de una vivencia deslumbrante: la vivencia de su gloria de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14).
Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que aquel Jesús que vieron clavado en una cruz era el mismo Jesús que habían visto en el monte revestido de luz y reconocido por el mismo Dios como su Hijo elegido. La gloria que entonces vieron en su rostro transfigurado, será la gloria que, brillando con todo su esplendor, convertirá la cruz en el trono del Resucitado, desde el cual como Señor ensalzado juzga al mundo.
Hubo un momento en que Jesús comprendió con toda claridad que su obra salvadora no podía desarrollarse por métodos espectaculares sino por el camino de la cruz. Jesús libremente, en obediencia al Padre, identificó su misión redentora con la del Siervo de Dios, manso y humilde de corazón, que ama tanto a sus hermanos hasta sufrir con ellos y por ellos, y dar su vida por su salvación.
Los discípulos entendieron esto después de la Pascua cuando, junto con reconocer que el Crucificado era el Señor glorioso de la transfiguración, comprendieron también que lo extraordinario de su tarea –que el discípulo está llamado a continuar– consiste en la aceptación de lo ordinario, de la realidad muchas veces dura y dolorosa, que es donde se libra la lucha entre la fe y la increencia, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.
Pedro siente la tentación de quedarse en lo extraordinario, en el monte de la transfiguración, y no seguir adelante en el camino que lleva a Jerusalén, al monte del calvario. Quiere prolongar la visión y prolongar el gozo, por eso su propuesta ingenua y egoísta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres chozas…Pero, comenta Lucas, Pedro no sabía lo que decía.
En efecto, lo decisivo para Jesús y para el discípulo no se limita a lo que acontece en el monte, sino que debe prolongarse a lo que sucede después en la vida de cada día, que es donde uno ha de demostrar su fidelidad al camino trazado y al cumplimiento de la voluntad divina. No podemos esperar que nuestra vocación cristiana se acredite por medio de gestos extraordinarios y vistosos; su grandeza reside en el testimonio continuo que damos de una vida entregada, a través de la cual acogemos y correspondemos a la gracia que el Señor nos da aquí y ahora en nuestra vida normal. Así lo hizo Jesús y así lo fueron entendiendo sus primeros testigos.
El tiempo de Cuaresma que estamos viviendo es tiempo propicio para subir con el Señor al monte, lugar de encuentro con Dios. Subir al monte con el Señor es darle un espacio real a Dios en nuestra vida. Como los grandes creyentes de todos los tiempos, desde Abraham y Moisés, el encuentro con Dios transformará nuestra vida. Contemplar a Cristo nos hace, como dice san Pablo, reflejar como en un espejo la gloria del Señor y a transformarnos en esa imagen cada vez más gloriosa (2 Cor 3,7-16); nuestra vida se transfigura, podemos decir.
Jesús, que en ningún momento dejaba de estar en unión con Dios su Padre, se reservaba tiempos especiales para tratar con Él. Su ejemplo nos mueve a preguntarnos si sabemos nosotros también reservarnos tiempos y espacios para entrar en lo profundo de nosotros mismos, conocer el sentido de nuestra vida y dejarnos encontrar por Dios. Contemplar a Jesús orando en el monte con sus apóstoles nos hace revisar en esta Cuaresma qué lugar le asignamos a Dios en nuestra vida, qué importancia le damos a la oración en el conjunto de nuestras actividades.


P. Carlos Cardó, SJ
Párroco
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA


Foto: Basílica de la Transfiguración- Monte Tabor

Monte Tabor

lunes, 15 de febrero de 2016

Homilía – I DOMINGO DE CUARESMA - 2016

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HOMILÍA – I DOMINGO DE CUARESMA
 «Las Tentaciones de Jesús en el Desierto»
 --(Lc 4, 1-13) –
14 Feb 2016

No cabe duda de que Jesús fue tentado en su realidad humana. No fue aparentemente tentado —como afirmaron algunos herejes— sino de verdad y a lo largo de su vida, empezando por el tiempo que estuvo en el desierto. Como todo hombre, Jesús siente la llamada del mal, aunque no se deja en lo más mínimo atrapar por él, porque sigue las insinuaciones del Espíritu, que actúa de modo permanente en su condición humana. Ha querido someterse a la tentación para estar cerca de los que son tentados. Dice san Agustín: “Si Cristo no hubiese sido tentado, no te habría enseñado a vencer cuando tú fueras tentado” (Coment. al Salmo 60, CCL 39,766).
El Espíritu lo condujo al desierto. El desierto en la Biblia es un símbolo cargado de significación. En él guió Dios a su pueblo hacia la libertad, pero fue allí también “donde vuestros padres dudaron aunque habían visto mis obras (Sal 95). Es el  lugar donde uno se enfrenta con el tentador. Es donde hay que preparar los caminos del Señor (Is 40, 3) y, por ello, es lugar de grandes decisiones. Es allí también donde se siente la presencia y el consuelo de Dios (Os 2, 14: “Me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”).
Se podría decir que es ineludible pasar por el desierto, donde se pone a prueba la autenticidad de la fe. “Nadie puede seguir a Jesús si no se decide a pasar por la tentación y la prueba que purifica el corazón humano de todo intento de posesión, de éxito, o de adhesión a otros espíritus. El Reino es, ante todo, una liberación interior: nos invita a dejar todo lo que constituye nuestra vida cotidiana, para reencontrarlo bajo una mirada transformada, la mirada del hijo. Seguir a Jesús significa en primer lugar venir para presentar a Jesús resucitado nuestras enfermedades, dolores, alienaciones y parálisis para que Él las cure” (J. Rademakers).
En el desierto, el diablo puso a prueba a Jesús durante cuarenta días, dice Lucas. El diablo significa “el que divide”, el “adversario”. Crea división entre Dios y nosotros, rompe nuestra unidad interior y la unidad que debemos tener entre nosotros. Es el que nos acusa (Ap 12,10) y finalmente nos deja solos. Es él quien insinuó en el corazón de Adán la rivalidad con Dios y lo llevó a la desobediencia (Gen 3). Representa el poder del mundo (2 Cor 4,4) opuesto a Cristo. Promueve desorden y ruptura en la creación. Contra él dirige su lucha Jesús.

Los 40 días no hay que entenderlos en sentido cronológico. Hacen referencia a los cuarenta años que pasaron los israelitas en el desierto (Dt 8,2.4), y simbolizan todo un período de experiencia particularmente intensa y decisiva.

¿En qué consistió la tentación de Jesús? El diablo tienta a Jesús en la forma de realizar la salvación del mundo: no conforme a la voluntad de Dios, es decir, por el camino de un Mesías Siervo que redime entregando su vida por todos (10,45), sino por el camino de un Mesías poderoso que domina y somete. Fue una tentación que acompañó a Jesús a lo largo de su vida. Y podemos decir que es la tentación de toda persona que pretende ser hijo o hija de Dios pero viviendo a su manera, haciendo lo que le da la gana y no la voluntad de Dios.

1ª tentación: El diablo invita a Jesús a hacer de su obra salvadora un proyecto en beneficio propio. Haz que estas piedras se conviertan en panes. El pan, y el dinero con que se adquiere, se convierten en lo más valioso de la vida, lo demás no importa. Esta absolutización del dinero y las riquezas se da cuando no se admite que los bienes materiales no son un fin sino un medio, que tienen una finalidad a la que deben orientarse y que, finalmente, se acaban. La codicia es idolatría. El amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismos muchos males (1 Tim 6,10).

2ª tentación: La tentación del poder. Te daré todos los reinos del mundo y su gloria. El poder es el ídolo más fascinante. Ante esta tentación, Jesús reacciona de inmediato, no entra en diálogo con el tentador. Apártate de mi Satanás. Lo mismo le dirá a Pedro, cuando éste intente apartarlo de su camino de cruz: Apártate de mí Satanás que me pones obstáculo. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres (Mc 8,33). Jesús, en cambio, nos revelará en qué consiste la verdadera libertad: en poner la vida al servicio de todos, sin dominar a nadie, para que nadie viva oprimido o sometido.

3ª tentación: es la tentación central. En vez de obedecer a Dios, hacer que Dios haga lo que me plazca. Un Dios a mi servicio. En el caso de Jesús: una relación interesada con Dios, su Padre, para que lo ayude a someter el mundo con medios espectaculares: ¡Tirarse abajo desde el pináculo del templo…! Seducir, hacerse irresistible por medio de las propias dotes personales y, encima, teniendo a Dios como aliado. ¡No tentarás al Señor tu Dios!, es la respuesta de Jesús. Porque provoca a Dios, en efecto, la presunción de quien, abusando de la bondad divina, da rienda suelta a su mala conducta.
Todos tenemos conciencia de estar inmersos en una red de tentaciones dentro y fuera de nosotros. Identificar nuestras propias tentaciones nos ayuda a estar vigilantes. Ver a nuestro Salvador tentado, luchando y venciendo al mal, nos afianza en la confianza de que, caminando con Él, venceremos con Él. Es el mensaje de la Cuaresma que comenzamos.

P. Carlos Cardó, SJ –
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

*

Dice san Agustín:

“Si Cristo no hubiese sido tentado, 
no te habría enseñado a vencer cuando tú fueras tentado” 
(Comentario al Salmo 60, CCL 39,766).

sábado, 23 de febrero de 2013

24.02 Homilia del II Domingo de Cuaresma - C - 2013

Es mi hijo, hijo de Dios
 
 

Comentario del 2do Domingo de Cuaresma - C

Posted por Padre Javier San Martin SJ
 
 

¿Qué haces cuando te sientes desanimado?

San Lucas 9

Estimados Amigos :
Bienvenidos a nuestro encuentro dominical para celebrar juntos el Día del Señor. Hoy es el segundo DOMINGO de Cuaresma del Ciclo C y si quisiéramos resumir en una sola frase los sentimientos que suscita el Evangelio de hoy, podríamos lanzar este grito: ¡vamos, adelante, coraje! En el duro caminar de la vida nos sentimos muchas veces cansados, fatigados, con deseo de rendirnos, a veces, de desfallecer.

 

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Pero el grito de ¡vamos, adelante, coraje! que hoy nos trae el evangelio, nos reanima, nos devuelve las fuerzas, nos une los unos con los otros, para seguir caminando, hacia el encuentro con nuestro Padre Dios.
La Iglesia con este segundo domingo de Cuaresma, no quiere decirnos otra cosa al poner a nuestra consideración el hecho de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. En aquel momento, Jesús presiente cercana su muerte, le tiene miedo, le aterra, pero el Padre, a través de esta experiencia, le infunde ánimos, para lo que envía a Moisés y Elías. Las dos grandes figuras de la Ley y los Pro­fetas, le vienen a decir a Jesús: - ¡vamos, adelante, coraje!, no temas. Con tu muerte vas a salvar al mundo, y mira la gloria que te espera después con la resurrección…
Jesús cree y confía. Anima a los Doce discípulos, diciéndoles:
- Subamos ahora a Jerusalén. Allí me van a entregar, me azotarán, me matarán clavado en una cruz… Pero al tercer día, resucitaré.
Los discípulos, aunque no comprendieron esta extraña profecía, sintieron reparo de preguntarle. Jesús entonces, poniéndose al frente de ellos, con decisión, se dirigió hacia Jerusalén.
Conviene en este pasaje evangélico que nos miremos a nosotros mismos, pues por nosotros hizo también el Padre aquella gran gracia a Jesús. El apóstol San Pedro, para animar a los primeros cristianos, so­metidos ya a la persecución, les recordaba esta visión del Tabor:
- No venimos a Ustedes con cuentos imaginarios para hacerles conocer la venida y la grandeza del Señor. Nosotros oímos, mientras estábamos con él en el monte santo, la voz que bajaba del Cielo y que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias.
El Tabor es, pues, un punto fundamental de referencia en todo el Evangelio. Jesucristo nos pide y exige el que le sigamos cargando cada uno con nuestra propia cruz - la cruz del deber, del tra­bajo, de la pobreza, de la enfermedad, de la lucha por la virtud, la cruz que sea - y necesitamos un motivo, algo que nos impulse a cargarla y a seguir a Cristo, sabiendo que no es cosa inútil el hacerlo ya que la recompensa que nos espera, igual que a Jesús, es la misma resurrección. Con esta fe y esta esperanza, ¿quién se desanima?…
El mismo San Pablo nos lo dice con palabras estimulantes:
- Esto que ahora nos trae una pasajera y pequeña tribulación, nos merecerá un enorme peso de gloria eterna. Porque nosotros no miramos las cosas que se ven y pasan, sino las invisibles. Pues las cosas que se ven son temporales, y las que no se ven son eternas.
En una leprosería se iban deshaciendo las carnes de un pobre enfermo. Su peor tormento era el verse aislado de todos, especialmente de su familia. Pidió, entonces, a gritos que le dejaran ver a su querida esposa, aunque sea de lejos. Sobre la tapia del huerto cada domingo la miraba, y aquella visión de su mujer adorada le daba fuerzas para seguir adelante en su dolor. -¿Me llegaré a curar un día? ¿Podré besar nuevamente a mi esposa?… Y un día, la ciencia moderna hizo realidad su gran deseo. Salió del terrible encierro, ¡y qué encuentro, qué beso el de aquel día!…
La vida puede ser para nosotros una prisión, un hospital, un desierto en el que nunca nace una flor… Pero si vislumbramos la gloria de Jesús y la que a nosotros nos espera, ¿quién desespera?… Contemplar el Cielo no es de personas débiles, sino de sabias e inteligentes. Los que aman a Dios dirigen su mirada al Cielo todos los días con esperanza, dispuestos a hacer la lucha de cada día, sabiendo que desde allí, desde el cielo, Dios nos mira complacido como a Jesús en el Tabor, y nos anima diciendo: -¡vamos, adelante, coraje, ya casi estás conmigo!….
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Y AHORA VIENE LO MÁS IMPORTANTE
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Y BIEN AMIGOS, así terminamos nuestro breve comentario a la liturgia de este domingo. Pero ahora viene el momento más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús.
Te invitamos, pues, a tomar el texto del evangelio en tus manos: San Lucas, Capítulo 9, versículos 28 al 36, y trata de escuchar lo que el mismo Señor Jesús te quiere comunicar.
Agradecemos muy sinceramente tu presencia, y nos despedimos hasta el próximo domingo.

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/


Reconocer - 2º Domingo de Cuaresma, Ciclo C


Publicado el 19/02/2013 por verbodivinoestella

En Jesucristo descubrimos a Dios. En los hombres, reconocemos al Padre.


* * * * *

sábado, 16 de febrero de 2013

17.02 Homilia del I Domingo de Cuaresma - C- 2013

Tentando a Jesus 

 

      ¿Difícil es decir, aléjate Satanás?
Escrito por Padre Javier San Martin SJ

Domingo Primero De Cuaresma - “C”

17 de febrero 2013

San Lucas 4, 1 al 13

Estimados Amigos,
Bienvenidos a nuestro encuentro dominical para celebrar juntos el Día del Señor. Hoy es el primer domingo de Cuaresma del Ciclo C, y la Iglesia presenta para nuestra reflexión y comentario un pasaje del evangelista San Lucas:
“Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan - Pero Jesús contestó “No solo de pan vive el hombre”

 

icon for podpress ¿Difícil es decir, aléjate Satanás? 

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Te daré el poder y la gloria de todo esto, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo - Y Jesús contestó: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”.
Si eres Hijo de Dios tírate de aquí abajo, porque está escrito, ‘encargará a los ángeles que cuiden de ti’ y ‘te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece en las piedras’ - Pero Jesús le contestó: “Está mandado: No tentarás al Señor tu Dios”
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El Señor se encontraba en el desierto, lugar de soledad y antro en donde actúa el mal. Allí el Hombre-Dios, solo, se enfrenta contra el mal que le acosa y que trata de desviarlo del plan de salvación de la humanidad que Él había venido a realizar. El enemigo extiende una cortina de humo con hermosos planes de mundo y entusiasma con beneficios agradables pero ficticios, para evitar que Jesús cumpla con su misión.
Lo que nos interesa de la confrontación de Jesús con el maligno, es darnos cuenta de la estrategia que el mal utiliza, porque esa será la misma que utilizará con nosotros. El desierto es un lugar adecuado para encontrar a Dios pero, al mimo tiempo, es un lugar en donde el mal también actúa porque allí la persona se encuentra sola e indefensa.
 
El Señor Jesús fue al desierto, para ver con claridad el plan concreto de acción que debería desarrollar. Pero fue aquí también en donde el mal descargó toda la fuerza de sus baterías. Y lo hizo tocando teclas sensibles de la persona. Cada uno tiene algunas teclas más sensibles que otras, que nos mueven hacia un lado más que otro. Por eso, es muy importante conocer cuáles son nuestros puntos fuertes y cuales son los débiles.
 
El maligno inicia su ataque contra Jesús presentándole el deseo de cosas materiales. “Que esta piedra se convierta en pan”, le dice. Un deseo éste, por cierto, muy arraigado en nuestra personalidad ya que siempre deseamos poseer más bienes materiales, que nos proporcionen seguridad, confort, presencia. ¿Cuál fue la reacción de Jesús ante esta primera insinuación del mal?: -”No solo de pan vive el hombre”, dice, es decir, no es solo lo material lo más importante en la vida. Es necesario, pero no un elemento fundamental.
Pero el mal no se rinde. Continúa su ataque tocando ahora otra tecla importante: la del poder y la gloria. Por esto, una de las estrategias más usadas por el maligno es la de la vanagloria. Lo curioso es que esta estrategia es usada también muy frecuentemente con tantos hombres de Iglesia. Con qué frecuencia descubrimos en ellos este deseo de poder, de gloria, de ocupar puestos importantes dentro de la Iglesia.
¿Y cómo reacciona Jesús ante este nuevo ataque del maligno? Muy secamente le responde: “Solo a Dios hay que dar culto, no a ningún hombre”. La cosa es tajante. Sin embargo, el mal no se rinde sino que ahora toca una nueva tecla: La del deseo de ser omnipotente, la de poder superar todas las limitaciones humanas. “Vuela, le dice, que nada te pasará”. Esta nueva tentación aparece ya en nosotros desde niños y se va acentuado con el paso de los años. Saltar a la omnipotencia. Qué peligro éste tan sutil cuando el ser humano se va centrando de tal manera en sí mismo que ya no necesita de Dios, porque él mismo se convierte en un Dios. Es la promesa de los adelantos de las ciencias modernas que cada día van desechando la presencia de Dios, porque este va siendo ya inútil. Sin embargo, con qué fuerza el Señor Jesús rechaza esta tercera tentación: “aléjate Satanás, no tientes al Señor tu Dios”.
 
Hoy pues el evangelio nos deja esta urgente tarea: aprender a descubrir las estrategias del mal para luchar contra ellas y vencerlas. Por eso, hoy te pedimos, Señor, la gracia de saber ser firmes en las tentaciones. Tu las has experimentado, y bien sabes qué cerca estamos de poder caer en ellas.

Y AHORA VIENE LO MÁS IMPORTANTE

Y BIEN AMIGOS, así terminamos nuestro breve comentario a la liturgia de este domingo. Pero ahora viene el momento más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús.
Te invitamos, pues, a tomar el texto del evangelio en tus manos: san Lucas, Capítulo 4, versículos del 1 al 13, y trata de escuchar lo que el mismo Señor Jesús, te quiere comunicar.
Agradecemos muy sinceramente tu presencia, y nos despedimos hasta el próximo domingo en esta misma emisora.
 
P. Javier San Martín, sj
 

Tentaciones de cada día - 1º Domingo de Cuaresma, Ciclo C
Subido por: verbodivinoestella
Tentaciones de cada dia...
 

sábado, 24 de marzo de 2012

Homilia al V Domingo de Cuaresma - B




¿QUIÉN QUIERE VER A JESÚS?
Escrito por: Padre Javier San Martin SJ

Comentario al Domingo 5º de Cuaresma - “B”* * *

Domingo 25 de marzo 2012
San Juan 12, 20 al 33

Bienvenidos a nuestra cita semanal para celebrar juntos el Día del Señor. Hoy, Domingo 5° de Cuaresma, la Iglesia nos presenta un pasaje del evangelio en el que descubrimos la popularidad que estaba adquiriendo Jesús.
Estaban aquel día un grupo de gente reunidos con Jesús, cuando algunos gentiles se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron:
- “Señor, quisiéramos ver a Jesús”.
Felipe, entonces, fue a decírselo a Andrés; y ambos se acercaron a Jesús para decírselo. El Maestro, entonces, escuchó la petición e inmediatamente con voz llena de alegría y autoridad contestó,
- “Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado.





Me llamó la atención este pedido. Esos gentiles tenían deseo de ver al Maestro. Me hizo pensar. ¿Es un deseo de muchos o de pocos? ¿Quiénes son los que en este mundo quieren ver a Jesús? Me puse a pensar y a reflexionar.
No cabe duda que sí hay algunos que quieren ver a Jesús, y podríamos decir que pertenecen a diversas categorías. Algunos son personas, hombres, mujeres y niños, que en este momento están experimentando una necesidad. Es gente que tiene un sufrimiento, que vive una situación difícil y molesta y tocan entonces las puertas del Señor Jesús, con un deseo muy concreto. Quieren que se les resuelva este problema, esta dificultad.
“Señor, te pido que me ayudes a encontrar trabajo, a encontrar una persona en mi vida, una compañera, un compañero, quiero que hagas desaparecer a tal persona, que la apartes de mi vida y del mundo…”
Hay otro grupo de personas que busca al Señor para tener una compañía, alguien que pueda comprender sus dimensiones más profundas. Tienen confianza en que el Señor Jesús si los comprenderá y que podrán con su presencia y compañía, sentir la fuerza espiritual y psicológica necesaria para seguir adelante.
Estos grupos de personas quieren, pues, ver al Señor para resolver una necesidad inmediata y personal. Miran su propia situación y buscan un alguien que pueda ayudarles a mejorarla. Estos son, sin duda, los más.
Sin embargo no todos los que buscan ver al maestro tienen estas intenciones. Hay otros que lo buscan para conocerlo, para descubrir su manera de pensar, sus ideales, sus sueños. Más que mirarse a sí mismos, miran la persona de Jesús y sienten curiosidad. Esta gente va con esta pregunta: ¿quién eres tu Jesús? Sienten el deseo de acercarse para poder ver más de cerca a este personaje del que tanto se habla.
Hay todavía otro grupo de personas que quieren ver a Jesús, porque se sienten atraídos hacia él. Quieren verlo porque su corazón les hace acercarse a El. Se sienten fascinados por su persona. Más que una atracción intelectual ó una necesidad inmediata, sienten una exigencia vital. Quieren ver a Jesús porque han sentido que es la persona a la que quieren decirle que están dispuestos a seguirla, a dar todo por EL. Entre estos se encuentran los que se sienten movidos a ser sus representantes, a trabajar por El, a llevar su mensaje, allí en donde viven, en donde trabajan, a donde les manden.
Como vemos, hay diversos tipos de personas que quieren ver a Jesús. Y ahora podríamos nosotros preguntarnos, estos gentiles que le dijeron a Felipe que querían ver a Jesús, ¿a qué grupo de estos pertenecerían? Esta respuesta no aparece en el evangelio pero sí es posible responderla. Porque aquellos gentiles, ¿quiénes son sino cada uno de nosotros? Por eso la respuesta la podemos dar cada uno de nosotros. Y ante todo debemos responder, con sinceridad, sin posturas artificiales u oficiosas, ¿quiero yo realmente ver a Jesús? ¿En qué momentos y en que forma aparece este deseo en mí mismo?
Entramos con esto en el campo de los deseos más íntimos, es decir,
¿qué deseo yo en la vida? ¿Qué busco yo en mi vida? ¿A quién busco yo en mi vida?
Creo que en este domingo quinto de cuaresma, se nos presenta como una admirable ocasión para examinar de cerca mis intenciones profundas y ver si en ellas aparece el deseo de ver a Jesús.
Si entre mis intereses existenciales, vitales, no aparece este deseo, sino muchos otros, es necesario entonces que humildemente pidamos el tener deseo de deseo, como decía San Ignacio de Loyola. Porque si este deseo de ver a Jesús no parece bajo ninguna forma, puede ser que aún no hayas empezado a transitar por el camino de la conversión a Dios que se nos pide en este período de la cuaresma.
Amigos, vale la pena ver a Jesús porque él es el único que puede dar un profundo sentido a nuestra vida, una fuerza para caminar. ¿Tú amas tu vida o la aborreces? Puede esto sonar a pregunta tonta, pero es el meollo de nuestra opción más profunda en esta vida.


Y ahora viene lo más importante
Y bien amigos, así terminamos esta breve reflexión sobre el Evangelio de este Domingo.
Pero ahora viene el momento más importante, tu encuentro personal con el Señor Jesús. Toma, pues, el evangelio en tus manos, San Juan Capitulo 12 versículos del 20 al 33, y trata de sentir lo que el señor te quiere comunicar.


Quédate pues ahora a solas con El.
Patricia Henostroza y Javier San Martín agradecemos muy sinceramente el haber estado con nosotros.


¡Y nos despedimos hasta el próximo domingo.
Escrito por: Padre Javier San Martin SJ

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/

domingo, 18 de marzo de 2012

Homilia IV Domingo de Cuaresma - B

El Dios que nos salva

Domingo 4º de Cuaresma - “B”
Escrito por: Padre Javier San Martin SJ
La Sonrisa de Dios
* * *
Domingo 18 de marzo 2012
San Juan 3, 14 al 21,
Bienvenidos a nuestra cita semanal para celebrar juntos el día del Señor.
Hoy, DOMINGO CUARTO DE CUARESMA del Ciclo “B”, la Iglesia presenta para nuestra reflexión y comentario una sugestiva página del evangelio de San JUAN. Pero a fin de poderla comprender mejor escuchemos este caso de la vida diaria.



Aquel joven paralítico estaba en su silla de ruedas, siempre inmóvil, sin poder trabajar, ya que apenas podía servirse de los brazos para sostener y hojear algún libro. Un día, uno de los asiduos compañeros, le pregunta:
- Oye, tú que lees la Biblia y rezas tanto, me puedes decir francamente: ¿qué es lo que más te llama la atención en Dios?…
- Mira, me paso muchas horas pensando en Él y hablando con Él. Desde que tuve este accidente y estoy en esta silla de ruedas, cuento con muchas horas para pensar. Y te diré francamente que lo que más me llama la atención de Dios es, que nos ama.
- Que NOS ama, ¿Dices? Y te pones el primero. ¿Tú crees que Dios te ama a pesar que te ha golpeado de esa manera?…
- Creo más que nunca. Y la prueba mayor es que yo le amo también. Me sería imposible amarle si Él no me amara. Me pasa como al hijito de mi hermana. Ella me lo trae, yo no le puedo alargar los brazos para acariciarle pero vieras las sonrisas que él me da. Yo le sonrío, y él me devuelve otra sonrisa que no se paga con millones. Si por casualidad yo no le sonrío primero, él permanece indiferente del todo. Mi sobrinito de tan pocos meses se me ha convertido en mi mejor maestro. Me ha hecho comprender que si yo amo a Dios es porque El antes me ha amado.
Esta conversación entre los dos amigos, es el mejor comentario del Evangelio de este Domingo. Recordamos la escena. Nicodemo, un rabino muy ortodoxo, maestro de la Ley y miembro del sanedrín o asamblea de los judíos, ha oído al Señor Jesús, a hablar con Él porque se ha convencido de su Persona. Pero tiene miedo de los comentarios de sus compañeros, y por eso viene a visitarlo a escondidas ya metida la noche y le escuchamos decir:
- Maestro, estamos convencidos de que tú vienes de Dios, pues de lo contrario no harías los milagros que haces.
Jesús le agradece la sinceridad, y se mete en el problema de la salvación:
- ¿Recuerdas lo que hizo Moisés en el desierto, cuando lo de las serpientes venenosas? Por orden de Dios él levantó en alto una serpiente de bronce, para que todo el que la mirara después de haber sido picado por aquellas serpientes venenosas, quedaba curado y no moría. Pues esto pasará conmigo: se me levantará de tierra, y el que me mire con fe se salvará. - Sí, porque Dios ha amado de tal manera al mundo que no ha dudado en entregarle su propio Hijo, para que quien crea en Él no muera.
Esta página incomparable del Evangelio de Juan me hace abismar en la bondad de Dios. Y nos vamos a fijar, solamente, en la palabra que resumía la reflexión del joven universitario:
¡Dios ha amado al mundo! Dios nos ama…, Dios me ama...
Así, hasta llegar a mí en particular, como si no tuviera otro a quien prodigar su sonrisa y a darle su corazón divino… Al hablar del amor de Dios se nos ha inculcado con frecuencia el amor que nosotros le debemos tener a Él. Se nos ha enseñado hasta la saciedad el primer mandamiento:
- ¡Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser!…
Pero se nos ha hablado muy poco del amor que Dios nos tiene a nosotros. Hemos olvidado la palabra que un día nos dijo el apóstol San Juan:
-¡Dios nos amó primero!
Sin la sonrisa primera de Él, no hubiéramos sido capaces de sonreírle nosotros.
Hoy se insiste en un slogan que afortunadamente se difunde cada vez más:
¡Dios te ama!…
Y este lema penetra en el corazón, hace pensar, da confianza, aleja de nosotros el temor, nos hace mirar a Dios como un Padre y no como el juez severo o un policía que cosas malas estas haciendo …Porque nos ama, Dios nos creó y nos amó antes de que nos creara.
Padre eterno, quiero en este día salir convencido de que nos amas, y lo sabemos porque nos mandaste a tu Hijo, para que hecho hombre y nacido de María fuera uno más de nosotros. Lo sabemos porque impusiste a tu Hijo el deber de morir en la Cruz por nuestra salvación, lo sabemos porque nos has hecho entrar dentro de tu vida divina haciéndonos hijos suyos, lo sabemos que nos ofreces y nos das tu Cielo, y sueñas con vernos allá junto contigo. Si algún día me pierdo, no será porque no me amas, sino porque yo he decidido rechazar tu luz y tu vida que tu me brindas con generosidad total. Sabiendo que tú me prodigas cada día una sonrisa, porque me amas, ¿cómo no voy a sonreírte y amarte también en cada instante de mi vida?…

Y ahora viene lo más importante:
Y bien amigos, así terminamos esta breve reflexión sobre el Evangelio de este Domingo.
Pero ahora viene el momento más importante, tu encuentro personal con el Señor Jesús. Toma, pues, el evangelio en tus manos, San Juan Capitulo 3 versículos del 14 al 21, y trata de sentir lo que el señor te quiere comunicar.
Quédate pues ahora a solas con El.

Agradecemos muy sinceramente el haber estado con nosotros.
¡Y nos despedimos hasta el próximo domingo.
Escrito por: Padre Javier San Martin SJ

viernes, 9 de marzo de 2012

Homilia al III Domingo de Cuaresma 2012



Dios no se compra ni se vende, se regala

Homilia al III Domingo de Cuaresma 2012

Señor, limpia mi corazón de todas mis imperfecciones

Escrito por: Padre Javier San Martin
COMENTARIOS A LA LITURGIA DE LOS DOMINGOS
* * Comentario al III Domingo de Cuaresma - Ciclo “B” * *
11 de marzo 2012


San Juan 2, 13 al 25,
Bienvenidos a nuestra cita semanal para celebrar juntos el día del Señor. Hoy, tercer Domingo de Cuaresma del Ciclo “B”, la Iglesia presenta para nuestra reflexión y comentario un hecho del todo singular en la vida de Jesús. Hasta pareciera muy extraño que Jesús mismo hubiera protagonizado este hecho. Jesús llegaba a Jerusalén con sus discípulos para las Fiestas de la Pascua y contempló un espectáculo que muchas veces lo habría contemplado en otras ocasiones cuando subía a la celebración de la fiesta.

Las explanadas del templo estaban llenas de gente y reinaba una enorme confusión. Había puestos de venta de todo tipo y el negocio estaba en su mejor apogeo durante estos días. Como se necesitaban tantos animales para los sacrificios, allí se encontraban ovejas, corderos, bueyes, pilas de jaulas para palomas y pichones… Y, sobre todo, mesas de los negociantes, de los cambistas, de todos los que olían buenas ganancias a costa del culto… En medio de tanto revoltijo, y de tanto grito y confusión, ¿quién era capaz de elevar su corazón a Dios con la plegaria?… Nadie. El templo estaba convertido en todo menos en una casa de oración.
Jesús, entonces, agarró unos cordeles, hizo con ellos un látigo bien robusto y, sin previo aviso, empezó a repartir golpes a diestra y siniestra. Empezó a volcar las mesas de los cambistas, a tirar por tierra el dinero, mientras lanzaba gritos salidos del fondo de su alma herida, más que de su garganta:



- Fuera, ¡Fuera de aquí,
bandidos! ¡Fuera todos!…
¿Por qué profanan la Casa
de mi Padre? ¿No han oído
que esta casa es una casa de
oración? Pero Ustedes la han
convertido en una cueva de
ladrones…

Y el maestro siguió dando golpes con fuerza, hasta que no quedaron solo los que había ido a rezar… Pero ahí no acabó todo. Porque en ese momento los sumos sacerdotes del templo y los jefes del pueblo, se acercaron a Jesús y severamente le reclamaron:
-¿Con qué autoridad haces tú esto? ¿Quién eres tú para arrojar a la gente del Templo? ¿Qué señal nos das para demostrar que tú actúas en nombre de Dios, al que llamas tu Padre?
Fue ciertamente un momento de angustia. Pero Jesús, mirándolos fijamente, les dijo:
-¿Quieren que les de un signo de mi autoridad? Pues ahora mismo se los voy a dar: destruyan este templo, y yo lo reedificaré en tres días.
Y mientras decía estas palabras el maestro con sus dedos señalaba a su propio cuerpo y no al Templo que tenían delante. Pero los jefes, no advirtieron este detalle y le increparon:
-¿Qué dices?,… cuarenta y seis años ha costado construir este templo desde que lo comenzó Herodes, ¿y ahora tu vienes a decir que lo vas a reedificar en tres días?…
El hecho era, ciertamente, del todo singular. Esa reacción de Jesús arrojando a todos a latigazo limpio nunca la hubiéramos imaginado, y por eso surge, naturalmente una pregunta obvia: ¿por qué Jesús actuó de esa manera? ¿Qué nos quería enseñar con ello? Una primera respuesta la encontramos en su propio corazón. Fue el celo por la gloria de su Padre que lo llevó a actuar de esa manera inesperada. Él había venido a purificar el templo. Pero, al mismo tiempo, Jesús manifestaba con esta actuación que ese templo ya no servía más para el culto nuevo que Él iba a instituir: un culto fundado sobre su propio Cuerpo, en el que Él sería, al mismo tiempo, Víctima, Sacerdote, y Altar. Y que éste será el único culto, el de Jesucristo muerto y resucitado, que Dios iba a aceptar en adelante.
Con el tiempo venimos a comprender esta nueva realidad. Jesucristo era el Sacerdote, la Víctima, y al mismo tiempo, el Templo y Altar. La Eucaristía que empezamos a celebrar por mandato del mismo Señor, suplía todos los sacrificios que ofrecía el antiguo Israel. Jesús decidía quedarse en nuestros templos materiales para inundarlos con su Divinidad y abrir, desde ellos su corazón misericordioso a todos los que buscaban en la oración e invitar a un trato personal. También llegamos a comprender cómo nuestros propios cuerpos son templos consagrados. El apóstol San Pablo un día nos dijo:
-¿No saben que ustedes son templos de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
¡Qué hermosa verdad, Señor! Créeme que me produce una gran alegría, pero también, no te oculto, que me produce también temor. Porque se que tengo el riesgo de profanarlo, como el templo de Jerusalén. Por eso te pido que cuando veas que estoy profanando mi templo, no dudes en sacar nuevamente aquel látigo para purificarme de verdad.
Y ahora viene lo más importante
Y bien amigos, así terminamos esta breve reflexión sobre el Evangelio de este Domingo.
Pero ahora viene el momento más importante, tu encuentro personal con el Señor Jesús. Toma, pues, el evangelio en tus manos, San Juan Capitulo 2 versículos del 13 al 25, y trata de sentir lo que el Señor te quiere comunicar.
Quédate pues ahora a solas con El.
Patricia Henostroza y Javier San Martín les agradecemos muy sinceramente el haber estado con nosotros, y nos despedimos hasta el próximo domingo en esta misma emisora.

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/